This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 12
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A lo largo de los días que siguieron continué con mi programa de entrenamiento intensivo: saques, derechas y reveses, voleas, remates; saques, derechas y reveses, voleas, remates.

Y vuelta a empezar. Entrenaba las piernas saltando a la comba, hacía sentadillas con balones medicinales y desplazamientos laterales con bandas elásticas y de resistencia.

Fortalecía brazos, pecho y espalda con ejercicios en polea, levantaba pesas y hacía dominadas.

Entrenaba duro, a veces hasta el agotamiento.

Una vez incluso me quedé dormida en la camilla y no me desperté hasta que Gabe me manipuló las fascias de los gemelos.

Una mañana, mientras volvía de correr por la playa, me crucé con Vince.

Él acababa de salir del agua y llevaba la tabla de surf bajo el brazo.

Me vio justo cuando se estaba soltando el invento del tobillo y me saludó con la barbilla.

No contaba con que fuese a decir algo, así que seguí corriendo.

Sin embargo, de pronto me llamó. El corazón me dio un extraño vuelco.

Paré y volví la cabeza como si tuviese que asegurarme de que no había oído mal, y él aprovechó esos dos segundos de desconcierto para salvar la distancia que nos separaba.

Se detuvo a uno o dos metros de mí, apoyó la tabla en la arena y la sostuvo con una mano.

Por algún motivo solo entonces caí en la cuenta de que llevaba un traje de neopreno.

Negro, con un logo en el pecho que no conocía.

El neopreno se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y acentuaba cada músculo, dejando poco a la imaginación.

—Medusas.

Cogida por sorpresa, levanté la cabeza.

—El neopreno. —Se tiró del traje y le vi el tatuaje de la muñeca—. Después de la luna llena aquí hay medusas.

Estaba casi segura de que me estaba tomando el pelo, y entorné los ojos con desconfianza. Él se echó a reír.

—No es coña —aseguró, algo más serio, pero todavía con una sonrisilla—. Tiene que ver con la luz. Y con la reproducción.

Mis mejillas ya rojas se acaloraron aún más, y me felicité por sentir la vergüenza que esa palabra le provocaría a una niña de doce años.

—Por cierto —empezó, y se pasó la mano por el pelo mojado—, quería darte las gracias.

Lo miré extrañada. Era lo último que esperaba oír.

—Supongo que gracias a ti tu madrina ha quitado la denuncia.

Me quedé perpleja.

—¿Sí?

Afirmó con la cabeza.

—Vaya —dije, desconcertada, ya que Kay no había mencionado nada—. Me alegro. Me refiero a que... es un primer paso.

Vince ladeó la cabeza y se mostró reservado.

—Ya veremos.

Un silencio extraño se hizo entre nosotros. Bajé la vista y moví los dedos de los pies, me quité parte de la arena mojada.

—Bueno, pues... no te quiero entretener más.

«No me estás entreteniendo», me dieron ganas de decir, pero habría sido mentira. En menos de una hora tenía que estar en la pista de tenis. Saques, derechas y reveses, voleas, remates; saques, derechas y reveses, voleas, remates.

Levantó la mano.

—Nos vemos.

«¿Cuándo?», musitó una voz en mi cabeza. Confundida conmigo misma, respondí:

—Sí, nos vemos.

Con la tabla de surf debajo del brazo, dio media vuelta, y no pude evitar fijarme en su cuerpo.

La espalda formaba una V casi perfecta y terminaba en un muy buen trasero.

La constatación me resultó embarazosa en ese mismo instante.

Aparté la cara deprisa, me volví y continué corriendo hasta llegar a casa.