11
Kay estaba sentada en la terraza, tecleando en el móvil rápidamente, cuando volví de correr a la mañana siguiente. El sol todavía estaba oculto tras las nubes y en el aire titilaba un calor sofocante.
—Buenos días —saludé, y levanté los brazos por encima de la cabeza para estirarme.
—Buenos días. —Kay dejó a un lado el teléfono y me sonrió—. ¿Y? ¿Qué tal?
Durante un instante pensé que se refería al día anterior, pero entonces recordé que no sabía dónde había estado.
—Bien —contesté mientras me miraba el reloj inteligente.
Había corrido cuatro kilómetros y mis pulsaciones habían sido óptimas durante todo ese tiempo, excepto hacía unos diez minutos, constaté.
Me paré a pensar a qué se podía deber esa irregularidad y, cuando me di cuenta, las mejillas se me acaloraron.
Había pasado por delante de la casa de Vince y me había venido a la cabeza el encontronazo en su habitación. El paseo a casa juntos.
—¿Pasa algo? —la voz de Kay me arrancó de mis pensamientos.
—No, no, nada. —Dejé de mirar el reloj, me doblé sobre mí misma y me toqué la punta de los pies con los dedos. El estiramiento de los gemelos fue intenso, casi doloroso—. ¿Qué tal tu cita?
—No fue una cita.
—La cena con tu viejo amigo.
—Agradable.
—Agradable —repetí, con cachondeo indisimulado.
—Bueno, y tú, ¿qué hiciste?
Estaba claro que era una maniobra de distracción, pero le llevé la corriente. Al fin y al cabo, me había propuesto de todas formas hablar con Kay. Incluso había estado pensando en las palabras que emplearía. Ayer, en la cama; hoy, mientras corría.
—Estuve en la barbacoa. Al lado, en la casa de los Greenfield.
La expresión de Kay era indescifrable, oscilaba entre el desconcierto y la curiosidad.
—No me dijiste que nos habían invitado a las dos.
Pareció genuinamente sorprendida.
—No creí que te interesara. La última vez que viste a Vince Greenfield te acusó de ser mi caballo de Troya.
—Creo que se dio cuenta de que se había pasado de la raya.
—¿Tú crees?
—Bueno, al menos nos invitó a su barbacoa.
—Esa no es una disculpa.
—Pero sí un gesto de buena voluntad.
Vi una chispa en sus ojos que no supe interpretar y me pregunté si no me habría metido demasiado en el papel de defensora de Vince.
—¿Quién más estuvo? —quiso saber.
—Amigos de Vince.
—Vince.
El tono ligeramente burlón con el que pronunció el nombre me hizo sentir la necesidad de justificarme.
—No lo voy a llamar señor Greenfield; es poco mayor que yo.
—Aunque lo dije con una tranquilidad pasmosa, noté que las mejillas se me acaloraban—.
¿Es cosa tuya que no fuera ningún vecino?
—Kay no era de las que se andaban por las ramas, razón por la cual sabía que no le sentaría mal que yo fuese tan directa.
Entornó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Invitó a todo el vecindario, pero no fue nadie.
Resopló.
—Y ¿le extraña?
—Bueno, algunos dijeron que irían, pero luego no se presentaron. Y eso es un poco raro, ¿no?
—A mí no me parece nada raro. Igual no debería haber atormentado a los vecinos sin cesar con la sierra.
—Lijadora. —Hice un lunge profundo—. Se la habían prestado y tenía que terminar en pocos días.
Me escudriñó con la mirada.
—Que de pronto te muestres tan comprensiva con Vince ¿podría tener algo que ver con que es un chico bastante atractivo?
—¿Qué? ¡No! —Torcí el gesto—. No es...
Enarcó las cejas.
—Vale, sí lo es —musité, y me ruboricé—. Pero no se trata de eso. —Me tomé unos segundos para ordenar mis pensamientos—. Simplemente creo que vuestra guerra personal no beneficia a nadie.
Levantó las manos con un gesto inocente.
—No fui yo quien empezó.
Antes de que acabáramos debatiendo qué fue primero, si la gallina o el huevo, dije:
—Pero tampoco haces nada para ponerle fin.
—Le pondré fin de inmediato si se olvida del hostal.
Me obligué a no perder la calma y decidí cambiar de estrategia.
—¿Tú qué habrías hecho si alguien te hubiese puesto trabas cuando querías abrir la escuela de tenis?
—Por favor, Lou. Eso es algo completamente distinto.
—¿Por qué?
—Mi escuela ni está en una zona residencial ni mete ruido. Fue algo que tuve en cuenta cuando buscaba el sitio adecuado. Creo que no es reprochable esperar eso mismo en otros.
«Vale. Ahí tiene razón. ¿O no?».
—Tú pudiste elegir libremente el sitio; Vince heredó la casa.
—Y no tengo ningún problema con que viva en ella —aseveró, enfurecida—. O que trabaje. Puede hacer lo que le dé la gana: fabricar tablas de surf, abrir un estudio de tatuajes...
—¿Un estudio de tatuajes? —repetí sonriente.
—Lo que sea. Menos abrir un hostal.
—Es lo que era antes, ¿lo sabías?
—Era un pequeño bed and breakfast con dos habitaciones. Esto es otra cosa.
—Vale, me rindo. —Parecí más frustrada de lo que me sentía. Quizá por eso al rostro de Kay asomó algo parecido al pesar.
—Lou —dijo con suavidad—. No quiero discutir contigo, de verdad. Y menos por esta rencilla absurda que no tiene nada que ver con nosotras dos.
—Así que admites que es absurda.
Suspiró, pero con cierta jovialidad.
—Puedes ser igual de pelma que tu madre, ¿alguna vez te lo han dicho?
—Sí, mi padre. —Sonreí.
Bajé la vista. Al levantarla, vi un gesto conciliador en Kay.
—Reconozco que la cosa se me ha ido un poco de las manos. Era la tercera tarde seguida de ruido y estaba hasta las narices. Y me dolía la cabeza.
—Lo entiendo. A mí también me habría sacado de quicio. —Dejé que pasara un poco de tiempo y me atreví a intentar algo—: Podrías retirarla.
Casi me sorprendió que no rehusara en el acto. Lo que hizo fue mirar al frente mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa, absorta en sus pensamientos.
—Lo pensaré.
—¿En serio? —inquirí.
—En serio —repuso con una sonrisa.
—Gracias. —Me incliné hacia delante y le di un beso en la mejilla.
—He dicho que lo pensaré —advirtió con fingida desaprobación.
—Con eso me basta. —Sonriendo satisfecha, entré en casa para ducharme.
—Si tu regreso se queda en nada, siempre podrías hacer carrera de mediadora —me dijo.