This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 16
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Después de mis dos primeras semanas en Hawái mi juego de piernas había mejorado considerablemente.

Me colocaba de manera distinta para recibir la pelota y la golpeaba antes y con mayor precisión.

Iba recuperando cada vez más mi seguridad en los golpes desde la línea de fondo y el entrenamiento intensivo de saques estaba dando resultados.

Poco a poco la velocidad de mi servicio se asemejaba a la de mis mejores marcas y cada vez era más variado.

—Me alegro de que estés haciendo tantos progresos —afirmó mi madre durante nuestra llamada semanal por Zoom. En el último minuto, mi padre había dicho que no se podría unir a nosotras porque su vuelo iba con retraso—. Sabía que el cambio de aires te sentaría bien.

—Sí, creo que venir fue una buena decisión. —Con mi MacBook en el regazo, me apoyé en el cabecero de la cama y me puse cómoda.

—Kay ha mencionado que incluso has hecho amigos.

—¿Eso te ha dicho? —repuse, sorprendida.

—Bueno, cuando hablamos por teléfono por lo menos me dijo que fuiste a ver una película a casa de una chica.

—Laurie, sí. Vive al lado. Ha venido a pasar el verano y está ayudando a su hermano con la reforma de su casa.

Observé su reacción al mentar a Vince, pero no me dio la impresión de que su expresión cambiase.

Mi madre no era buena actriz, por lo que deduje que Kay no le había hablado de él.

Por una parte, sentí alivio —seguro que mi madre me habría hecho mil preguntas curiosas—; por otra, me extrañó.

Pero quizá eso también significase que Kay se había dado cuenta de que Vince no tenía segundas intenciones conmigo.

Hacía ya cuatro días desde que me había acompañado a casa, y durante ese tiempo no los había visto ni a Laurie ni a él, más que nada porque yo había estado entrenando sin descanso y por la noche caía muerta en la cama.

Laurie y yo nos habíamos mandado algún mensaje.

Me había preguntado cómo iba el entrenamiento y me había propuesto que volviéramos a hacer algo.

Además, me había enviado un selfi en el que se la veía pintando el marco de las ventanas y que, sin pretenderlo, me había dejado sin aliento durante un momento.

Literalmente. Porque al fondo estaba Vince, subido a una escalera y manejando un martillo sin camiseta.

—Me parece estupendo. Es bueno que también desconectes un poco.

Quizá incluso puedas explorar algún rincón de la isla con Laurie.

En su día tu padre y yo fuimos a ese rancho en el que se ruedan tantas películas de Hollywood.

—Frunció el ceño—. Ahora mismo no recuerdo el nombre, pero seguro que Kay lo sabe.

Deberías ir. Y también hay una cascada. —Miró hacia un lado—.

Waima... lea o algo por el estilo. Puedes subir arriba y bañarte. Y también podríais...

—Mamá —la interrumpí con un tono enervado, pero no de malas maneras—. No he venido aquí de vacaciones.

—Ya sé que no, pero sería una verdadera lástima que pasaras seis semanas en Hawái y no vieras nada aparte de la casa y la escuela de tenis de Kay.

—Voy todas las mañanas a correr por la playa. Y me he metido una vez en el agua.

Dos veces, contando con mi bochornoso sueño.

—Si fuese tú, me bañaría todos los días.

—Me baño en la piscina de Kay. ¿Eso cuenta?

Puso los ojos en blanco con una sonrisa.

Bromeamos un poco sobre el tema, hablamos de una serie que estábamos viendo las dos, de la ola de calor que estaba azotando a Alemania en ese momento y de la invitación a participar en un concurso de preguntas y respuestas con famosos en la ARD que mi madre había rechazado.

—Por cierto, Helena me ha dicho que todavía no has contestado al correo electrónico que te envió. No te quiere presionar, pero tiene que dar una respuesta.

Hice memoria.

—La entrevista de Stern —me echó un cable mi madre.

—Mierda. Se me pasó. —Reprimí un bostezo—. Lo recibí nada más aterrizar.

—Ya, eso pensé. ¿Quieres hacer la entrevista o prefieres que Helena diga que no?

Me paré a pensar.

—Solo después del US Open. Ahora mismo no tengo la cabeza para esas cosas. ¿Quieres que le escriba?

—Yo me encargo.

Mi «Gracias» lo ahogó un bostezo.

—Deberías irte a la cama.

—Sí, estoy bastante hecha polvo.

—En cuanto vuelva tu padre, hablamos los tres, ¿te parece?

Asentí.

—Genial.

Nos despedimos y, tras cerrar el portátil, me levanté de la cama.

Me puse el pijama, me cepillé los dientes y me apliqué una generosa cantidad de crema hidratante en la cara.

Como cada noche, tenía la piel tirante de tanto sol.

Me metí debajo de la sábana y estuve un rato mirando TikTok e Instagram.

Tenía cuenta en ambas plataformas, pero, como no tenía tiempo, no las llevaba yo.

De eso también se ocupaba Helena, que trabajaba desde hacía más de diez años para mi familia y se encargaba de lidiar con la prensa, los contratos publicitarios y nuestra presencia en las redes sociales.

Me llegó un mensaje de Laurie.

Chip nos ha invitado a su fiesta. El viernes. ¿Te apuntas?

No había terminado de leerlo cuando entró otro.

Dice que te diga que le habría gustado invitarte él, pero que sin número no hay invitación.

Reaccioné con una carita riendo, pero a pesar de ello escribí:

Lo siento, pero no puedo.

No tardó ni cinco segundos en llamarme y saludarme diciendo:

—¡Tienes que venir!

—Mientras preparo un torneo no voy a fiestas —expliqué, con todo el dolor de mi corazón.

—Pero a nuestra barbacoa fuiste.

—Porque sabía que me metería en la cama a mi hora.

—No tenemos por qué quedarnos hasta tarde.

—Seguro que no empezará antes de las nueve.

En la línea se oyó un ruidito.

—Le pregunto.

A juzgar por el sonido un tanto distorsionado, había puesto el altavoz.

—¿Está contigo? —me sorprendí.

—No, por desgracia —repuso, y lanzó un suspiro exagerado.

Puse los ojos en blanco mientras sonreía. Ya me había dado cuenta en la barbacoa de que Laurie estaba un poco colada por Chip. Posiblemente también por eso quisiera ir a toda costa a la fiesta.

—¿Tu hermano también va? —pregunté con la mayor naturalidad del mundo.

—No, no te preocupes. Él no es muy de fiestas.

Oí una vibración antes de que pudiera responder a lo que Laurie acababa de decir.

—A veeeer: Chip dice que podemos ir cuando queramos.

—¿Cuando queramos? —Fruncí el entrecejo.

—Supongo que empezará a media tarde.

—¿Qué clase de fiesta es esa?

—Una que parece hecha a tu medida —canturreó, complacida, Laurie.

Vacilé.

—Anda —suplicó—. Te prometo que te llevaremos a casa a tu hora.

—¿Quiénes?

—Tú y yo. O bueno, tú, porque yo no tengo carné de conducir.

—Y ¿tú cómo sabes que yo sí?

—¿No tienes?

—Sí —gruñí.

—¡Perfecto! —exclamó satisfecha, y fue como si la viese aplaudir—. Vince nos deja el coche, ya se lo he pe...

—Para, para, para —la interrumpí—. Todavía no he decidido si voy a ir.

—¿Hay alguna razón más por la que no puedas?

Me paré a pensar, pero no se me ocurrió ninguna.

—Está bien —accedí, suspirando—. Pero quiero estar en casa a las diez.