This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 13
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Nunca había visto Sunset Beach tan desierta como ese día después de comer. Aunque el cielo estaba muy despejado y el sol caía a plomo sobre el océano azul turquesa, en la arena solo había un puñado de toallas. En el agua se veía a algunos surfistas, y me sorprendí buscando un bañador rojo coral.

—¿Buscas a alguien? —oí decir detrás de mí a una voz conocida.

Me giré y vi que Vince venía hacia mí con su tabla de surf. Al igual que por la mañana, llevaba el traje de neopreno, pero solo se había subido la cremallera hasta el pecho, lo que permitía ver parte de su piel bronceada.

—Eh... no. —El calor me subió a las mejillas—. Solo... Solo quería nadar un poco.

—¿Ya has terminado de entrenar por hoy?

Asentí.

—Y tú... —miré de reojo la tabla—, ¿todavía no te has cansado?

—No me canso nunca —contestó con una mirada pícara. Y una voz que no parecía la suya, más grave y bronca.

Todavía estaba pensando si lo habría dicho en doble sentido a propósito cuando me preguntó:

—¿Lo has hecho alguna vez?

—¡¿Qué?! —solté escandalizada mientras mi cuerpo reaccionaba de un modo completamente inapropiado ante su total descaro. Me cosquilleaba y palpitaba en sitios traicioneros.

—Si lo has hecho alguna vez —repitió Vince al tiempo que ladeaba la cabeza hacia la tabla de surf.

—¡Surf! —exclamé aliviada, y empecé a balbucir—. No. Todavía no. Nunca.

Por favor, qué vergüenza. Tierra, trágame.

—¿Quieres probar?

La expresión de sus ojos —oscura, opaca— de alguna manera no encajaba con la pregunta, pero sí encajaba con el curioso encuentro.

—No creo que sea capaz.

—Solo hay una forma de averiguarlo. —Fue hasta la orilla y yo me quedé mirándolo. Se detuvo y volvió la cabeza—. Venga, vamos.

Por algún motivo, mis piernas se pusieron en movimiento.

—Pero no tengo neopreno.

—No te hace falta —aseguró tranquilamente.

—¿Y las medusas?

—Aquí no hay medusas.

Confusa, me metí en el agua detrás de él hasta llegar a un punto en el que pequeñas olas rompían en un banco de arena natural.

Vince colocó la tabla en la posición adecuada y me indicó que me sentase en ella, cosa que hice con sorprendente facilidad.

Cuando, al afianzarme el invento al tobillo, Vince me tocó la piel, un escalofrío me recorrió el cuerpo, y crucé los brazos delante del pecho.

Vaya... él no era el único que estaba distinto.

—¿Y ahora?

—Ahora primero aprenderás a sentarte a esperar la ola adecuada —dijo risueño.

Solo que a partir de ese momento no llegó ninguna más. Lo cual era raro. Muy raro. El agua chapoteaba tranquila y apacible alrededor de mi rodilla mientras Vince, a mi lado, oteaba el océano con escepticismo.

—¿Desde cuándo haces surf?

Se paró a pensar.

—Desde la primera vez que vinimos de vacaciones a Hawái. Debía de tener... siete u ocho años. Me enseñó Jim. ¿Y tú? ¿Cuánto hace que juegas al tenis?

No tuve que pensármelo mucho, ya que era una pregunta que solían hacerme en las entrevistas.

—Empecé a los cuatro años.

—¿Te divertía?

—Claro —repuse, un tanto desconcertada—. De lo contrario no habría seguido haciéndolo.

—No creo que todos los deportistas de élite puedan decir lo mismo. Y menos teniendo unos padres tan famosos.

—Me has buscado en internet.

Lo había pillado, una sonrisa asomó a su rostro.

—Fui yo la que quiso ser profesional, no mis padres —dejé claro.

—Pero de no haberlos tenido como ejemplo, no habrías querido eso.

—Es posible. —Lo miré con curiosidad—. ¿Qué más cosas has averiguado de mí?

Vaciló.

—Venga, dime.

Se tomó su tiempo, quizá porque de verdad tenía que pararse a pensar, quizá porque le divertía tenerme esperando.

—Tu segundo nombre es Charlotte.

—Charlotte —lo corregí, pronunciando el nombre en alemán—. Me llamo así por mis dos abuelas. Louisa era la madre de mi padre y Charlotte es mi abuela de Múnich.

El agua golpeteaba contra la cara inferior de la tabla de surf mientras yo esperaba a que Vince continuase.

—Tu signo del horóscopo es virgo.

Arqueé las cejas, sorprendida.

—Yo también soy virgo, por eso me quedé con el dato. —Sonrió—. Eh... te gusta escuchar sobre todo música alemana. De no sé qué grupo de nombre impronunciable.

—AnnenMayKantereit.

Intentó repetirlo, pero fracasó estrepitosamente, lo que me hizo reír.

—Y cuando te ríes, la comisura izquierda de tu boca siempre sube un poco más que la derecha.

Me quedé perpleja.

—¿Eso has encontrado en Google?

—No —musitó, y me miró a los ojos.

Me mordí el labio inferior.

—Y cuando estás nerviosa, haces justo eso.

—¿Qué?

Vince levantó la mano y me puso el índice en el labio inferior. Acto seguido, lo pasó con delicadeza entre mis incisivos y mi labio.

—Esto. —Rocé su dedo con la punta de la lengua, y me supo a sal.

