9 #3
—¿A Vince?
—A Vince no. —Torció el gesto—. ¡A Chip!
—A Chip, claro —farfullé, abochornada, y me aclaré la garganta. Agradeciendo que no ahondara en mi metedura de pata, añadí—: Ni de coña.
—Sería el rollo de vacaciones perfecto.
—Lo último que necesito es un rollo de vacaciones. —Aproveché mi propia frase para contarle a Laurie cuál era el verdadero motivo por el que estaba en O’ahu. Aunque pareció impresionada, tampoco se emocionó mucho, lo cual probablemente se debiera a que no tenía ni la menor idea de tenis.
—Tampoco sabía quién era tu madrina —admitió con franqueza—. La tuve que buscar en Google. —Hizo girar su copa de vino—. Pero, oye, por lo menos ahora dejaré de preocuparme por tu salud.
—¿Mmm?
—Bueno, cuando personas como tú van a una barbacoa y dicen que ya han comido en casa y después se pasan la noche entera bebiendo agua, suelo recelar.
—¿Personas como yo?
Arqueó la ceja derecha.
—¿Hola? Te he visto en biquini.
La miré sin entender nada.
—¿Estás esperando a que te haga un cumplido? Pareces una puñetera modelo de fitness .
—Menuda chorrada —repliqué, desechando la idea con un gesto de la mano, y noté que las mejillas se me acaloraban.
El móvil me vibró en el bolsillo del vestido. Lo saqué y miré la pantalla.
—Es Cristiano Ronaldo, que quiere que le devuelvas los abdominales —observó, risueña, Laurie.
Solo conseguí sonreír a medias, porque vi en la pantalla que era Kay.
—Tengo que cogerlo.
—Si quieres que nadie te moleste, sube a mi habitación. Por la escalera y a la derecha.
Decidí aceptar el ofrecimiento. Cuando me levanté, noté que Vince me miraba.
También estuve segura de que me seguía con los ojos cuando me fui.
El teléfono dejó de vibrar antes de que entrara en la casa.
Mientras subía por la escalera, desbloqueé el móvil y fui a las llamadas recientes.
«Kay, móvil, 20.41». Algunos días a esta hora ya estaba pensando en cepillarme los dientes.
Si quería meterme en la cama a tiempo, tendría que despedirme en breve.
Acababa de llegar al último escalón cuando el nombre de Kay volvió a iluminarse en la pantalla.
«Por la escalera y a la derecha». Por suerte, solo había una puerta a la derecha.
Bajé el picaporte y busqué a tientas el interruptor.
Un segundo después una lámpara iluminó tenuemente la habitación.
Antes de que me diese tiempo a echar una ojeada, cogí el teléfono.
—Hola —dije, sin aliento.
—Solo quería saber si todo va bien. —Kay parecía preocupada—. Gabe me ha dicho que se pasó por casa, pero no había nadie.
—Pues...
—No te quiero controlar —dejó claro—. Es solo que me extrañó, como no mencionaste que ibas a salir...
—Tal vez nos cruzáramos cuando fui a por un bol de poke . —Apreté los ojos, porque odiaba mentirle. Pero, al mismo tiempo, era el peor momento posible para decirle dónde estaba—. Y ¿qué quería?
—Ah, pues creo... que solo saludar.
¿Un sábado por la noche? No lo dije, porque todavía no había indagado a fondo lo que había entre ellos. Siempre que coincidían en mi presencia se comportaban como si fuesen buenos amigos, y pese a ello seguía teniendo la sensación de que me faltaban algunas piezas del puzle.
—¿Qué tal tu cita? —inquirí, para cambiar de tema.
—Mi cena está siendo muy agradable —respondió, haciendo hincapié en la palabra «cena».
—Me alegro —contesté con una sonrisilla.
—Vale, entonces nos vemos mañana por la mañana. No creo que estés despierta cuando vuelva.
—No, me iré a dormir dentro de nada.
—Buenas noches, Lou.
—Pásatelo bien.
Colgué y respiré hondo.
—¿Por qué has mentido?
