This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 21
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Aunque todavía estuve pensando un rato en Vince y en el beso que nos habíamos dado, al día siguiente me levanté sintiéndome sorprendentemente fresca.

Salí a correr por la playa a la hora de siempre, y me noté relajada y ligera.

Me vino de perlas que, al volver, Kay ya hubiera salido para ir a Honolulú, donde tenía hora en la peluquería.

Aún no había averiguado cómo abordaría el hecho de que la noche anterior me hubiera besado justo con el chico que encabezaba su lista negra.

De que desde entonces no pudiera pensar en otra cosa que no fuesen sus labios en los míos.

Mientras estuve en la pista jugando contra Malia conseguí hacer a un lado mi caos emocional.

Cuando paraba para beber, sin embargo, volvía a sentirme tentada de echar un vistazo al móvil.

Pero Vince no me había escrito. Mi parte racional me recordaba que no tenía mi número, pese a lo cual el corazón me dio un vuelco, esperanzado, cuando después del partido vi que tenía un mensaje. Pero era de Laurie.

Perdona otra vez por lo de ayer. Se torció todo de mala manera. Me alegro de que a pesar de todo fueras a la fiesta. Espero que Vince se portara bien. (Él dice que sí).

Leer su nombre bastó para que el corazón me latiera más deprisa.

Al mismo tiempo, me vino a la cabeza un montón de preguntas, que se sumaron a las muchas otras que se habían alojado en ella desde la noche anterior.

¿Le habría contado Vince a Laurie que nos habíamos besado?

Posiblemente no, ya que de lo contrario ella no le habría preguntado a su hermano si se había portado bien.

Sin embargo, era evidente que habían hablado de la fiesta. Me picaba mucho la curiosidad.

No contesté a Laurie hasta después de ducharme y tumbarme en el sofá de Kay para relajarme. Me había estado dando el sol de lleno en la cabeza durante toda la mañana, y aunque a esas alturas ya me había acostumbrado a las altas temperaturas, el aire acondicionado fue un auténtico alivio.

No pasa nada. Tendría que haber mirado el móvil. Y no te preocupes: tu hermano tenía el día bueno.

«Muy bueno, incluso», pensé, y seguidamente le escribí: «¿Tú qué tal estás?», porque de pronto me pareció que mi respuesta tenía doble sentido. Ella me contestó en el acto:

Otra vez el dichoso síndrome premenstrual, me afecta un montón... Quiero echarle la bronca a alguien y un minuto después comer churros con azúcar y canela.

Con una sonrisa en los labios, busqué un gif que pegase y se lo envié. En ese mismo instante oí que alguien introducía el código en la puerta.

—Ah, ya has vuelto. —Kay entró con dos bolsas de la compra.

—Terminé un poco antes. Te queda genial —dije al verle el pelo, que tenía unos centímetros más corto.

Halagada, se quitó las alpargatas, que se había puesto con un pantalón de lino amarillo mostaza y un top lencero blanco.

—¿Ya has comido?

—Me hice dos tostadas con aguacate.

—Suena bien. Creo que yo también quiero eso. —Fue descalza a la cocina—. ¿Qué tal ayer? —Oí que abría el cajón de los cubiertos—. ¿Hacen honor las fiestas de Griffin Chipman a la fama que tienen?

—¿A la fama que tienen?

—De ruidosas, multitudinarias, desenfrenadas.

—Ruidosa fue, sí. Y multitudinaria también, pero ¿desenfrenada? —Ladeé la cabeza—. La verdad es que no. Aunque tampoco me quedé mucho.

No pude evitar pensar en la vuelta a casa. En el beso. Y, por desgracia, el aire acondicionado de Kay no pudo contrarrestar el calor que sentí por dentro.

—Seguro que fue lo más sensato —comentó.

—Mmm.

Oí que sacaba de un cajón una tabla de cortar.

Mientras partía el aguacate en finas láminas, me distraje contándole cómo me había ido la mañana.

El partido que había jugado contra Malia.

Que me había dado guerra y en qué aspectos me notaba segura.

Entre medias miré de reojo otra vez mi teléfono, pero no tenía ningún mensaje de Vince.

