This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 37
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—¿Está dormida? —preguntó Vince cuando salí a la terraza.

Sentado junto al brasero, avivaba el fuego con un botellín de cerveza en la mano. Estaba pálido y tenía la mirada perdida.

—Sí —contesté en voz baja, y me senté a su lado.

Cuando llegamos a casa, ayudé a Laurie a ducharse y después me quedé un rato junto a su cama, escuchando su respiración acompasada.

—Estaba muerto de miedo por ella.

—Lo sé —musité, y me apoyé en su hombro.

—Si le hubiera pasado algo. Si... —No siguió hablando y echó la cabeza hacia atrás—. Mierda.

—Hey —busqué su mirada—. Todo ha salido bien, a Laurie no le ha pasado nada. Y a ti tampoco.

Ladeó ligeramente la cabeza.

—¿A mí?

Puse cara de asombro.

—A ti, sí. Casi me muero de la preocupación cuando estabas en el agua.

Durante un momento pareció sorprendido, y me pregunté por qué.

—Soy buen nadador.

—Y yo soy buena tenista, y a pesar de ello a veces fallo alguna pelota.

—Pues esta tarde no se te pasó ni una.

—No cambies de tema.

—¿De qué tema?

—De que te has librado por los pelos.

—No me he librado por los pelos. Yo no.

—Tú sí —insistí, fuera de mí.

Apreté los labios y noté que me miraba.

—¿Qué pasa? —me preguntó mientras las crepitantes llamas devoraban la leña.

—Tenía miedo por ti, Vince. Tenía miedo de que te ahogaras y no te volviera a ver. —Mi voz era bronca—. De que lo último que te dije fuese una chorrada sobre un biquini.

A sus labios afloró una sonrisilla.

—Ese fui yo.

—¿Qué?

—Que lo del biquini te lo dije yo a ti.

Tenía razón. Yo le había dicho otra cosa, pero ya no me acordaba.

—Y ¿qué te habría gustado decirme? —me preguntó con voz aterciopelada.

Nos miramos a los ojos. Y lo que vi en los suyos me llegó al alma: para él esto era algo más. Más de lo que debería ser. Más de lo que habíamos hablado. Y no le pasaba solo a él. La certeza caló en mí con toda su fuerza.

—Lou —musitó—. ¿Qué me habrías dicho?

Alargó la mano y me metió un mechón de pelo detrás de la oreja. Su aliento me acarició la mejilla cuando su rostro se acercó al mío. Lenta y cuidadosamente. Tragué saliva y me mordí el labio inferior.

—Estás nerviosa —observó.

—Sí, pero no sé por qué.

El corazón se me aceleró cuando Vince se acercó aún más. Tanto que la punta de nuestra nariz se rozó. Nos quedamos quietos, mientras entre nosotros la tensión iba en aumento.

—Yo sí.

Un segundo después me besó. Sus labios ahogaron mis jadeos y me vi impotente contra la intensidad del beso y los sentimientos, que me arrollaban por todas partes.

El cariño, el deseo, el miedo y el agobio me desbordaban, tenía la cabeza tan saturada que dejé que fuese mi corazón el que decidiera.

Y mi corazón sabía exactamente lo que quería desde mucho antes de que yo fuese consciente de ello.

Me senté a horcajadas sobre él y le rodeé el cuello con los brazos.

Le pasé los dedos por el pelo antes de buscar sus labios y besarlo profunda, ávidamente.

Palpó el borde inferior de mi camiseta y deslizó las manos por debajo del fino algodón.

Me acarició la espalda. La áspera yema de sus dedos sobre mi piel suave.

Me estremecí de la mejor manera posible.

Dejé que me abrazara con más fuerza aún, hasta que noté con suma claridad lo que me esperaba.

Estaba excitado, dispuesto. Y yo también.

Esa mera certeza bastó para que un alegre cosquilleo me recorriese el pubis.

Solo despegó sus labios de los míos para quitarme la camiseta, que tiró a un lado sin mirar.

Me desabrochó con facilidad el cierre de la parte de arriba del biquini y se deshizo de la prenda.

Me miró los pechos, firmes y delicados. Casi era insoportable que se parase a mirarlos en lugar de acariciarlos.

—Nada que no hayas visto antes —le recordé con cierta impaciencia.

—No es algo que suela pasarme —musitó, y, para mi sorpresa, no pareció que lo dijera por decir, sino más bien absorto, concentrado.

Como si me acariciase los pechos con los ojos.

Su dedo índice empezó a seguir la fina marca del moreno que me había dejado el biquini.

Bajó de la clavícula al pecho derecho, de ahí pasó al izquierdo y subió.

Un cosquilleo me estimuló la piel y catapultó mi deseo.

Empecé a moverme con impaciencia en su regazo, haciendo que Vince profiriese un gemido bronco.

Pese a ello, no se dejó apurar, comenzó a trazar el mismo recorrido con sus labios y me derretí de deseo.

—Vince —jadeé—. Me...

El resto de la frase la sofocó con un beso que fue todo menos delicado. Su lengua se abrió paso en mi boca con avidez. Nuestros dientes entrechocaron con fuerza. Prácticamente le arranqué la camiseta y la tiré hacia atrás sin miramientos. Más o menos en ese mismo instante, Vince exclamó:

—¡No!

Pero ya era demasiado tarde: la camiseta fue a parar al brasero y se prendió.

Con los ojos como platos, vi cómo el fuego devoraba la prenda.

Durante un segundo reinó un silencio inquietante.

Nuestras miradas coincidieron. Un segundo, dos.

Después estallamos en carcajadas hasta que se nos saltaron las lágrimas.

—Te compraré otra —prometí cuando logré calmarme un poco.

—Qué dices, si era supervieja.

—Pero, por lo visto, te gustaba ponértela.

—Para ir a la playa. De verdad que no es para tanto.

Me besó y, para mi sorpresa, conseguimos con facilidad pasar de las risas al romanticismo. Me levantó con suavidad, me tumbó boca arriba en el sofá y se inclinó sobre mí.

—Hola —musitó, y la mirada que me dedicó habría derretido la cera de una vela.

—Hola —repuse, temblorosa.

Empezó a darme besos por el torso desnudo. Por la clavícula, el escote, entre los pechos. Su boca fue bajando y el fino vello dorado de mi vientre se erizó. Me recorrió un escalofrío cuando se acercó a la cintura del pantalón corto.

—¿Quieres que vayamos dentro? —me preguntó en voz baja.

—Quiero que no pares.

Su expresión me dijo que la respuesta le gustaba.

Sin dejar de mirarme, me desabrochó el botón de los shorts vaqueros, bajó la cremallera y me los quitó junto con la braguita del biquini, que se fue con ellos sin querer.

Completamente desnuda delante de él, debajo de él, experimenté dos clases de calor distinto: uno se me extendió por el bajo vientre y otro subió a mis mejillas.

Pero el deseo que sentía era lo bastante intenso para imponerse a la vergüenza.

—Te toca.

Con un movimiento rápido se libró del bañador, y yo cogí aire mientras temblaba.

—Nada que no hayas visto antes —bromeó.

Sonreír me costó, y eso que tenía razón. Conocía el vello oscuro de su vientre y las marcas del moreno en las caderas, sabía cómo era cuando estaba excitado. Y, pese a todo, era distinto de los últimos días. Distinto de los momentos que habíamos pasado en su habitación.

—Oye —musitó, y buscó mis ojos—. No tenemos que...

—Es importante.

Me miró con cara de sorpresa y mi dedo índice nos señaló a mí y a él y otra vez a mí.

—Esto de aquí. Es importante.

Esbozó una pequeña sonrisa.

—Sí que lo es. —Y con un hilo de voz añadió—: Lo ha sido desde el principio.