17
Kay y yo acabábamos de terminar la sesión de entreno cuando vimos que Gabe venía hacia nosotras desde el aparcamiento. Apareció en la valla con una bolsa de papel de la que asomaba un gigantesco granizado hawaiano.
—Imagino que no lo había más colorido —se burló Kay, que fue hasta la red a recoger una pelota.
—El arcoíris es el mejor —respondió, y se metió la cucharilla de madera en la boca con fruición.
—Pero llegas antes de tiempo —comenté tras echar una ojeada al reloj—. Quería ir un rato al gimnasio.
—No pasa nada. Estaré entretenido con esto. —Levantó el vaso—. Tenía que llevarle el cerdo a Sunny, no me merecía la pena volver a Hale’iwa.
—¿El cerdo? —pregunté justo cuando Kay inquiría:
—¿Va a volver a hacer un luau ?
Gabe hizo un gesto afirmativo y me aclaró:
—Mi primo Sunny tiene un bed and breakfast y una vez al mes invita a huéspedes, amigos y familiares a un luau que hace en el jardín. Es una especie de fiesta tradicional hawaiana.
—Una comilona, para ser exactos —apuntó Kay, pero Gabe no pareció tomárselo a mal, sino que se rio y asintió a modo de confirmación.
—La comida es muy importante, sí. Pero también hay música. Cantamos, bailamos, bebemos...
—La verdad es que es increíble —aseguró Kay.
—Deberías venir —sugirió espontáneamente Gabe. Acto seguido miró a Kay—. Deberíais venir. A Sunny le haría mucha ilusión volver a verte.
—¿Tú ya has estado? —pregunté, sorprendida, a Kay.
—Solo fui una vez. —Los ojos se le iluminaron antes de que su expresión se volviera hermética—. Pero de eso hace siglos.
—Dos años —precisó Gabe mientras la miraba.
Ella clavó la vista en él, y yo vi muchas emociones contradictorias, pero sobre todo una: melancolía. Le cubría los ojos como si fuese un velo.
—Y ¿es hoy? —pregunté cuando el silencio se hizo incómodo.
Gabe negó con la cabeza de un modo apenas perceptible.
—Mañana, pero el cerdo hay que meterlo hoy en el horno que se excava en la tierra para cocinarlo.
Arrugué la nariz y dije, muy a mi pesar:
—Le he prometido a Laurie que iría con ella mañana a una fiesta.
Kay arqueó las cejas.
—¿A una fiesta?
—Nos ha invitado Chip. —Y añadí—: Griffin Chipman.
Por segunda vez en tan poco tiempo se hizo un silencio extraño, y me percaté de lo tenso que se ponía de pronto Gabe.
—¿De qué lo conoces? —preguntó Kay con expresión reservada.
—Coincidimos el año pasado en los Premios Laureus y lo volví a ver aquí por casualidad. No sabía que vivía en O’ahu.
El silencio nos envolvió de nuevo, pero esta vez duró como mucho dos segundos, porque uno de los entrenadores de Kay —no recordaba su nombre— vino corriendo hacia nosotros.
—Nainoa se acaba de torcer un pie de la manera más tonta. ¿Te importaría echarle un vistazo al tobillo, Gabe?
—Claro que no —musitó él.
—He pedido al resto que fuera a por bolsas de gel frío —continuó el entrenador—, pero al verte aquí pensé que no estaría de más que un experto le echara una ojeada.
Gabe afirmó con la cabeza.
—Claro, sin problema.
El entrenador señaló vagamente una de las canchas del fondo y se puso en movimiento. Gabe le dio a Kay el vaso de granizado y se fue con él. Yo me quedé mirándolos con cara de preocupación.
—Espero que no sea nada grave.
—Mmm —musitó con aire pensativo.
Sin embargo, algo me dijo que no era el tobillo de Nainoa lo que le preocupaba.
—Oye... hace un segundo, ¿he... dicho algo que no debía?
Kay tardó un tanto en contestar, y cuando respondió percibí cierta cautela en su voz.
—Griffin Chipman es... un tema delicado para Gabe.
—¿Por lo de Millie?
Pareció sorprendida un instante, y en el último momento me callé que me lo había contado Vince.
—También, pero sobre todo por lo de Keiko.
—Creía que eran amigos.
—Y lo eran. Keiko también era el que conducía la moto de agua de Chip. El que siempre lo llevaba hasta esas olas monstruosas.
Me asaltó un mal presentimiento.
—Y eso le costó la vida —terminó.
—¿No fue un accidente mientras hacía surf? —inquirí, sorprendida.
—Keiko salió al mar con Chip, a pesar de que había un aviso de temporal —resopló—. Pero, claro, para alguien como Griffin Chipman, eso da igual.
Me pregunté si esas palabras eran suyas o de Gabe.
—No lo sabía —musité.
—Cómo lo ibas a saber. —Kay me dirigió una mirada de ánimo—. Y seguro que Gabe no se lo toma a mal.