Como ese día no entrenaba por la tarde, me fui a la playa a nadar un rato. Me convencí de que les sentaría bien a mis fatigados músculos. De que ello no tenía nada que ver con que quisiera ver a Vince. Con el hecho de que no me hubiese escrito.

Los sábados siempre había mucho movimiento en Sunset Beach.

En la arena se veían toallas de todos los colores que se mezclaban con sombrillas, neveras portátiles y refugios de playa.

En el mar reinaba una gran actividad. La gente se deslizaba hasta la orilla en colchonetas hinchables y bodyboards .

Tubos de buceo de colores flúor asomaban del agua y más al fondo se veía a surfistas en las olas.

Demasiado lejos para poder distinguir a Vince entre ellos.

—No está ahí.

Me volví en redondo. Chip se hallaba frente a mí como un dios recién salido del mar.

Había visto el vídeo de su récord del mundo, lo había visto surfear una ola de 26,5 metros de altura, domarla con su cuerpo.

Y así y todo casi me quedé boquiabierta al verlo tan de cerca, con el torso desnudo y un bañador de surf azul.

Más bueno que el pan. Como si a partir de este concepto una inteligencia artificial hubiese creado a una persona.

Durante un primer instante no supe si resoplar con sorna o reír tontamente.

—No está ahí —repitió Chip, y entonces fui consciente de que seguía mirándolo. En realidad... no a él. Solo era su cuerpo perfecto el que me tenía embobada.

—¿Quién no está ahí?

Arqueó las cejas y su cara dijo algo como: «Estás de coña, ¿no?».

—Solo quería ir a nadar —afirmé, pero mi voz no sonó tan firme como me habría gustado.

—Ya, claro. —La suya rezumaba ironía—. Ayer desaparecisteis de repente.

—Quisimos despedirnos de ti, pero nadie sabía dónde estabas.

Una arruga se marcó en su entrecejo, aunque no supe a ciencia cierta si de verdad lo estaba valorando o si solo fingía hacerlo.

Su sonrisa era descarada, casi obscena.

—Y entre tú y el chico del hostal... ¿qué hay? —me preguntó mientras me miraba fijamente.

—Nada.

Chip se metió la tabla de surf debajo del brazo.

—Nunca había traído a nadie a mi casa.

—Me invitaste tú —le recordé.

—Pero llegasteis juntos y... os fuisteis juntos.

—Porque somos vecinos. —Me encogí de hombros y confié en que mis mejillas no estuvieran tan rojas como yo me las notaba.

—Hace dos semanas ese habría sido un motivo para no traerte —aseguró risueño.

—Que no me invitó él —refunfuñé.

Solo ahora caí en la cuenta de que lo había seguido hasta el agua.

—Mmm —repuso Chip, y se agachó para afianzar el invento. Solo que no rodeó con él su tobillo, sino que me lo puso a mí en el mío.

—Eh, ¿se puede saber qué haces?

—Tú y yo nos vamos a hacer surf.

—¿Qué? ¡No! No sé hacer surf.

—Te daré un cursillo intensivo.

Sacudí primero la cabeza y después el pie, y Chip se rio.

—Vamos, será divertido.

—Claro, porque me estaré cayendo todo el rato.

—Como nos pasó a todos. —Deslizó la tabla en el agua—. Arriba, Harry.

—¿Harry?

—Herzog-Riggs se me hace demasiado largo.

Lo miré sin entender lo que quería decir.

—Herzog-Riggs. ¿He-Ri? —Se dio unos toquecitos en la frente—. ¿Ya...?

Puse los ojos en blanco, pero no pude evitar una sonrisilla. En ese mismo instante Chip dijo:

—¡Aquí está nuestro chico del hostal!

Saludó haciendo el gesto shaka a Vince, que estaba en su tabla de surf ni a cinco metros de nosotros y nos miraba. Acto seguido, volvió a mirar hacia delante y empezó a remar. ¿A qué venía eso? Solo fui consciente de que lo había dicho en voz alta cuando Chip dijo:

—Creo que hubiera preferido enseñarte a surfear él.

En un primer momento quise rechazar el comentario de Chip poniendo los ojos en blanco, pero entonces me di cuenta de lo que sin duda pensaría Vince al ver la situación.

