This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 23
47%

23

—Aunque la mayoría de la gente dice que las mejores son las de Giovanni’s, a mí me gustan más las de aquí —dijo Vince, y acto seguido mojó una gamba frita en salsa picante.

Estábamos sentados a una mesa de madera pintada de vivos colores delante de un food truck en Kahuku.

O al menos así pensaba yo que se llamaba el sitio.

A partir del momento en que contesté a la pregunta de Vince con un «Sí», mis recuerdos eran un poco borrosos.

Como si mi cuerpo estuviese concentrado únicamente en normalizar mis palpitaciones.

Recordaba que Vince me había dado el casco de Laurie y nos habíamos subido a una moto desvencijada, que habíamos ido durante un rato junto al mar, que el viento me azotaba el pelo mojado, me hinchaba la camiseta y me había secado el biquini.

Me acordaba de rodear la cintura de Vince con mis brazos, sentir sus firmes músculos bajo mis dedos.

—¿Lou? —su voz se abrió paso en mi cabeza.

Lo miré. El casco le había aplastado el pelo y el viento se lo había ondulado en los lados. Estaba muy mono.

—Que si prefieres comer otra cosa.

—¿Otra cosa?

Miró mi ración de gambas, que yo apenas había tocado.

—Ahí enfrente hay tacos y burritos. —Seguí su dedo índice hasta un food truck pintado con los colores de la bandera mexicana—. Y en el rosa del fondo hay boles de poke , por si...

—No, no —lo interrumpí—. Las gambas están superricas. Solo estaba pensando. —Para demostrárselo, cogí una gamba y le di un mordisco—. Hace siglos que no comía esto.

—¿Gambas?

—Comida rápida —contesté con la boca llena—. Tengo que seguir una dieta bastante estricta.

—¿Tienes o quieres?

—Las dos cosas —aseguré tras un breve titubeo—. Por desgracia, el camino a lo más alto del deporte no está para chuparse los dedos, que digamos.

—Y ¿quieres llegar ahí? ¿A lo más alto?

—Claro —aseguré.

—¿Por qué?

Puse cara de sorpresa.

—¿Por qué quiero llegar a lo más alto?

Se encogió de hombros de un modo casi imperceptible.

—Bueno —seguí—, porque es... mi objetivo. Algo para lo que llevo trabajando desde siempre.

—Mmm. —Mordió una gamba.

—¿Qué?

—Nada.

—Es normal que uno quiera estar en lo más alto cuando es deportista de élite. Si no, ¿por qué hacerlo?

—¿Porque a uno le gusta el deporte? —Su tono y su forma de mirarme hicieron que me sintiese acorralada.

—También me puede gustar el deporte y querer cosechar éxitos.

—Sí, desde luego. —Levantó las manos delante del pecho, a la defensiva—. No quería cabrearte.

—No me has cabreado —repliqué con cierta aspereza. Quería dejar el tema, pero no fui capaz—. Creo que es algo que no se entiende cuando... se vive como vives tú.

—Y ¿cómo vivo yo?

—¿Sin pensar en el mañana?

No dijo nada, se limitó a mirarme.

—No es nada malo. Me refiero a que haces lo que te divierte.

—Pensaba que a ti el tenis también te divertía.

—Pues claro que me divierte, pero también quiero ser la mejor.

—¿Y cuando lo seas?

—¿Cómo que cuando lo sea?

—¿Qué pasará después?

Una risa teñida de desconcierto me abrasó la garganta.

—Después... ya veré. —Pareció una pregunta, y mi propia falta de seguridad me enfadó por lo menos tanto como sus comentarios.

—Yo te diré lo que pasará. —Su voz parecía cínica—. Nada. Absolutamente nada.

Me puse tensa.

—Esperarás a que caiga un telón, pero no caerá. Tu vida seguirá, sin más. No le impresionará lo más mínimo que hayas conseguido tu objetivo. Al revés: se limitará a ponerte el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.

Me quedé mirándolo con cara de perplejidad. Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.

—Ahora ya sabes en qué estoy yo en lo más alto —masculló.

—¿En qué?

—En ser un cortarrollos.

—Pues sí, la verdad.

Me miró compungido.

—¿Podemos rebobinar?

—¿Hasta dónde? ¿Hasta donde te cuestionas mis objetivos o hasta donde pones en duda mi amor al tenis?

Su mirada dijo algo así como «Me lo merezco». Con cierto retraso, Vince contestó:

—Hasta donde estoy muy contento de que estés aquí conmigo.

Esbozó una sonrisa tan irresistible que me mantuve firme como mucho dos segundos antes de sonreír a mi vez. Seguimos comiendo sumidos en un silencio cómodo.