Di un respingo y me volví en redondo. Vince estaba apoyado en el marco de la puerta. La luz era demasiado débil para poder ver su expresión.
—Me estabas espiando.
—La puerta estaba abierta. —Se encogió de hombros de un modo apenas perceptible—. No lo he podido evitar.
—Sigue siendo espiar.
Las comisuras de su boca se elevaron.
—Sigue siendo mentir.
Resoplé enérgicamente.
—Mira, me quiero mantener al margen de vuestra pelea.
—Nuestra pelea —repitió con tono de burla.
—¿Qué dirías tú que es?
Fingió que se paraba a pensar.
—Campaña de difamación, persecución, complot...
—¿Eso no es pasarse un poco?
—¿Tú cómo explicas que no haya venido ningún vecino?
—Puede que... tengan las mismas dudas que Kay —aventuré, aunque era una explicación algo pobre.
—Y dime, ¿qué dudas serían esas? ¿Que mi hostal atraería a la playa a personas que no están en la Lista Forbes?
—A Kay no puede importarle menos que alguien sea rico o no.
—Siempre que no viva a su lado.
—Eso es... —Exhalé un suspiro y no terminé la frase—. A ella solo le preocupa que la gente arme mucho ruido.
—Siempre puede volver a denunciarme.
—Quizá tú no deberías ponerte a hacer obras por la noche. O, bueno, por la tarde —me corregí.
—Me prestaron la máquina solo unos días. ¿Perdí un poco la noción del tiempo? Pues sí. —Se encogió de hombros, era comprensible—. Pero ese no es motivo para ir corriendo a poner una denuncia.
—Kay dijo que no le abriste cuando llamó.
—¿Tú sabes el ruido que hace una lijadora? Lo que pasó fue que no la oí.
Se separó de la puerta y se quitó la camiseta.
Me quedé mirándolo pasmada... y no pude evitar que mis ojos bajaran unos centímetros.
No era la primera vez que lo veía desnudo de cintura para arriba, pero sí la primera que no estábamos en público.
Sus manos aparecieron en mi campo visual desde ambos lados, bajaron hasta la cintura del pantalón corto y...
«¡Por Dios!». Definitivamente escandalizada, levanté la cabeza.
—¡¿Se puede saber qué estás haciendo?!
Él se quedó quieto y me miró como si nada.
—Cambiarme de ropa. Chip me ha tirado su cerveza encima.
—¿Te importaría hacerlo en otro sitio? —pregunté sin dar crédito.
—En otro sitio... ¿que no sea mi habitación?
Tragué saliva.
—¿Esta... no es... la habitación... de Laurie?
—grazné mientras mis ojos recorrían con nerviosismo el cuarto, buscando con desesperación algo que dijese a gritos «veinteañera».
En su lugar vi una cama sin hacer, un banco escalera que hacía las veces de mesita de noche y un perchero con ruedas del que colgaban camisetas.
—No. Su habitación es la de enfrente.
Me puse como un tomate y me alegré de que la luz fuese tan tenue.
—Pero si me dijo «a la derecha», estoy segura...
—Me lo creo. —Al ver mi cara de desconcierto, comentó—: Confunde la derecha y la izquierda.
—Oh. —Agobiada, miré hacia un lado. Hacia su cama. Deshecha. Durante una décima de segundo lo imaginé tendido en ella, con el pelo revuelto y... «¡Basta!».
—Entonces, ¿puedo cambiarme?
Por primera vez a su rostro asomó algo parecido a una sonrisa.
—Eh... sí, claro. —Me volví y cerré los ojos de la vergüenza. Cuando oí cómo caía el pantalón al suelo, fui consciente de que ya no tenía ningún motivo para estar en esa habitación—. Bueno, pues me voy. —Mi voz estaba teñida de bochorno. Di media vuelta y fui directa a la puerta.
—No quieres mantenerte al margen.
Me detuve y me volví, pero no hacia él.
—De lo contrario, hoy no habrías venido.
No lo dijo con amargura. Ni tampoco con sorna. Y, pese a ello, me sentí acorralada. Como un ciervo ante los faros de un coche. De manera que hice lo que hacen los ciervos: salí corriendo.