19
Fuimos a por algo de beber y nos cruzamos con Pili, que al ver a Vince reaccionó de forma parecida a Chip:
—¿Tú? ¿Aquí? —Después me miró a mí y su expresión dijo: «¡¿Con ella?!». Sin desprecio, más bien alucinada, y a pesar de ello me sentí como un objeto de exposición.
—¿Los demás también están? —Vince pasó por alto su pregunta.
—Yo he venido con Milo. —Miró a su alrededor, lo que me dio la oportunidad de escrutarla un instante.
Hoy se había recogido el largo pelo en una coleta alta y llevaba un pantalón corto con estampado de flores y una camiseta de tirantes en la que ponía SUNKISSED , una ropa que pegaba más en este sitio que la que había elegido yo—.
Brody también está, andará por ahí. —Sus ojos volvieron a nosotros.
A mí—. Perdona, que ni siquiera te he saludado.
Hice un gesto con la mano para restarle importancia y sonreí.
—Tu vestido es una pasada —alabó mientras me dirigía una mirada de aprecio.
—Gracias. —Me encogí de hombros—. Por desgracia no es mío, me lo han prestado.
—Pues deberías plantearte muy en serio no devolverlo. —Sonrió—. ¿Dónde habéis dejado a Laurie?
—Le dolía la cabeza —respondió Vince, que no había dicho nada desde hacía un rato.
—Por eso me ha traído él —añadí yo.
—Ajá —dijo Pili con una sonrisa que no fui capaz de interpretar.
Poco después se unieron a nosotros Milo y Brody, a los que también conocía de la barbacoa en el Ohana. No tardaron ni un minuto en ponerse a hablar los cuatro de olas, mar de fondo, mareas vivas y vientos con la jerga de los surfistas.
—Chicos, creo que deberíamos cambiar de tema, antes de que Louisa se muera del aburrimiento por nuestra culpa —dijo Pili, con una mirada de disculpa—. Perdona, es algo casi automático cuando se juntan cuatro surfistas.
—Lo sé —afirmé risueña—. A los tenistas nos pasa lo mismo.
—Es verdad. Vince nos ha contado que eres profesional —comentó Milo.
Me habría gustado preguntarle cuándo lo había mencionado Vince. En qué contexto, con qué tono de voz y...
—¿No es dentro de poco el US Open? —preguntó Brody.
Pili enarcó las cejas.
—¿Te interesa el tenis?
—Claro —aseguró, encogiéndose de hombros—. Aunque sobre todo veo el tenis masculino —admitió.
—¿Tienes algún tenista favorito? —quise saber.
Se paró a pensar un momento.
—Tiafoe.
No me sorprendió que eligiera a un compatriota.
—¿Y tú?
—Diría que Dimitrov. Me encanta su juego. Es tan... elegante. Y él es un tío muy majo.
—Vale —terció Pili, alargando la palabra—. Ahora somos nosotros los que nos vamos a morir del aburrimiento por culpa de estos dos.
Nos echamos a reír y pasamos a temas más generales.
Me enteré de que Pili trabajaba de camarera en un hotel de Turtle Bay y Milo y Brody daban clases de surf a turistas.
De que los tres habían crecido en Hale’iwa y las inmediaciones, pero Pili era la única que había nacido en Hawái. « Kānaka maoli », lo llamó ella.
—Algo de lo que siempre está presumiendo —apuntó Milo.
Pili iba a protestar, pero los tres chicos la hicieron callar (y reír) con un «Sabes que es verdad». Estuvimos un buen rato más en el porche, hasta que abajo, en el césped, se formó una improvisada pista de baile y Pili convenció a Milo de que fuera a bailar con ella.
—¿Cuánto tiempo? ¿Tú qué dices? —preguntó Brody a Vince mientras veíamos cómo se mezclaban los dos con los que estaban bailando.
—Dos minutos —respondió.
La canción terminó y escuchamos la intro de Calm Down , de Rema y Selena Gomez.
—Un minuto —se corrigió Vince en el acto, esbozando una sonrisa pícara.
Yo seguía la conversación con un ligero desconcierto.
—Sería un nuevo récord —opinó Brody con la cabeza ladeada.
—Sí —fue la escueta respuesta.
—¿Qué nos apostamos? ¿Un encerado de tabla?
Vince hizo un gesto afirmativo.
—Vaaaleeee. —Brody se puso a hacer algo en el reloj—. Un minuto... a partir de... ahora. —Ambos clavaron la vista, concentrados, en la pista de baile, donde Pili y Milo bailaban bastante pegados.
—Eh... ¿a qué estáis apostando? —pregunté con tiento.
—A cuánto tardarán esta vez en enrollarse Pili y Milo —dijo sin rodeos Brody.