—Voy a tirar esto —dijo Vince, y se levantó.

Mientras se ocupaba de retirar nuestros desperdicios, eché una ojeada al teléfono y constaté, espantada, que ya casi eran las siete.

Le mandé un mensaje a Kay diciéndole que llegaría más tarde a casa.

Después me guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y miré a ver dónde estaba Vince, pero no lo vi por ningún sitio.

¿Habría ido al servicio? ¿Habría aquí servicios?

Me levanté y me di cuenta de que iba a tener agujetas en los brazos y las piernas.

Eso no era bueno. Nada bueno. Al día siguiente me costaría entrenar y me tocaría oír un sermón de Kay si se enteraba de cuál era el motivo: el surf.

La comida grasienta. Y encima había hecho esas dos cosas con Vince Greenfield.

Que en ese preciso instante daba la vuelta a la esquina con dos vasos de zumo.

—¿Mango, papaya y piña o fresa, kiwi y se me ha olvidado lo otro? —Levantó alternativamente los vasos—. Pensé que quizá quisieras compensar lo negativo de los hidratos de carbono con algo sano.

Fue un gesto tan tierno que el corazón me dio un vuelco.

—Me quedo con el primero. Cuando como kiwis, la lengua me hormiguea.

Me dio el vaso y nuestras manos se rozaron al cogerlo. Y de pronto era como si mis dedos hubieran comido kiwis.

—Mmmm —suspiré, encantada, al beber un sorbo; el zumo estaba buenísimo. Era refrescante y aromático.

—Por cierto... hay algo de lo que deberíamos hablar —dijo Vince. De pronto su voz era seria, e intuí que quería hablar del beso. Los besos. Noté que me ponía roja como un tomate y bebí sorbitos de zumo—. ¿Qué hacíamos exactamente en tu sueño?

Me atraganté y él rompió a reír a carcajadas.

Cuando volvíamos a casa ya había oscurecido.

Después de disfrutar un rato del viento en la moto, pegué la mejilla a la espalda de Vince y aspiré el olor de su camiseta: crema solar, sal y un olorcillo a sudor que no era desagradable.

No había mucho tráfico, pese a lo cual Vince iba despacio, y me pregunté si lo haría porque, al igual que yo, desearía que esa carretera no terminara nunca.

Pero entonces terminó. Al menos para nosotros.

Vince puso el intermitente y entró en el camino de acceso de su casa.

La luz que había sobre la puerta se encendió cuando nos bajamos de la moto y nos quitamos el casco.

Una leve brisa que soplaba del mar se enredó en el pelo de Vince y se lo alborotó un poco.

Me asaltó la absurda idea de que había personas que se pasaban horas delante del espejo para conseguir ese aspecto.

—Gracias. Por la clase de surf. Y por la comida.

Asintió y repuso:

—Repetimos cuando quieras.

Me pregunté si se refería al surf o a la comida. O... a algo muy distinto. Algo que hasta el momento habíamos conseguido evitar. Eché atrás los hombros y cogí aire.

—Bueno...

—¿Louisa?

Nuestras cabezas giraron hacia la puerta, donde Laurie nos miraba como si hubiese tenido una visión.

—Oí voces y... —Dejó la frase a medias y puso cara de sorpresa—. ¿Es el mío?

Comprendí con cierto retraso que se refería al casco que colgaba de mi muñeca. Vince fue más rápido.

—El que yo te compré, sí.

—No lo decía en ese sentido —aseveró deprisa, y la creí.

Incluso con la tenue luz vi que no estaba enfadada, sino tan solo confusa. Y no se lo podía reprochar. A fin de cuentas, para ella su hermano y yo únicamente nos soportábamos.

—Hemos ido a una gastroneta —conté.

Pareció tan elocuente como «He traído una sandía», pero por lo menos explicaba lo de la moto y el casco. Lo que no explicaba, en cambio, era...

—¿Juntos?

Eso exactamente.

—Estuvimos surfeando y nos entró el hambre —adujo Vince.

—Estuvisteis surfeando. —Laurie nos señaló con el dedo índice a Vince y a mí—. ¿Tú no decías que no sabes surfear?

—Y no sé. —Lo dije demasiado deprisa y me salió con una voz demasiado bronca.

—Le he enseñado yo —apuntó Vince, que seguía hablando con todo el aplomo del mundo.

Laurie tenía cara de estar perdida, y me dio pena.

A ella la situación debía de parecerle de lo más extraña, pero en ese momento a mí no se me ocurría nada que pudiera cambiarla.

Difícilmente podía decirle: «Mientras tú estabas en la cama con dolor de cabeza, yo me estaba enrollando con tu hermano.