Yo había rechazado de plano su ofrecimiento de enseñarme a surfear aduciendo el riesgo de lesionarme, el miedo.

Y ahora tenía un invento alrededor del tobillo y tonteaba con Chip...

un día después de que nos hubiéramos besado.

Me solté el velcro sin vacilar y me metí en el agua hasta que pude nadar sin golpearme las rodillas.

—¡Vince! ¡Espera! —le grité, y di unas cuantas brazadas enérgicas hacia él.

Pero ya estaba fuera de mi alcance, y el oleaje era demasiado fuerte. El agua me azotaba en la cara. Hacía que los ojos me escocieran, la nariz me cosquilleara. Resoplé, frustrada.

—¿Quieres que le diga algo a tu vecino? —me preguntó Chip, que justo entonces pasaba junto a mí remando—. O... ¿que le aclare algo?

—No, ya lo haré yo.

Levantó la mano derecha para decirme adiós y siguió remando mientras yo volvía a la orilla.

Vince tardó casi una hora en salir del agua. Me había sentado en la arena para secarme al sol. Tenía la piel tirante, y cuando me pasaba la lengua por los labios, me sabían a sal.

—Chip sigue dentro —me dijo Vince, y dejó la tabla en el suelo.

—Te estaba esperando a ti.

—¿Estás segura? —Parecía cabreado.

—Pues claro que estoy segura. —Me levanté y di unos pasos hacia él—. Escucha, lo que viste antes no es lo que parece.

Se sacudió el agua del pelo y unas gotas salieron volando hacia mí.

—Así que no has querido ir a hacer surf con Chip después de que a mí me dijeras que no querías porque es demasiado «arriesgado». —Un tonillo burlón revestía sus palabras.

—Eso solo era un pretexto —exclamé.

—¿Qué era un pretexto?

—Lo del riesgo de lesionarme —farfullé mientras cambiaba el peso del cuerpo de un pie al otro.

Parecía confuso, y no se lo podía reprochar.

—Tuve un... sueño. Fue un sueño muy desagradable. O bueno... no, la verdad es que desagradable no era. —Las mejillas empezaron a arderme—. Pero sí daba... un poco de miedo.

—¿Una pesadilla?

—Eh... no. No fue una pesadilla.

Me miraba ceñudo.

—Fue... otra... clase de sueño —dije, evasiva—. Bueno, da lo mismo. El caso es que fue como si el sueño pudiera hacerse realidad y, no sé, me entró el pánico.

Vince levantó las manos, no entendía nada.

—No te sigo.

Cerré los ojos abochornada.

—Esto me da mucha vergüenza.

—¿Qué?

No sabía si soltarlo, aunque no tenía escapatoria.

—En mi sueño estábamos surfeando. Tú y yo. —Lo miré bajando un poco los ojos—. Y pasó... algo.

—Pasó —repitió, y lo distrajo momentáneamente un surfista que salió del agua detrás de él y lo saludó con un gesto shaka .

—Entre tú y yo —grazné cuando volvió a prestarme atención.

Durante unos segundos siguió perdido. Después su rostro me dijo que lo entendía.

—Oh. —Abrió los ojos como platos.

—No nos... O sea, que no tuvimos... —Enterré la cara en las manos—. Me voy a morir de la vergüenza.

—Oye... que no es ni la mitad de vergonzoso que mi pequeño ataque de celos, por si te sirve de consuelo.

Lo miré entre los dedos.

—¿Ataque de celos?

—¿Tú cómo lo llamarías? —Se frotó el caballete de la nariz y se le quedó pegado un poco de arena en la húmeda piel—. Soy un auténtico idiota.

—No, no eres idiota. Me refiero a que claro que dio la impresión de que no quería hacer surf contigo.

—Ya, pero después de lo de ayer... —No terminó la frase, y yo contuve el aliento—. Lo siento —se limitó a decir, y pareció tan sincero que no vi ningún motivo para seguir dándole importancia al tema.

En vez de eso, tuve una idea.

—En una escala del uno al diez, ¿cómo estás de cansado?

—Pues... No sé. ¿Siete?

—¿Significa eso que ya no te quedan fuerzas para darle una clase de surf a una novata?

Su rostro se iluminó.

—Creo que el siete acaba de bajar a cuatro.