18
El viernes por la tarde estaba plantada en mi vestidor con la nariz arrugada, de mal humor.
Aunque de las perchas colgaban vestidos de tenis de todos los colores del arcoíris, no había muchos que sirvieran para asistir a una fiesta.
Para ser exactos, solo había metido uno en la maleta y me lo había puesto para ir a la barbacoa de los Greenfield.
Probablemente tuviese que recurrir a un pantalón corto y una camiseta.
Llamaron a la puerta y asomé la cabeza antes de responder:
—Pasa.
Kay abrió y entró en la habitación. Llevaba un mono corto azul lavanda con un elástico en la cintura, y en el pelo le vi una flor de plumeria blanca que, de lejos, no supe si era de uno de los árboles de su jardín o de la sección de artículos para el cabello de una droguería.
—Solo quería despedirme. Gabe está al caer.
—Que te diviertas mucho en el... eh...
— Luau —me ayudó ella, y acto seguido vio la pinta que tenía y me miró con escepticismo: la toalla envuelta de cualquier manera alrededor del cuerpo, el pelo mojado pegado a los hombros—. ¿No querías ir hoy a esa fiesta?
—Sí. —Miré el reloj y farfullé—. Mierda, qué tarde es.
—¿Qué pasa?
—Que no tengo nada que ponerme —protesté.
—Normal.
Esperaba que me recordase que a fin de cuentas no había venido a Hawái para ir a fiestas, pero lo que dijo fue:
—Ven. —Me dio a entender con el dedo índice que la siguiera.
Fui tras ella por el pasillo, bajamos por la escalera y entramos en su habitación.
Era la primera vez que entraba en su dormitorio, cuyo estilo era como el del resto de la casa, depurado y con gusto.
Una gran cama de matrimonio con las sábanas bien estiradas y cojines decorativos de un gris azulado, una mesita de noche, una cómoda y un armario que ocupaba toda la pared.
Kay abrió la puerta corredera y echó mano con decisión de una percha de la que colgaba un vestido.
Era corto, verde pistacho y de una tela ligera y vaporosa.
Por lo que estaba viendo, los tirantes se ataban detrás del cuello.
—Hala, es superbonito.
—Pruébatelo.
—¿Crees que me quedará bien?
Asintió con seguridad.
—Debemos de tener más o menos la misma talla. —Me ofreció la percha y me fijé en que aún tenía la etiqueta.
—Pero si es nuevo.
—No me lo he puesto, pero nuevo no es. Lleva años en el armario.
No sé en qué estaba pensando, porque para mí es demasiado corto.
—Se encogió de hombros—. Seguro que a ti te queda estupendo.
Podrías ponerte las sandalias metalizadas.
O las zapatillas de deporte, si quieres darle un aire más casual .
Puse los ojos en blanco con escepticismo.
—Pero si estabas en contra de que fuese a esa fiesta. ¿Por qué me ayudas ahora?
—No estaba en contra —recalcó—. Es solo que Griffin Chipman no me parece la mejor compañía, pero ya eres mayorcita para hacerte una idea tú sola. —Movió la percha—. Bueno, ¿qué me dices?
Cogí el vestido, risueña. Volví a mi habitación a probármelo y me miré en el espejo.
Me sentaba como un guante y era ligero y cómodo.
En comparación con los vestidos que me solía poner, ciertamente era un poco más corto, pero me gustaban mis piernas: eran largas (buena genética) y atléticas (trabajo duro).
Lo único que me rechinaba un pelín era la marca del moreno en los tobillos.
Como casi siempre iba con calzado de deporte, tenía los pies bastante más blancos que el resto de las piernas.
Pero eso era algo que se podía resolver con unas zapatillas.
—¿Y bien? —me preguntó Kay desde el pasillo.
Sonreí satisfecha a la imagen que me devolvía el espejo.
—Es perfecto.
Secarme el pelo con el secador fue una auténtica pérdida de tiempo.
Aparte de que se me encrespó en el acto con la humedad del aire, mientras recorría el breve trayecto que me separaba de la casa de los Greenfield se me empezó a acumular un fastidioso sudor en la nuca.
El hecho de que ya llegara tarde y tuviese que darme prisa no fue de gran ayuda, que se diga.
Con las zapatillas en la mano, subí la escalera que conducía hasta la terraza y a punto estuve de chocarme con Vince, que estaba arrodillado en el suelo, clavando una tabla suelta.
—¡Cuidado!
Me frenó a duras penas con la mano que tenía libre, la apoyó en mi rodilla y la dejó ahí durante una décima de segundo. Hasta que la apartó y movió los dedos como si se hubiese quemado. En vista del calor que desprendía mi cuerpo, quizá hasta fuera eso.
—Perdona —se disculpó, y clavó la vista en el martillo que sostenía.
Abrumada por ese roce mínimo —cuyo efecto había sido máximo—, di un paso minúsculo hacia atrás.