Y como fue increíble, hoy hemos repetido».

—¿Eso significa que ya has cenado? —preguntó Laurie, y sonó más a afirmación que a pregunta.

Vince asintió, y yo deseé que dentro no le esperase una mesa puesta. Durante unos segundos desagradables reinó el silencio.

—Bueno, pues... yo ya me voy.

Iba a darle el casco a Vince, pero en el último segundo cambié de opinión y fui hacia Laurie.

—Te llamo cuando llegue a casa —le dije en voz baja, y le di el casco.

Con la misma expresión de desconcierto que antes, lo cogió y asintió apenas.

—Te acompaño —se ofreció Vince, pero le di a entender con un gesto con la cabeza y una mirada más que significativa que hoy lo último que quería era que me acompañase.

Durante un instante me dio la impresión de que iba a protestar, pero, para mi sorpresa, aceptó mi decisión.

Me despedí de los dos y me fui. El breve trayecto hasta la casa de Kay no bastó para que pudiese interpretar el comportamiento de Laurie.

Aunque entendía que le desconcertara ver que Vince y yo nos llevábamos bien, en su mirada había algo más.

Alerta. Como si la idea de que entre Vince y yo hubiese algo la inquietara.

Pero ¿por qué? Absorta en mis pensamientos, introduje el código en el portón y entré.

Kay estaba en la terraza con el portátil. En la mesa tenía encendida una vela de citronela y al lado había una copa con un poco de vino tinto.

Al verme abrió mucho los ojos.

—Madre mía, ¿por qué llevas esas pintas?

Miré la imagen que me devolvía el cristal de la puerta de la terraza.

«Uy». Tenía el pelo aplastado en la cabeza hasta por debajo de las orejas, de donde salía completamente desgreñado.

Como si no hubiese visto un cepillo en días.

¿Por qué no había dicho nada Vince? ¿Por qué no había dicho nada Laurie?

—Es de ir en moto. —Me pasé como pude los dedos por los mechones.

—¿En moto?

—Llevaba casco —le aseguré.

—Eso ya lo veo. Pero ¿de dónde has sacado la moto?

Titubeé.

—La conducía Vince.

Sus cejas se arquearon.

—¿Vince Greenfield?

Sabía que no esperaba en serio que respondiese a esa pregunta.

—Solo fuimos a comer algo a una gastroneta.

La información no hizo que cambiase su expresión, que oscilaba entre el desconcierto y la incredulidad.

—¿Los dos?

Asentí.

—Así que no estuviste en la playa. —Sus palabras destilaban cierto reproche. La acusación de no haber sido sincera.

—Sí que estuve. Vince y yo coincidimos en la playa por casualidad y después —algo me decía que era mejor no mencionar que había probado suerte con el surf— fuimos hasta una gastroneta.

Su mirada era de alerta cuando me preguntó:

—¿Te lo propuso él?

—Sí —admití, y durante un nanosegundo sentí alivio al poder cargar con la responsabilidad a Vince.

Pero entonces recordé lo que había dado a entender Kay la última vez que habíamos hablado: que posiblemente Vince me estuviera utilizando para aprovecharse.

Algo que, igual que entonces, yo no creía—. No te preocupes, no hablamos de ti.

—No estoy preocupada por mí, Lou.

—De verdad que no tienes por qué preocuparte.

—De eso no estoy tan segura, porque veo cómo se te iluminan los ojos cuando hablas de él.

—¿Qué? —solté.

—Es bonito que lo vuelvan a hacer. —Dejó escapar un suspiro—. Pero preferiría que no tuviera que ver con un chico que se muestra tan hostil conmigo.

—Solo lo hace porque estás en contra del hostal.

—Y tengo buenos motivos para estarlo.

Suspiré, porque nuestra conversación era circular. Y estaba empezando a marearme.

—Quizá deberías hacerte a la idea de una vez por todas de que ese hostal va a salir adelante —repuse, de un modo más enérgico del que pretendía—. Y encontrar la manera de vivir con ello.

Kay me miró como si le hubiese dado una bofetada, y en ese mismo instante me arrepentí de decir lo que había dicho. Noté que me dolía la tripa.

—No —empecé—. No debería... —No terminé la frase, y torcí el gesto porque de pronto sentía en el estómago los mismos calambres que cuando tenía un dolor de regla fuerte.

—¿Lou? —Kay se había levantado de golpe y me miraba con cara de preocupación.

—Solo es... ¡Ay! —gemí, y me doblé sobre mí misma. Noté un ligero mareo.

—¡Lou! Por el amor de Dios, ¿qué pasa?

Sentí la mano de Kay en el brazo. Y acto seguido... vomité a sus pies.