This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 22
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—Por Dios, tendría que haberme dado cuenta mucho antes de que solo era un sueño —protesté después de resbalar de la tabla de surf. Hice mi segundo intento, pero la tabla resbalaba demasiado y, además, dio un salto hacia delante.

—Esto también pasa un poco porque hace mucho que no encero la tabla.

No sabría decir si quería animarme o si iba en serio, pero la tabla que me había buscado deprisa y corriendo pertenecía al tal Jim y no había visto el agua durante esos últimos años.

Con la ayuda de Vince conseguí subirme y tumbarme en la tabla. El agua chapoteaba contra la parte inferior.

—Tenemos que remar un poco. Mejor échate más hacia atrás, o tendrás siempre la nariz metida en el agua. —Señaló la parte delantera de la tabla—. Puedes tomar como referencia el logo. Ahí más o menos debería estar tu barbilla.

—El logo..., vale —musité, y seguí su consejo.

—Sé que al principio parece más natural dejar los pies colgando en el agua, pero si lo haces no tendrás en el cuerpo la tensión que necesitas para estabilizar la tabla. Así que, las piernas juntas, el culo apretado y los pies fuera del agua.

Intenté procesar toda esa información y no ponerme roja como una niña pequeña porque Vince había dicho «culo».

—Bien. Y ahora mueve los brazos como si nadaras a crol. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. —Él empezó a avanzar.

Sus brazos en ángulo parecían deslizarse sin esfuerzo por el mar, y Vince se alejaba de mí. Traté de imitarlo, pero me distrajo un momento el bonito brillo que arrancaba el sol a su espalda mojada.

—Si no quieres tener unas buenas agujetas en los hombros, deberías doblar en ángulo los brazos —me aconsejó.

Dejé de moverlos. En las agujetas no había pensado.

Reprimí las dudas que me asaltaron y seguí remando.

Era más duro de lo que esperaba, y me costaba mantener la tabla quieta.

La espuma me salpicaba en la cara y el sol me daba con fuerza en la piel.

Cuando me uní a Vince, estaba sentado en su tabla, moviendo las piernas, como si el océano fuera el salón de su casa.

—¿Todo claro? —preguntó, completamente relajado.

—Sí —jadeé.

—Ha estado muy bien.

Me pareció que lo decía de coña y refunfuñé para mis adentros.

—No, en serio. La mayoría de la gente tira la toalla mucho antes cuando rema por primera vez. Se ve que estás en forma.

No me esperaba el cumplido, me pareció demasiado bueno para ser verdad. Quizá por eso me vine arriba y le pregunté:

—Entonces..., ¿vamos a surfear ahora?

Soltó una carcajada.

—Ahora te enseñaré a sentarte en la tabla a esperar la ola adecuada. Y después aprenderás a caerte. Y a subirte otra vez. Y a volver a caerte.

Vince no exageraba. Nos quedamos sentados sin más durante un buen rato en nuestras respectivas tablas, esperando.

El agua golpeteaba alrededor de nuestras rodillas y a lo lejos las olas rompían en la orilla.

En el cielo revoloteaban las gaviotas y en el horizonte se distinguía un petrolero o un crucero.

Cuando por fin llegaron olas buenas, Vince me explicó la técnica: cómo ponerse de pie, mantener el equilibrio y caer.

Al principio, no era capaz de hacer nada.

Dejé pasar por lo menos veinticinco veces el momento adecuado para ponerme de pie.

Cuando lo conseguía, perdía el equilibrio en el acto y caía al agua.

Era frustrante. Aunque Vince afirmaba que lo estaba haciendo bien y que el surf era uno de los deportes más difíciles del mundo, mi ego se resentía al ver que no lograba hacerlo mejor.

Me estaba quejando de nuevo cuando Vince vociferó:

—¡Ahora!

Al oír su orden, me levanté, y esta vez lo hice en el momento adecuado.

Flexioné ligeramente las rodillas cuando la ola arrastró la tabla y extendí los brazos.

Se me escapó un grito de alegría e incredulidad cuando me dejé llevar por ella.

Deslizándome con el agua. Era una sensación embriagadora, que me colmó de tal modo que habría podido estallar.

Radiante de alegría, me volví hacia Vince, y en ese mismo instante me di cuenta de que era un error.

Me ladeé acto seguido y caí de cabeza al mar.

Aparecí en la superficie, jadeando, y escupí agua.

—¿Lo has visto? —exclamé, eufórica.

Se rio y se bajó de la tabla.

—Lo he visto, sí.

—¡He surfeado!

—Has surfeado.

No me pude contener más, y le eché los brazos al cuello.

Se balanceó ligeramente, me rodeó la cintura con una mano y me pegó a él.

La repentina cercanía era abrumadora. Sentir su cuerpo junto al mío.

