This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 10
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Cuando bajó de nuevo, Vince llevaba una camisa de manga larga azul marino y un pantalón corto de algodón.

Desvié la mirada deprisa y fingí charlar animadamente con Laurie, que me hablaba de sus estudios de marketing en la Universidad de Denver.

Nuestro encuentro en la habitación de Vince me había resultado desagradable en más de un sentido: porque me había equivocado de habitación y le había montado una escena, porque no me había marchado cuando se había puesto a desvestirse, pero, sobre todo, porque lo que había dicho no era cierto.

No quería mantenerme al margen. No quería aceptar que mi madrina se portara como una tirana buscabroncas ni tampoco que Vince la culpase tanto.

Levanté la vista sin darme cuenta y nuestra mirada coincidió.

Se había vuelto a sentar junto al brasero, justo enfrente de mí.

Me siguió mirando durante uno o dos segundos y después cogió su guitarra.

Su mano subió por el mástil y descansó los dedos en las cuerdas.

—¡Halaaa! —exclamó encantada Pili cuando él empezó a tocar Home , de Edward Sharpe & The Magnetic Zeros.

Se puso a tararear y Milo silbó la melodía.

De ese modo la canción cobró más ritmo y se acercó más a la original.

Dio la impresión de que a Vince le gustaba.

A sus labios asomó una sonrisa que subió hasta sus ojos.

No lo había visto así de suelto y relajado en toda la velada.

Y la cara de Laurie me dijo que yo no era la única que había reparado en ello.

Miraba satisfecha a su hermano, que parecía cada vez más volcado en la canción, punteaba cada vez con más seguridad.

Pili se dejó contagiar y cantó lo poco que se sabía.

Lo que no, lo salvaba con una sonrisa, lo que arrancó risas alrededor del fuego.

Vince ladeó la cabeza hacia ella y le sonrió, y durante una décima de segundo volví a sentir el extraño deseo de caerle un poco mejor.

De caerle un poco menos mal. La idea fue tan desconcertante que la atribuí al ambiente.

Me eché hacia atrás y levanté la vista al cielo.

Millones de estrellas resplandecían sobre nosotros.

Más luminosas y claras que en casa, en Múnich.

—Debería irme —le dije a Laurie cuando dieron las diez. El fuego había quedado reducido a un puñado de brasas. Solo de vez en cuando se alzaban pequeñas llamas—. Mañana entreno todo el día y tengo que madrugar.

—Claro, lo entiendo. Es guay que hayas venido. Y... que te hayas quedado. —Sonrió, y me puse de pie—. Vince, ¿acompañas un momento a Louisa a casa?

—No, qué va —rehusé—. Solo son unos cien metros.

«Que no quiero recorrer al lado de Vince. No después del encontronazo en su habitación».

—Da lo mismo —insistió Laurie mientras miraba solo a su hermano.

Para mi desconcierto, él asintió y se levantó. Lo miré estupefacta, como si pudiera encontrar en su rostro la respuesta a la pregunta de por qué no se había negado. Por qué no había resoplado con desdén o había puesto los ojos en blanco molesto.

—¿Ya? —me preguntó.

—Eh... sí —grazné.

Me despedí de Laurie, Chip y los demás y les deseé que se lo pasaran bien.

—Oye, no tienes por qué hacer esto, de verdad —dije mientras entraba en la casa detrás de Vince.

Los ruidos se apagaron de golpe y a nuestro alrededor se formó un silencio envolvente que solo interrumpía el zumbido de la nevera.

—Lo sé, pero Laurie me lo ha pedido. —Siguió andando sin inmutarse.

—No tenemos por qué contárselo. Espera hasta que...

Frenó tan en seco que tropecé con él. Su espalda era tan dura como la expresión de su rostro cuando se volvió.

—Es importante para ella.

La mirada que me dirigió bastó para saber que la discusión había terminado en ese momento, y decidí aceptarlo. La casa de Kay no estaba ni a cinco minutos, los salvaríamos como buenamente pudiéramos.

—¿Es peligroso esto por la noche? —inquirí cuando salimos de la casa por la puerta delantera.

La luna arrojaba su luz plateada sobre el camino de acceso. Una brisa hacía susurrar las hojas de las palmeras, cuya silueta se recortaba en el cielo.

—No, qué va.

Bajé tras él el camino hasta la carretera, con el ceño fruncido. Iba deprisa, así que me costaba seguirle el ritmo. En parte porque sabía que en el asfalto había baches y temía por mi tobillo.

—¿Podemos ir un poco más despacio?

—Creía que en el tenis se corría.

—Sí. Por eso no me gustaría volver a romperme los ligamentos —repuse con aspereza.

El golpeteo de sus chanclas cesó. Esperó hasta que me uní a él.

—Gracias —refunfuñé.

Continuamos andando unos metros en silencio.

—¿Cómo te pasó?

La pregunta llegó tan de la nada que ladeé la cabeza, pero estaba demasiado oscuro para ver la expresión de su rostro.

—Me torcí el pie en un partido hace ya casi un año. Me rompí seis ligamentos y tuvieron que operarme.

Un «mmm» apenas audible salió de sus labios. No contaba con que fuese a decir algo más, pero me sorprendió de nuevo:

—Debió de ser duro.

—Sí —musité, y me sorprendió el escepticismo que podía transmitir una sola sílaba. Pero, en vista de que estábamos manteniendo una conversación sorprendentemente normal, mi escepticismo me pareció justificado—. Por eso llevo casi un año sin competir.

—Creo que me volvería loco si no pudiera surfear durante tanto tiempo.

—¿Eres... profesional? —Arrugué la nariz, ya que la pregunta me salió a trompicones.

—¿Como Chip? No. Solo es un hobby, junto con aterrorizar a los vecinos.

Su tono era de broma, y en mis labios se dibujó una sonrisa.

—Te olvidas de acusar a su sobrina de manipulación.

Creí percibir una sonrisilla. Para entonces ya habíamos llegado al portón de la propiedad de Kay. El sensor de movimiento activó la iluminación, y durante un momento tuve la sensación de que me apuntaban a la cara con una linterna.

—Deberías entrar antes de que vea que tienes trato con el enemigo.

Puse los ojos en blanco.

—No está en casa. Además, mañana le contaré adónde he ido.

—¿Le vas a preguntar si pidió a los vecinos que me boicotearan?

—Sí —contesté sin rodeos—, pero ya sé la respuesta. Algo así no es propio de ella.

—A diferencia de poner denuncias.

Se me escapó un suspiro al escuchar la pulla.

—Se le fue de las manos y se agobió, estoy segura.

Al ver que Vince iba a objetar —seguro que para decir que daba lo mismo—, añadí:

—Hablaré con ella. Puede que... consiga que retire la denuncia.

Puso cara de sorpresa.

—¿Por qué harías eso?

Durante un instante me pregunté si la pregunta no tendría que ser otra. No por qué yo haría tal cosa, sino por qué Kay haría algo así. En cualquier caso, la respuesta a esa pregunta me habría resultado un tanto más fácil.

—Porque tienes razón —admití—. No quiero mantenerme al margen. —Me encogí de hombros en un intento de restarle algo de importancia a mis palabras, aunque en sus ojos no vi una expresión de triunfo.

Un coche pasó por delante y rompió el silencio.

—Gracias por acompañarme.

—De nada —musitó.

Durante una décima de segundo dio la impresión de que iba a decir algo más, pero su boca permaneció cerrada. Metió las manos en los bolsillos del pantalón, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad.