This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 14
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Llegaba tarde y decidí ir por la playa, que era el camino más corto.

Con las sandalias en la mano, caminé por la arena caliente y subí la escalera que llevaba hasta la casa de los Greenfield.

Notaba en todo el cuerpo el día de entrenamiento y tenía unas ligeras agujetas en los muslos.

En los últimos escalones percibí un olor a pintura.

Una parte de la terraza estaba cubierta con papel de periódico y encima había unas cuantas sillas de madera blancas, al parecer recién pintadas.

La puerta de la terraza estaba abierta. Di unos toques con los nudillos al cristal por educación y asomé la cabeza.

Alguien —Laurie— cantaba a pleno pulmón y desafinando Sign of the Times , de Harry Styles.

Me sacudí la arena de los pies con una sonrisa, me puse las sandalias y entré en la casa.

Mi sonrisa se ensanchó al ver que Laurie estaba en la cocina berreando con los ojos cerrados y absolutamente entregada al pepino que sostenía como si fuese un micrófono.

Cuando abrió los ojos y me vio, pegó un respingo, abochornada.

Tras el susto inicial, cogió la cuchara de palo de la encimera y me la ofreció.

Rehusé, negando con la cabeza, mientras Laurie acometía de nuevo la canción y lo daba todo al llegar al final.

Se llevó una mano al corazón y la otra la cerró en un puño.

No pude aguantarme más y rompí a reír a carcajadas.

—Impresionante —aseguré mientras aplaudía suavemente.

—No mientas: Vince dice que oírme cantar es pura tortura.

Hizo una mueca mientras todo mi ser reaccionaba al oír ese nombre. Sobre todo mi memoria. A mi cabeza acudieron imágenes. Yo y él. Él y yo. Piel desnuda. Agua. Caricias. Mi cuerpo respondió a los flashbacks con un escalofrío.

—La pizza no está aún. ¿Te apetece un té helado?

—¿Podría ser agua?

Ya que me iba a saltar a lo bestia la dieta con la pizza, al menos quería no descuidar la ingesta de líquidos.

—Claro. —Abrió la nevera y me ofreció una botellita de plástico—. Por cierto, la pizza es de masa integral y vegetariana. Y le he puesto muy poca mozzarella.

—Es todo un detalle —dije, emocionada—. Pero no era necesario.

—No pasa nada. Está igual de buena. Lo único es que quizá luego Vince se queje. Es un yonqui del queso.

—¿Va a cenar con nosotras?

—No, está en casa de Pili. Pero seguro que le queda algo.

Recordé a la chica guapa de pelo negro largo.

—¿Están saliendo? —inquirí antes de que me parara a pensar si de verdad me interesaba saberlo. Y cómo lo llevaría si la respuesta era afirmativa.

—No, por desgracia.

Solo fui consciente de que estaba conteniendo la respiración cuando exhalé.

—¿Por qué por desgracia?

—Porque sería perfecta para él. Está igual de loca por el surf, vive aquí al lado. Y además es muy maja e inteligente. —Laurie echó un vistazo al horno—. No sé por qué no cuaja la cosa —dijo, y se tapó la boca para esconder un bostezo.

—¿Has tenido un día largo?

—Vince y yo hemos lijado y pintado las sillas.

—¿Las que están en la terraza?

Asintió.

—Lo que hace una para que su hermanito esté contento.

—Estáis muy unidos, Vince y tú. —Era algo de lo que ya me había dado cuenta, pero era la primera vez que lo decía en voz alta.

—Solo nos tenemos el uno al otro. —Su voz se había teñido de tristeza, al igual que sus ojos—. Nuestros padres murieron hace unos años, cuando navegaban. Desde entonces... —No terminó la frase.

—Lo siento mucho.

—Sin Vince no lo habría superado. —Ahora tenía la mirada perdida—. Él lo estaba pasando igual de mal que yo, pero se tragó el dolor para ayudarme a mí a sobrellevar el mío.

—Me alegro de que lo tuvieras a él —aseveré, y lo decía de corazón. La idea de perder a mis padres y tener que pasar el duelo yo sola hizo que todo mi cuerpo se tensara.

—Sí, yo también. —Una pequeña sonrisa elevó las comisuras de su boca. Después se hizo el silencio unos segundos. Hasta que ella dio unas palmadas—. Bueno, y ¿qué te apetece? ¿Acción? ¿Terror? ¿Ciencia ficción?

El cambio de tema fue tan brusco que no fui capaz de seguirla del todo.

—¿Fantasía? ¿Comedia? Si hace falta, hasta puedes elegir una peli romántica.

—Pues... me vale todo.

—¿Has visto la última de Cole Jacobs? ¿La peli esa de caballeros andantes?

Asentí.

—La pusieron en el avión.

Se paró a pensar.

—La de Rio McQuoid dicen que es buena, y eso que ahora mismo no tengo muchas ganas de ver pelis románticas.

Me encogí de hombros.

—Como prefieras...

El pitido del horno me interrumpió.

Poco después estábamos sentadas en el sofá de la futura sala común, comiendo pizza y viendo a Rio McQuoid hacer su movimiento característico: pasarse un dedo por los labios. Sus bonitos labios.

—No hace mucho soñé que me lo montaba con él.

Me atraganté y empecé a toser. Laurie me dio unas palmadas en la espalda y me pasó la botella de agua.

—¿Ya estás bien? —me preguntó cuando me calmé.

Solo conseguí hacer un gesto de asentimiento.

—¿Lo decías en serio?

—¿Que soñé que me lo montaba con Rio McQuoid? Desde luego —dijo riendo—. Ahora mismo esa faceta de mi vida está un poco muerta, no sé si me entiendes.

—Sí.

—¿Tú estás igual?

—Pues... no estoy saliendo con nadie ni nada.

—Tampoco es que sea obligatorio —apuntó Laurie sonriente.

—Cierto. —Sonreí—. Pero para todo lo demás no tengo ocasión. Estoy fuera gran parte del año y paso la mayoría de las noches en habitaciones de hotel. Además, me voy a la cama pronto.

—Parece solitario.

—El tenis es un deporte solitario. Aunque tienes un equipo a tu alrededor, un entrenador, un fisio, un asesor, a la hora de la verdad estás sola. Juegas sola, unas veces ganas sola y otras veces pierdes sola. Y después también estás sola.

—¿Y las aplicaciones de citas? ¿Las has probado?

Arrugué la nariz.

—No es muy buena idea cuando los medios están pendientes de ti.

—Ya. —Se dio unos toquecitos en la frente—. Siempre se me olvida que eres famosa.

—Tanto como famosa...

—Griffin Chipman te reconoció nada más verte. —Subió y bajó las cejas.

—A una mujer que da un número falso posiblemente no se la olvida tan deprisa.

Nos echamos a reír.

—Creo que mi hermano también flipó bastante.

—¿Vince? —solté, como si Laurie tuviese tres hermanos más.

Asintió con una sonrisa.

—Te buscó en internet. Lo vi.

De pronto mi sueño volvía a estar muy presente.

—Yo también lo hice, por cierto —admitió con franqueza—. Qué fuerte que tus dos padres fueran estrellas del tenis. Y que se casaran. O sea, es como en las pelis.

—Creía que no te gustaban las pelis románticas —le tomé el pelo, y le di un mordisco a mi pizza.

—Bueno, esa la vería. Aunque solo sea porque tu padre era...

—No lo digas —la corté, y apreté los ojos.

—Tan buen jugador de tenis —terminó, risueña, la frase.

Puse los ojos en blanco. No cabía la menor duda de que mi padre era el David Beckham del mundo del tenis.

Rondaba ya los cincuenta y casi estaba mejor incluso que a los veinte, cuando un periódico sensacionalista británico lo bautizó como «el tenista más sexi del mundo».

Mi madre no dejó nunca de tomarle el pelo con ello.

—Hace unos años, Netflix les hizo una oferta para grabar una especie de serie documental sobre nosotros, pero la rechazaron para proteger su «vida privada» —conté, entrecomillando con los dedos las últimas palabras—. Creo que sobre todo les importaba la mía.

—¿Te hubiera gustado que se hiciera?

—No, no necesariamente. Es solo que es algo muy suyo. A veces son un poco padres helicóptero.

—¿Tienes hermanos?

—No.

—Entonces quizá sea por eso.

—Creo que es más bien porque su propia infancia estuvo marcada por los entrenamientos y la presión. Mis abuelos (por ambas partes) antepusieron el deporte a todo lo demás.

—Tuvo que ser duro para tus padres.

—Supongo que es la famosa otra cara de la moneda. —Me metí en la boca lo que me quedaba de pizza, que para entonces ya estaba fría. Y de la película hacía un buen rato que ya no me estaba enterando. Por lo menos no tenía ni idea de quién era la pelirroja que estaba en el regazo de Rio McQuoid.

Cuando los títulos de crédito se deslizaron por la pantalla eran casi las diez.

Laurie roncaba a mi lado en el sofá. Me planteé despertarla, pero decidí no hacerlo, me limité a apagar la tele y la tapé con una manta.

Con las sandalias en la mano, fui de puntillas a la puerta.

Casi había llegado hasta ella cuando oí que una llave entraba en la cerradura por el otro lado.

Acto seguido la puerta se abrió y vi delante a Vince. El de carne y hueso, no el de mi sueño.

—Hola —me saludó, sorprendido.

Llevaba su habitual combinación de camiseta, pantalón corto y chanclas, solo que hoy se había esmerado más con el pelo. ¿Por Pili? Hice a un lado el pensamiento y le respondí con el «hola» más relajado que fui capaz de pronunciar.

—¿Ya te vas a casa? A ver si lo adivino: Laurie está roncando en el sofá.

Sonreí.

—Como le estuvisteis dando a la brocha, estaba bastante hecha polvo.

—Créeme, también se habría quedado sobada si no le hubiese dado a la brocha —repuso con torno burlón, pero también cariñoso.

—Te hemos dejado un poco de pizza —dije en el silencio que se instaló a continuación—. Está en la nevera.

—Ya he cenado, pero gracias.

Volvió a hacerse el silencio.

—Eh... sí. Bueno... pues me marcho ya. —Le indiqué que quería pasar por delante de él, pero no se movió ni un centímetro.

—Te acompaño.

Abrí la boca para protestar, pero Vince se me adelantó.

—Pensaba que a estas alturas ya te habías enterado de cómo va esto. —Hizo un gesto con la mano—. Tú primero.

Vacilé, aunque tenía claro que no había nada que hacer.

—¿Qué tal lo habéis pasado? —me preguntó después de dar unos pasos juntos sin decir nada.

Una suave brisa me echó un mechón de pelo por la cara.

—Ha sido una tarde tranquila. Hemos comido pizza y hemos visto una película y media.

La de Rio McQuoid la dejamos a la mitad porque estábamos hablando demasiado como para poder seguir la trama.

—¿Cuáles?

—Primero Finales definitivos y después la última de Un lugar tranquilo .

Se paró y me miró.

—Ni siquiera yo querría irme solo a casa después de ver Un lugar tranquilo .

—Tampoco ha sido para tanto.

—¿En comparación con qué? ¿Con las de Expediente Warren ?

No pude evitar reírme.

—Chsss. Que nos pueden oír —susurró mientras me miraba exagerando la cara de miedo.

Ahora solté una carcajada.

—¿Qué tal te lo has pasado tú?

—Fui a cenar con Pili. A Hale’iwa.

—Donde vive Gabe —me vino a la cabeza.

—¿Gabe Preston?

—Pues... —Caí en la cuenta, abochornada, de que no sabía cómo se apellidaba Gabe.

—¿Alto, de pelo oscuro, con un aire a Jason Momoa?

—¡Sí! —exclamé, con excesiva euforia—. Se le parece un montón, ¿no?

—Un poco —contestó con una sonrisilla.

—Es mi fisio.

Su mirada bajó a mi pie.

—¿Te han vuelto a dar guerra los ligamentos?

Me sorprendió un tanto que se acordase.

—Más bien se trata de conseguir acelerar la regeneración. La fisioterapia después de entrenar hace que mis músculos sigan relajados y yo pueda continuar trabajando.

—No suena muy sano.

—Es completamente normal en el deporte profesional —objeté.

—Eso no hace que sea más sano —musitó con un hilo de voz, y casi no lo oí.

Decidí cambiar de tema.

—Gabe me contó que os conocéis desde hace tiempo. No es que estuviésemos hablando de ti —dejé claro—. Solo fue...

—No pasa nada —interrumpió mi verborrea y esbozó una sonrisilla—. Sé que es amigo de tu madrina.

—Ya. Vete tú a saber por qué.

Vince arqueó las cejas.

—Lo digo porque... no podrían ser más distintos: Gabe se lo toma todo con calma y con humor, y Kay... es una de las personas más disciplinadas del mundo.

—Los opuestos se atraen, ¿no?

—Sí, probablemente sea eso. —Y añadí—: Kay me contó lo de su hijo.

No sabía por qué había sacado el tema de pronto.

—Keiko.

—¿Lo conocías bien? —Recordaba que Gabe había mencionado que Vince y Laurie en su día jugaban con sus hijos.

—Bueno, todo lo bien que se puede conocer a alguien cuando lo ves una vez al año durante unas semanas. A veces surfeábamos juntos, cuando mi familia venía de vacaciones. Keiko, Chip, Millie y yo.

—¿Chip también?

—Era el mejor amigo de Keiko. Y salía con Millie.

Me quedé de piedra.

—Un momento. ¿Chip salía con... la hijastra de Gabe?

Vince asintió.

—Creo que durante unos cinco o seis años.

Dejé escapar un silbido de asombro.

—Bueno, no todo el mundo le da mal el número de teléfono. —Percibí su tono burlón.

—Es solo que jamás habría pensado que Chip es de los que tienen relaciones.

—En aquella época lo era.

—Mmm —repuse, con aire pensativo.

El sensor de movimiento se activó y, para mi sorpresa, sentí cierta desilusión.

—Gracias por acompañarme. —Me permití el comentario—: Aunque realmente no hacía falta.

—Laurie me cortaría la cabeza mañana si se enterase de que no te había acompañado.

—¿Alguna vez le..., o sea, alguna vez le pasó algo? —Ya había estado a punto de preguntárselo la última vez—. No es asunto mío —reculé al ver que no contestaba.

—Tuvo problemas con un tío que la seguía.

Enarqué las cejas.

—¿Un acosador?

—Un ex.

—Ostras.

—Prefiero que el resto te lo cuente ella.

—Claro. No pretendía... Es solo que me llamó la atención.

Guardamos silencio. Tendría que haberme ido. Tendría que haberse ido. Pero al parecer ninguno de los dos sentía la necesidad de hacerlo. Vi con el rabillo del ojo que en el cuarto de baño de Kay se encendía la luz. Por lo visto Vince también se percató y aprovechó para despedirse.

—Que descanses..., Lou.

Que después dijese mi nombre, con suavidad y dulzura, hizo que el corazón se me acelerase un milisegundo.

—Tú también.