El movimiento hizo que de su boca saliese un sonido gutural, o quizá pronunció mi nombre; el zumbido en mis oídos era tal que no lo oí bien.

Vince empezó a bajar el dedo por mi labio inferior.

Por mi barbilla, mi cuello, mi escote. Se me erizó la piel, el corazón se me aceleró y sentí un cosquilleo en el estómago.

Noté que los pezones se me endurecían, luego un pellizco en el bajo vientre.

Me moví con impaciencia en la tabla, me sentía extrañamente limitada.

Mis piernas querían estar en otra parte, alrededor de sus caderas.

Vince les concedió el deseo y me levantó casi sin esfuerzo de la tabla.

Le eché los brazos al cuello y él me estrechó, me pegó a su cuerpo, caliente y excitado.

Sus manos me apretaron con fuerza el culo para acercarme más, para aumentar la fricción.

Él ladeó la cabeza y pensé que por fin iba a besarme; sin embargo, sus labios descendieron por mi cuello, mi clavícula, mis hombros.

Lancé un gemido, pronuncié su nombre. Me pegué más a él hasta que...

de repente sentí un dolor intenso en el gemelo.

—¡Ay! —me quejé, abrí los ojos y me incorporé en la camilla.

—Buenos días —dijo, risueño, Gabe.

Miré a mi alrededor, tambaleándome entre el sueño y la realidad. Desorientada, adormilada y... excitada. Sentía un palpitar traicionero entre las piernas. Las mejillas se me acaloraron cuando fui consciente de lo que había estado soñando. De con quién había estado soñando.

—Hoy te han dado bien, ¿eh?

Miré con cara de susto a Gabe, que seguía manipulando mi gemelo derecho.

—Os vi antes. La chica es muy buena.

Solo entonces caí en que estaba hablando de Malia.

—Sí —afirmé con voz rasposa.

Mi alivio dio paso a la vergüenza. Al deseo de darme una ducha con agua muy fría para quitarme de la cabeza esos pensamientos acalorados.

—Kay tuvo muy buen olfato.

—¿Qué quieres decir con eso?

Me tendí de nuevo en la camilla.

—Bueno, la vio jugar en una pista comunitaria en Honolulú y se ofreció a entrenarla. Gratis.

—No lo sabía. —Aunque Kay me había contado que creía que Malia tenía un gran talento, que valía la pena impulsar, no me había dicho que era ella quien costeaba ese impulso.

—Eso es algo que aquí —describió un movimiento circular con el índice— jamás se podrían permitir la mayoría de las familias hawaianas.

—Ladeó la cabeza hacia mi móvil, que estaba en la mesa—.

Por cierto, el teléfono te ha vibrado unas cuantas veces.

Puede que sea importante. —Gabe alargó la mano y me lo pasó.

Todos los mensajes eran de Laurie. Nos habíamos dado el teléfono en la barbacoa y desde entonces nos habíamos escrito un par de veces.

Oye, ¿te apetece venir luego a casa? ¿Hacemos tarde de chicas?

Después había un gif de dos mujeres con dos enormes copas de vino.

En la tuya, naturalmente, habrá té helado...

No pude evitar sonreír. Después leí el último mensaje.

No te preocupes, Vince no estará en casa.

Este mensaje había llegado apenas unos minutos después, como si Laurie hubiese atribuido el hecho de que yo no hubiese contestado al instante a la tensa relación que tenía con su hermano, que hacía poco era el protagonista de mis sueños.

—¿Va todo bien? —La voz de Gabe me sacó de mis pensamientos.

—Sí, sí, solo era Laurie.

Decidí contestar más tarde y dejé el teléfono a un lado.

—¿Laurie Greenfield?

Asentí.

—¿Os habéis hecho amigas?

—Pues... sí, más o menos. —Posiblemente pareciese tan extrañada como él—. Desde la barbacoa nos escribimos de vez en cuando.

—¿Fuiste?

—Sí. Por eso no estaba cuando Kay salió con su cita y tú te pasaste por casa.

—¿Kay tuvo una cita?

Intentó decirlo como si tal cosa, pero su voz se tiñó de recelo y durante un instante sus manos se detuvieron.

—Quedó con un viejo amigo.

—Un viejo amigo.

—Mmm —musité mientras observaba su reacción.

En cuestión de segundos su expresión volvió a ser relajada.

—¿Qué dijo? ¿Sobre que fueras a esa fiesta?

—Se lo conté al día siguiente. Y le pedí que retirara la denuncia que le había puesto a Vince. Y la retiró.

Sus cejas se enarcaron.

—Ya, a mí también me sorprendió un poco. Puede que incluso logre convencerla de que reconsidere su postura con respecto al hostal.

—Por lo visto tú ya has reconsiderado la tuya —observó con una sonrisilla. Al ver mi cara de interrogación, aclaró—: Bueno, la última vez daba la impresión de que tenías ganas de tumbar a Vince de un raquetazo y ahora...

«Ahora sueñas con él».

—Lo defiendes —terminó Gabe la frase.

—Defiendo que dejen de ponerse la zancadilla.

—Y ¿cómo te está yendo? —preguntó con voz burlona.

—No sabría decirte, pero creo que muchos problemas se solucionarían solos si los dos hablaran tranquilamente.

—Pues sí, es lo que pasa la mayoría de las veces —musitó, y me dio la sensación de que no hablaba de Kay y Vince.