This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 20
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En el camino de vuelta a casa no hablamos mucho, pero el silencio era agradable, cómodo. Escuchamos el álbum del grupo hawaiano cuya canción habíamos bailado mientras el oscuro paisaje desfilaba ante nosotros. Siluetas de palmeras y montañas que se recortaban ante el cielo como gigantes.

A medida que nos acercábamos a Pūpūkea, me debatía con los sentimientos más contradictorios.

No quería que la noche terminase, pero notaba hasta qué punto mi cuerpo estaba exhausto, lo urgentemente que necesitaba descansar y dormir.

Al mismo tiempo intuía que estaría bastante agitada como para pegar ojo.

Eran demasiadas las preguntas que me inquietaban, demasiadas las cosas que me preocupaban.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que me di cuenta con retraso de que Vince enfilaba el camino de entrada del Ohana en lugar de dejarme en casa de mi madrina.

—Ahora te acompaño a casa.

—Ah... vale.

Me bajé del coche con el ceño fruncido. Aquí abajo hacía unos cuantos grados más, y me llegó en el acto el olor del océano.

Una leve brisa se colaba entre las hojas de las palmeras, me acariciaba gratamente los brazos desnudos.

Caminamos por el borde de la carretera en silencio.

Me preguntaba si Vince diría algo más antes de que llegáramos a la casa de Kay cuando de pronto se detuvo.

Incluso con la tenue luz que arrojaba la luna vi que su desenfado había dado paso a la tensión. Que algo le preocupaba.

—Antes te he mentido.

Contuve el aliento, vi cómo le subía y le bajaba la nuez al hacer un esfuerzo para continuar.

—La verdad es que no quería ir a esa fiesta.

Su confesión trajo consigo silencio. Y palpitaciones aceleradas. Tardó por lo menos diez segundos en decir algo más.

—Pero de repente apareciste en la terraza de casa. —Cogió aire, temblaba un poco—. Con este vestido. —Profirió un sonido que rozaba la desesperación.

Mi palpitar acelerado se tornó desbocado. Quería decir algo, pero no sabía qué. Era como si tuviese la cabeza hueca. ¿O demasiado llena? Se pasó una mano por el pelo y musitó algo que sonó sospechosamente a «joder». A inseguridad y arrepentimiento.

Y comprendí de una vez por todas que debía reaccionar.

—Me alegro de que cambiaras de opinión.

Me enfadó que en la última parte de la frase mi voz subiera media octava.

Que no se me ocurriera nada mejor que decir.

Pero él ya había dado un paso hacia mí y había pegado sus labios a los míos.

Se me escapó un suspiro, que él aprovechó para rodearme el rostro con las manos e intensificar el beso.

El corazón se me descontroló por completo, como si hubiese satisfecho un deseo que anhelaba desde hacía tiempo, que yo ni sabía que abrigaba.

Extasiada, le eché los brazos al cuello y lo estreché contra mí.

Me apreté contra él. Su cuerpo irradiaba calor y era firme, y olía increíblemente bien.

A verano y a sol, a jabón y a ropa limpia.

No era la primera vez que me fijaba, tan solo la primera que lo hacía mientras lo besaba.

Su mano subió hasta mi nuca, se enredó en mi pelo y provocó un incendio que se propagó a toda velocidad por mi cabeza.

Abrí un poco los ojos y vi que me estaba mirando, como si tuviera que convencerse de que esto estaba pasando de verdad.

Sonrió al ver que lo había pillado y fue irresistible.

Cerré los ojos y dejé que decidiese si quería mirarme mientras me volcaba cada vez más en ese beso.

En él. Sus manos se deslizaron por mis hombros desnudos, por mi espalda, me rodearon la cintura.

Durante un instante, creí que me iba a levantar, a llevarme a alguna parte lejos de esa carretera, pero solo me sostuvo con firmeza y me besó de un modo que hizo que perdiese la noción del tiempo y del lugar...

Al menos hasta que un coche se aproximó y nos cegó con la luz de los faros.

Nos separamos hasta que pasó de largo y nos sonreímos con timidez cuando la oscuridad engulló los pequeños puntos de luz.

Se hizo patente que, con el coche, había desaparecido parte de la despreocupación.

Fue como si se hubiese pinchado la burbuja que durante unos segundos nos había mantenido al margen del mundo exterior.

—Tienes que irte a la cama —musitó.

No era eso lo que quería oír, y sus ojos me dijeron que tampoco era lo que él quería decir. Pero tenía razón: se había hecho tarde.

—Buenas noches. —Se inclinó hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Yo me permití respirar una vez más su olor.

—Buenas noches —dije, y suspiré, sintiéndome un poco embobada. Y bastante confusa.

Constaté con alivio que Kay ya estaba durmiendo.

No me haría preguntas. Preguntas a las que todavía no tenía respuestas.

O preguntas que había que analizar. En cuanto los oídos dejaran de zumbarme, las mejillas dejaran de arderme, el corazón dejara de dar botes.

En cuanto en mi cabeza volviera a haber sitio para poder pensar con claridad.

Para que no todo girase en torno a Vince Greenfield.

A sus labios, tan puñeteramente suaves. Sus manos, con esa aspereza tan agradable.

Su olor, tan embriagador. ¿Cuándo había sido la última vez que me había sentido así?

Tan acelerada y nerviosa, tan eufórica. Como si hubiese estado bebiendo champán y no agua durante toda la tarde.

Subí a mi habitación, me desmaquillé y me cepillé los dientes.

Me salpicó un poco de pasta en el vestido, pero me dio demasiada pereza quitar las manchas.

Preferí recordar la mirada de Vince cuando me había visto con el vestido.

Me había percatado de cómo me miraba, pero no pensé que fuera por el vestido, por verme con ese vestido.

Quizá porque hasta ahora Vince no había dado a entender en ningún momento que veía en mí a alguien más que a la ahijada de su latosa vecina.

Y eso que... quizá fuera eso lo que veía.

Me asaltaron las dudas. ¿Y si había sido solo cosa del momento?

¿Y si hacía esto con regularidad? Ir a fiestas, bailar con chicas, hacerles cumplidos y morrearse con ellas al despedirse.

«No, él no es así», objetó una voz en el fondo de mi cabeza.

«Pero entonces, ¿cómo es?». Escupí la pasta de dientes, hice gárgaras con agua y me fui a la cama con esa pregunta.