Fue poco más que un leve desplazamiento del peso del cuerpo, pero, sin querer, hice que me mirara.
Sus ojos recorrieron mi vestido, se detuvieron en mis hombros desnudos antes de que nuestra mirada se cruzase y él...
tragara saliva. La segunda ola de calor me arrolló el cuerpo y recé para que no se diera cuenta, pero se me erizó la piel de los brazos de tal forma que era imposible no verlo.
Y más aún el desbocado palpitar de la vena de mi cuello.
—¿Has venido a ver a Laurie?
Durante un instante me distrajo lo rasposa y grave que sonaba su voz. Puede que debido a ello su pregunta me extrañara con retraso.
—Sí. Vamos a la fiesta de Chip.
Frunció la frente.
—¿Es que no te lo ha dicho?
Lo miré sin entender lo que quería decir.
—Se ha ido a tumbar un rato. No se encuentra bien. Migraña o algo por el estilo.
—Oh.
Me miró extrañado.
—Qué raro que no te haya mandado un mensaje.
—Pues...
Me asaltó un mal presentimiento. Saqué el teléfono del bolso y, en efecto, vi en la pantalla que tenía un mensaje de Laurie. Me había escrito hacía aproximadamente una hora, más o menos cuando Kay había ido a mi habitación.
Lo siento mucho, pero no voy a poder ir a la fiesta. Me va a bajar la regla y me duele la cabeza.
—Sí que me lo ha mandado —respondí, y lancé un suspiro—. Solo que no miré el móvil.
—Lo siento —oí que me decía Vince.
—No tienes por qué sentirlo. —Me encogí de hombros—. La culpa es mía.
—Aun así, es un fastidio. Da la impresión de que te has pasado un buen rato delante del espejo.
Le dirigí una mirada fulminante y arqueé la ceja derecha.
—¿Es un insulto o un cumplido?
—Emmm... una... observación.
A sus labios afloró una sonrisa, y decidí dejárselo pasar.
—Bueno, pues... creo que me vuelvo a casa —dije, un poco desilusionada: ya me veía en pijama en el sofá de Kay.
A mí misma me sorprendió, pero en cierto modo tenía ganas de ir a esa fiesta. Y me gustaba el vestido, cómo me quedaba, cómo me sentía con él.
—También puedes ir conmigo.
Lo miré como si no hubiera oído bien.
—O sea, que si quieres te llevo. De todas formas pensaba salir en breve.
Vi el pantalón de trabajo que llevaba puesto. El martillo en la mano. No tenía mucha pinta de que fuese a ir hoy a ninguna parte. Y Laurie había dicho que no era muy de fiestas.
—Solo tengo que darme una ducha rápida.
Seguía tan sorprendida que solo fui capaz de quedarme mirándolo como una tonta.
—Cuando conduzco, no bebo. —Añadió—: Por si es lo que te preocupa.
—No, es... —vacilé, pero decidí ser sincera—. Bueno, es que sobre todo iba a ir a la fiesta por Laurie. Allí no conozco a nadie y...
—Me conoces a mí.
Sentí que me clavaba la mirada.
—Ya... pero imagino que no querrás tenerme pegada a ti como una lapa todo el tiempo —disimulé mi desconcierto con una sonrisa.
—No lo harás. En esa fiesta habrá un montón de gente que seguro que te caerá mejor que yo. —Sonrió, y me costó Dios y ayuda pronunciar las siguientes palabras.
—Gracias, pero creo que me quedo...
—Si no te convence, te traigo a casa.
Le di otra vuelta. Estaba confusa.
—¿Por qué?
—¿Por qué?
—¿Por qué... me ofreces esto?
Se encogió de hombros con la mayor tranquilidad del mundo.
—Porque sería una pena que hubieses pasado tanto tiempo delante del espejo para nada. —Su semblante permaneció serio dos segundos, y yo puse los ojos en blanco.
—Tú decides: venir conmigo o quedarte. Como prefieras.
Su sonrisa relajada me dijo que era sincero. Y, pese a ello, creí percibir cierto desafío en su voz. Casi como si quisiera decirme: «¿Te atreves?».
—¿No voy demasiado arreglada? —le pregunté a Vince mientras íbamos por la carretera de la costa hacia Hale’iwa.
Ya me había hecho esa pregunta cuando, después de ducharse, él bajó por la escalera con un pantalón corto de algodón y una camiseta y delante de mí se puso unas Reebok machacadas.
—A una fiesta de Chip puedes ir hasta en pijama. No le importará a nadie.
Genial. Lo que probablemente significase que iba demasiado arreglada.
Me removí en el asiento, nerviosa. Vince puso el intermitente y giró a la izquierda, alejándose del océano para dirigirse al interior.
Enfilamos un camino de gravilla que serpenteaba por campos ajedrezados.