—¡Oh!
—Se gustan —contó Vince—, pero no sé por qué no termina de cuajar la cosa, y eso que se enrollan siempre que tienen ocasión y después le echan la culpa al alcohol.
—Que la mayoría de las veces ni siquiera han bebido —se rio Brody—. ¡Uy! Mirad. —Su dedo índice señalaba la pista, y no di crédito a mis ojos, porque Pili y Milo, en efecto, se estaban besando, y con bastante desenfreno. Un extraño calor me corrió por debajo de la piel.
—¡Ooooh! —gritó Brody, tan alto que Pili lo oyó.
Sin volverse y sin dejar de besar a Milo, le dedicó una peineta a Brody.
Este soltó una risotada y le dio unas palmaditas en la espalda a Vince.
—Cincuenta y cuatro segundos. ¡Tío, tío, tío! —Sacudió la cabeza—. No sé vosotros, pero yo necesito algo más fuerte que esto. —Movió el botellín de cerveza y nos miró con expresión expectante.
Vince y yo negamos con la cabeza y Brody desapareció en la casa. Entre nosotros se extendió un silencio extraño. Me di cuenta de que apenas había hablado una palabra con Vince desde que habíamos llegado. No había sido una decisión consciente, había pasado sin más.
—Gracias por traerme. Esto es muy guay.
—Pareces sorprendida —observó casi con suficiencia.
—Bueno, es que también se podría haber torcido. Tú podrías haber ido a la tuya y haberme... dejado tirada en un rincón.
—No habrías pasado mucho tiempo en ese rincón —musitó—. No con ese vestido.
Su mirada me pilló desprevenida. Contuve la respiración. Me pregunté si lo había entendido bien. Si había interpretado bien lo que había dicho.
—Les habría ofrecido una habitación. —La voz de Chip interrumpió el silencio. Las mejillas se me acaloraron. Se interpuso entre nosotros y le pasó el brazo derecho por los hombros a Vince y el izquierdo por los míos—. Pero probablemente ya no les dé tiempo a llegar.
Constaté con alivio que se refería a Pili y Milo, que seguían morreándose a lo bestia.
Al mismo tiempo me avergoncé de mis propios pensamientos.
Vince me acababa de hacer un cumplido, sí, pero eso no significaba nada.
A lo sumo, que hacía siglos desde la última vez que yo había besado a alguien, que me había enrollado con alguien.
—¿Cuánto hace que vives aquí? —le pregunté a Chip mientras miraba el jardín—. Es precioso.
—Un año más o menos. —Lo dijo como si fuera una pregunta—. Compré el terreno hace unos años. Después de Nazaré por fin tuve el dinero necesario para hacerme la casa.
«Nazaré», la meca europea para los surfistas de olas gigantes. Chip había batido allí el récord mundial, si mal no recordaba.
—Y el columpio, ¿lo has colgado en plan previsor, para tus futuros hijos? —bromeé.
A Chip se le demudó el rostro, y la sonrisa que esbozó segundos después no era genuina. Bebió un sorbo de cerveza, dio dos golpecitos en la barandilla del porche y se alejó.
Me quedé mirándolo perpleja.
—¿He... metido la pata?
—No —musitó Vince—. A veces no hay quien lo entienda.
«Y no es el único», pensé maquinalmente, y mi propio valor se me adelantó:
—¿De verdad querías venir hoy a la fiesta?
Ladeó la cabeza hacia mí y me miró, pero no dijo nada. Su mirada era tan intensa que contuve el aliento.
—¿Quieres bailar?
Puse cara de sorpresa y me pregunté de nuevo si habría oído mal mientras mis opciones se deslizaban por mi cabeza a toda velocidad: Sí. No. Luego. Nunca. ¿Por qué? ¿Seguro? ¿Ahora?
—Vale —me oí decir.
Una sonrisilla asomó a su rostro antes de que me tendiera una mano.
Clavé la vista en ella un instante y una vez más me llamó la atención el pequeño tatuaje de la cara interna de la muñeca.
¿Una tortuga, quizá? Puse mi mano en la suya, sentí el calor de su piel, la suave presión de sus dedos, que eran ásperos y callosos.
Las rodillas me temblaron, y durante una décima de segundo temí que me fueran a flaquear.
Pero entonces él se puso en movimiento y tiró de mí.
Tenía el corazón desbocado mientras lo seguía hasta la pista de baile.
Por la cabeza se me pasó un millar de ideas a la vez: que hacía siglos que no bailaba con alguien, que era muy mala idea hacerlo precisamente con Vince, que no quería bailar con nadie en este sitio que no fuese él, que no conocía la canción, que era demasiado lenta, que...
No pude seguir dándole vueltas, puesto que ya estábamos en medio de la gente que bailaba.