Nuestra piel desnuda. Su pecho, que cada vez que respiraba se pegaba al mío.

Su forma de mirarme. Un tanto insegura, un tanto impaciente.

Le pasé el pulgar con suma suavidad por la nuca y profirió un sonido gutural que el rugir de las olas engulló.

Su cuerpo se tensó, apretó la mandíbula.

Como si se resistiese, luchara contra algo.

Me pregunté qué pasaría justo cuando noté algo duro en el vientre.

—Lo siento —se disculpó, cohibido, y esas dos palabras resonaron entre nosotros.

Sentí que me acaloraba, con la clase de calor que quería más.

Más proximidad, más contacto corporal. Mi autocontrol se alejaba aleteando como una servilleta de papel con el viento.

Me incliné hacia delante y lo besé. Fue un beso enérgico, pero él me lo devolvió con la misma vehemencia.

Nuestras lenguas se enredaron, nuestros dientes entrechocaron.

Gimió cuando enterré las manos en su pelo, pegué más aún su cabeza contra la mía.

Le rodeé las caderas con las piernas cuando me cogió, sentí todavía más lo mucho que él deseaba lo que estaba pasando. Lo mucho que su cuerpo me deseaba a mí.

—Para —pidió mientras respiraba pesadamente, y separó sus labios de los míos.

Todo en mí protestó, pero al mismo tiempo supe por qué emprendía la retirada. Y que era lo que teníamos que hacer. Nos encontrábamos en una playa pública, no lo bastante dentro del agua para cruzar esos límites.

—Deberíamos...

—Sí —convine.

Durante un par de segundos ninguno de los dos dijo nada, después nos echamos a reír. Un poco avergonzados, un poco tímidos.

—Creo... eh... me temo que necesito un rato. —Bajó la vista y no se me ocurrió nada mejor que seguir sus ojos.

El agua era tan transparente que vi con suma claridad el bulto que tenía en el bañador y, por algún motivo desconocido, me excitó a más no poder. Aunque claro que sabía cuál era el motivo: lo tenía justo delante.

Cuando por fin salimos del agua, sentía cada músculo de mi cuerpo. Quizá debiera haberme inquietado, pero lo único que sentía era dicha. Solo esa sensación de felicidad que hacía que las mejillas me ardieran y los ojos me brillasen. O al menos eso me parecía.

—¿Lo repetimos en otro momento? —pregunté, y me solté más bien de mala gana el invento del tobillo.

Vince esbozó una sonrisa pícara.

—¿Qué exactamente?

—Surfear. —Me dejé caer en la arena.

—Te puedes pasar a verme siempre que quieras... surfear.

La teatral pausa me hizo sonreír. Él se sacudió el pelo empapado y se sentó junto a mí.

—No imaginaba que fuera así —comenté, algo más seria. Me puse a buscar la palabra adecuada—. Tan...

—¿Alucinante?

—¡Sí! —exclamé—. Es... alucinante.

—Creo que hace que uno se sienta tan bien porque... durante unos segundos la energía del océano pasa a ti. —Vaciló, como si no estuviera seguro de si quería compartir conmigo lo que pensaba—. Cuando haces surf, te mueves con el agua, no contra ella. Te fundes con el elemento.

Lo miré fijamente y a sus ojos asomó cierta turbación.

—Perdona, son cursiladas de surfista.

—¡No! —repuse con vehemencia—. Es... precioso. —La última palabra fue un susurro—. Gracias por enseñarme.

La mirada turbada desapareció y en su rostro se dibujó una sonrisa.

—De nada.

Nos miramos a los ojos durante unos segundos. Por desgracia, mis tripas no recibieron la información de que ese era un momento romántico. Rugió con tal fuerza que Vince rompió a reír.

—Deberías darle algo de comer a la bestia que tienes en el estómago —aconsejó sonriente, y se levantó y me tendió la mano. Una mano grande, bronceada y con un vello dorado que tenía arena pegada.

Cuando la cogí y me ayudó a ponerme de pie, sentí un hormigueo en todo el brazo.

—Y ponerte ropa seca —añadió al ver mi piel erizada.

Y eso que no tenía nada que ver con el biquini mojado.

Solo fui capaz de asentir, y crucé los brazos porque, sin lugar a dudas, mi pecho estaba revelando más de lo que debería—.

Bueno, pues... —Con un gesto casi cohibido, se pasó una mano por el pelo—. Hasta la próxima.

«¿¿¿Hasta la próxima???». Antes de que mi cara se pusiera del color de una langosta cocida, di media vuelta y apreté los ojos.

Justo cuando eché a andar, un «Ehhh...» me hizo detener.

Me giré hacia él: no se había movido del sitio.

Con su pelo mojado y alborotado, las manos con arena y esa mirada algo turbada.

—¿Te gustan las gambas?