Solo de vez en cuando aparecía alguna casa junto al camino; la mayoría eran sencillas construcciones planas con pérgolas bajo las que había todoterrenos y motos.
A través de las ventanas iluminadas vi a mujeres y hombres en sus cocinas, familias que ponían la mesa y niños que correteaban alrededor.
El que se me ofrecía aquí era otro Hawái, más cotidiano.
—¿Chip no vive junto al mar?
—No. —Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios—. Las personas normales y corrientes no se pueden permitir eso aquí.
Durante un desagradable momento sentí que era una ingenua. En nuestras conversaciones, Gabe había mencionado una y otra vez lo cara que era la vida en Hawái, pero yo pasaba demasiado tiempo en la pista de tenis como para darme cuenta.
—Ahora casi todas las casas que están en la playa son de gente superrica —aclaró con un tono un tanto mordaz—. O pertenecen a inmobiliarias que las alquilan a los superricos —resopló—. No te imaginas lo que nos han ofrecido por el Ohana.
—¿Os lo habéis planteado? ¿Venderlo?
—Bueno, al principio Laurie y yo lo pensamos.
No sabíamos muy bien qué hacer con la casa.
A fin de cuentas, cada uno tenía su vida, y Laurie está en la universidad.
—Carraspeó—. Pero sentimos que no era lo correcto.
Sería como traicionar a Jim. Le cabreaba que los ricos quisieran la playa para ellos solos, que levantaran una vivienda de lujo tras otra y se cargaran el Hawái original.
Tragué saliva, ya que no pude evitar pensar en que la villa de Kay respondía a ese perfil.
—Justo eso es lo que habría pasado si nosotros lo hubiésemos vendido. Habrían derribado el Ohana y un magnate del petróleo texano habría construido allí su segunda residencia.
Se me pasó por la cabeza toda una serie de preguntas, pero no pude formular ninguna, ya que habíamos llegado a nuestro destino.
O al menos di por sentado que nos habíamos detenido delante de la casa de Chip.
Los numerosos coches y motos que había por todas partes así lo indicaban también, al igual que las tablas de surf que se distinguían contra la barandilla del porche.
La casa era muy distinta de lo que yo me imaginaba.
Una sencilla construcción de madera amarilla sobre pilares con un porche que daba toda la vuelta y circundada casi por completo por palmeras y plantas.
A su espalda se alzaba una cadena montañosa cuyos riscos cubiertos de densa vegetación parecían un telón de terciopelo verde.
No me esperaba que Chip viviera en un lugar tan apartado, rodeado de naturaleza en estado puro.
Aunque no lo conocía bien, me daba la impresión de que era alguien que agradecía la compañía y necesitaba tener gente alrededor a todas horas.
Me desabroché el cinturón y me bajé del coche.
Allí arriba refrescaba más, lo cual no debería haberme extrañado.
A fin de cuentas, habíamos subido bastante.
Y también se respiraba un olor distinto al de la orilla del mar, a tierra y hierba mojadas.
La puerta estaba abierta de par en par, salía música: reggae hawaiano, como sabía a esas alturas, unos sonidos que se metían no solo en la sangre, sino también en las caderas.
—Por ahí —decidió Vince justo cuando iba a andar hacia la puerta.
Me encogí de hombros y lo seguí, rodeando la casa.
Oímos murmullos y risas cuando nos dirigimos hacia el jardín, que resultó ser un espacio agreste.
Aparte de árboles y arbustos, no estaba vallado.
Un chico con gafas de sol estaba repantingado en una hamaca tendida entre dos palmeras y de un árbol colgaba un bonito columpio de madera.
Había gente tirada en la hierba y también en corrillos en el porche.
Posiblemente habría más aún dentro de la casa, así que calculé unos veinte o veinticinco invitados.
Me asusté al comprobar que, en efecto, iba demasiado arreglada.
Casi todo el mundo parecía haber venido directo de la playa, iba en biquini o bañador de surf.
Me puse a tirarme del bajo del vestido cuando Chip apareció en el porche.
Iba descalzo y llevaba un pantalón corto con estampado paisley y una camiseta holgada.
El pelo se lo había recogido una vez más en un moño alto y la barba de tres días hoy era más bien de siete.
—Hombre, pero ¿qué haces tú aquí? —saludó a Vince, y levantó la mano para que se la chocara—. Creía que...
—He cambiado de opinión —farfulló Vince.
Arrugué el entrecejo. ¿No había dicho que de todas formas iba a venir a la fiesta? Antes de que pudiera reaccionar, Chip me miró.
— Aloha! —exclamó sonriente—. Contigo contaba aún menos que con él.
—Laurie también quería venir, pero no se encuentra bien —aclaré cuando la mirada curiosa de Chip pasó de Vince a mí y nuevamente a él.
—Pues bienvenidos a mi humilde morada. —Hizo un gesto a modo de invitación—. Como si estuvierais en vuestra casa.