—¿Significa eso que culpa a Chip de la muerte de su hijo?
Kay ladeó la cabeza con aire vacilante.
—No sé si lo culpa, pero lo cierto es que Keiko no habría salido al mar ese día si Chip no le hubiese pedido que lo hiciera.
Bajé la vista.
—Seguro que la idea también atormenta a Chip.
—Si es así, se esfuerza mucho por disimularlo.
La miré con cara de interrogación.
—A ver, aquí, en la isla, Griffin Chipman es famoso exactamente por dos cosas: sus récords... y sus fiestas. —Algo la distrajo—. Ahí viene Gabe. Gracias a Dios, seguro que entonces no es nada grave.
No se equivocaba: Nainoa ya podía volver a apoyar el pie, como supimos poco después por Gabe. La tensión de su rostro se había esfumado. Como si no hubiera pasado nada, le cogió el vaso a Kay y se terminó el poco granizado que aún no se había derretido.
A mí me costó algo más seguir con la jornada.
Aún estuve horas dándole vueltas a lo que acababa de averiguar de Chip: mientras hacía press de pecho, mientras Gabe me masajeaba, mientras estaba bajo la ducha y mientras bajaba a la playa y veía a los surfistas.
Se me erizaba la piel cada vez que me imaginaba lo que se sentiría al estar involucrado en la muerte de tu mejor amigo.
El sentimiento de culpa que tendría Chip, con o sin razón.
Seguro que, pese al aviso de temporal, no había tomado él solo la decisión de salir a hacer surf.
Y posiblemente Keiko tuviese la suficiente experiencia como para poder calcular el riesgo que corría.
Pese a ello, lo había pagado con la vida.
—¿Buscas a alguien? —oí que me preguntaba una familiar voz de hombre detrás de mí.
Me volví en redondo. A unos metros, Vince estaba arrodillado en la arena, frotando la tabla de surf con un taco blanco.
Llevaba un bañador colorido que no le había visto nunca.
Quizá por eso tardara unos segundos en darme cuenta de que me acababa de hacer la misma pregunta que me había hecho en mi sueño.
—No, solo... —«Solo quería nadar un poco», estuve a punto de decir, pero me resistí a ese evidente déjà-vu —. Solo estaba viendo a los surfistas.
—¿Vienes de entrenar?
El Vince de mi sueño también había formulado casi esa misma pregunta, razón por la cual me quedé mirándolo como un pasmarote antes de asentir.
—¿Y tú qué has hecho hoy?
La pregunta me salió tan atropellada que me pareció lamentable, como hablar del tiempo. Por otro lado, hablar del tiempo quizá no fuese la peor forma de proceder cuando delante estaba el chico con el que tenía sueños eróticos.
—Pintar. —Me enseñó el dorso de las manos, en el que tenía manchas de pintura.
—Guay. —«¡¿Guay?! Por favor, Louisa»—. ¿Es eso cera? —añadí, más bien por necesidad, mientras señalaba el taco que Vince deslizaba por la tabla con movimientos regulares.
—Sí, para tener más agarre.
—Ah.
—¿Has hecho surf alguna vez?
Negué con la cabeza.
Miró de soslayo su tabla.
—¿Quieres... probar?
—No —repuse con demasiada aspereza, y él pareció descolocado, por lo que me apresuré a añadir—: Es demasiado peligroso.
—¿Demasiado peligroso?
—El riesgo de lesión es demasiado elevado. Para mí.
Arrugó la frente.
—En realidad, el surf es un deporte relativamente poco lesivo. Uno se puede hacer algún corte o...
—Morir.
Se me escapó antes de que pudiera impedirlo, y Vince me miró con cara de asombro.
—Perdona. No quería... Estoy un poco... —En lugar de terminar la frase, clavé la vista en la arena.
—¿Ha pasado algo?
Levanté la cabeza. Sus ojos tenían una expresión muy suave.
—No, en realidad no. Es solo que hoy me he enterado de lo que le pasó a Keiko. Que murió en un accidente.
—Pensaba que ya lo sabías.
—Lo sabía, sí, pero no que Chip... —me interrumpí y me paré a pensar cómo decirlo— estaba con él.
—Los surfistas de olas gigantes nunca salen solos. —Miró al océano—. Keiko era el que remolcaba a Chip.
Asentí, aunque tampoco es que lo entendiese del todo. Kay había dicho que conducía su moto de agua, pero esa posiblemente no fuese la forma oficial de llamarlo.
—Lo llevaba con la moto de agua hasta las olas gigantes —explicó Vince mientras me miraba—. Y sabía el peligro que eso suponía.
¿Quería decir Vince con eso que Chip no tenía la culpa? ¿Que había sido decisión de Keiko acompañar a Chip ese día? Entre nosotros se hizo el silencio.
—Pero no tienes nada que temer. Las olas que surfea Chip no las hay aquí, en Sunset Beach. —Me dirigió una mirada de ánimo y se centró de nuevo en su tabla.