Casi todo el mundo se había emparejado con alguien o arrimado más.
Vince y yo nos miramos, pero a diferencia de mí, él parecía relajado.
Sin dejar de mirarme, me cogió las manos y me las llevó hasta su cuello.
Lenta y prudentemente, como si quisiera ofrecerme la posibilidad de echarme atrás.
Pero lo dejé hacer, sentí su torso contra el mío al entrelazar mis dedos.
Cuando fue a rodearme la cintura con las manos, me rozó la piel desnuda de la espalda.
Se estremeció de un modo casi imperceptible, como si no fuese consciente de lo escotado que era el vestido por detrás.
Empezamos a movernos al compás de la música, un ritmo reggae lento.
—No conozco esta canción —comenté para romper el incómodo silencio.
—Es Love I , de un grupo de aquí.
Su aliento me acarició la mejilla. Olía a limón, como el té helado que se había bebido.
—Jamás habría pensado que te gustara bailar. —«Ni que lo hicieras tan bien», añadí para mis adentros. Vince seguía con facilidad el ritmo.
—¿Por qué?
—No sé. Quizá porque Laurie dijo que las fiestas no eran lo tuyo.
—Las fiestas con mucha gente no son lo mío. Prefiero tener a mi alrededor a tres buenos amigos que a —miró a su alrededor— treinta que ni siquiera saben cuándo es mi cumpleaños.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El 7 de septiembre.
—¿El 7 de septiembre? —repetí sorprendida.
Me miró con gesto interrogativo.
—Es la final del US Open.
—Entonces no se te olvidará.
—No —susurré, y sentí muy dentro de mí una pequeña punzada de dolor al ser consciente de que ese día ya no estaría aquí. Dentro de poco más de tres semanas estaría volando a Nueva York.
Su mano bajó mínimamente, y ese movimiento inconsciente me devolvió al ahora.
—¿Qué tienes tatuado en la muñeca?
Si lo desconcertó mi repentino cambio de tema, no se le notó. Me enseñó la cara interna de la muñeca. En efecto, era una tortuga poco más grande que una moneda de dos euros y del mismo estilo que los tatuajes de Gabe.
—¿Es tu... auma ...? —No recordaba la palabra—. ¿Tu espíritu protector?
Vince se rio, pero no era una risa burlona.
—No, yo no tengo aumakua . No me tomaría esa libertad. Me gustan las tortugas, nada más.
—¿Alguna vez has visto alguna? Aquí, me refiero.
Se sorprendió.
—Claro. ¿Tú no?
Negué con la cabeza.
—Pues tenemos que hacer algo al respecto, y deprisa.
El «tenemos» de la frase hizo que el corazón me diese un vuelco.
—Hay algunas playas en las que siempre se ve alguna. A veces incluso salen del agua.
—Vaya. Tiene que ser increíble.
—Te... —Se paró un instante—. Laurie te puede enseñar algún sitio bueno.
—Genial —contesté, sin que se me notara que su recular me había desilusionado un poco.
Seguimos bailando, y nuestros movimientos se volvieron más relajados y fluidos. Como si nos hubiésemos acostumbrado al otro.
—Vaya, hoy sí que están aguantando. —Vince ladeó la cabeza hacia la derecha, donde Pili y Milo seguían besándose.
—Al principio pensé que Pili y tú estabais... ya sabes...
—Solo somos amigos.
—Sí, eso fue lo que Laurie... —No terminé la frase y apreté los ojos.
Vince se lo tomó con humor.
—¿Y tú y Chip? ¿Te arrepientes de no haberle dado el teléfono?
—Qué va, no. Chip no es mi tipo.
—Y ¿cuál es tu tipo?
La pregunta me pilló desprevenida, a pesar de que había sido yo quien se lo había puesto en bandeja. Levanté la cabeza y lo miré a los ojos, pero lo que vi en ellos fue demasiado desconcertante para poder sostener su mirada.
—Creo que no tengo uno. O por lo menos no uno que pueda describir con tres adjetivos.
Acaricié la idea de hacerle esa misma pregunta, pero no sabía si me gustaría la respuesta, así que lo dejé estar.
Para entonces, además, la canción había terminado y entre nosotros, en el aire, flotaba otra pregunta: cómo continuaría el resto de la velada.
Retiré las manos de su cuello y miré el reloj. Ya eran las nueve y media.
—Puedo llevarte a casa.
Mis labios se abrieron para protestar, pero en el último momento decidí no hacerlo. Era más sensato marcharse ahora. Mañana me esperaba un largo día de entrenamiento.
—Sí, te lo agradecería.
Mientras dejábamos la pista de baile, sentí su mano en mi espalda un instante. Un gesto fugaz, quizá casual, que hizo vibrar todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.