This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 9 #2
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Un aire tibio me recibió al pasar. A diferencia de en casa de Kay, allí al parecer no había aire acondicionado.

Tan solo un ventilador de techo daba vueltas sobre nuestra cabeza.

Las paredes estaban revestidas de madera y pintadas de azul turquesa y los rodapiés blancos marcaban un bonito contraste.

A juzgar por el olor, habían pintado hacía poco.

El suelo de madera también parecía recién barnizado y brillaba con la luz de la lámpara del techo.

En lugar del clásico mostrador de recepción, en la pared se abría una ventana con las persianillas cerradas.

La puerta que había a la derecha me hizo suponer que tras ella se encontraba un despacho.

A mano izquierda se abría un pasillo. Era luminoso, atractivo y acogedor.

—¿Cuándo tenéis previsto abrir?

—Dentro de dos meses, pero vamos a andar justos si Vince sigue empeñado en hacerlo todo él solo.

—¿Lo está haciendo todo él solo?

—Bueno, todo no, pero quiere que esto sea lo más parecido posible a como lo tenía Jim. Hacer que el Ohana siga siendo como era. —Y agregó—: Jim era el propietario. Lo conocíamos bien.

Una expresión triste asomó a su rostro. Antes de que yo lograra encontrar las palabras adecuadas, Laurie se puso en movimiento.

—¿Cuántas personas caben aquí? —pregunté mientras dejábamos atrás las puertas que había a ambos lados del pasillo.

Tuvo que pararse a pensar un momento.

—Dos habitaciones con dos camas y dos de cuatro, así que...

—Doce.

—Si está lleno —precisó ella, y se detuvo delante de la última puerta de la derecha—. Las habitaciones todavía no están terminadas, pero, si quieres, puedes echar un vistazo.

—¡Claro!

Mi interés no era fingido. Nunca había estado en un hostal.

Mi familia siempre había tenido suficiente dinero para que nos alojásemos en buenos hoteles y, al estar entre las diez mejores jugadoras del mundo, los organizadores solo me reservaban hoteles de lujo.

Abrí la puerta y busqué a tientas el interruptor.

La habitación era sorprendentemente grande y estaba pintada en los mismos colores que la entrada: blanco y turquesa.

Contaba con dos literas iguales sin colchón y una estantería.

Sobre la ventana se veía una barra a la que todavía le faltaba la cortina.

Continuamos y Laurie me señaló con gestos rápidos dónde estaban los inodoros, las duchas compartidas y los lavabos.

—¿Arriba hay más sitio? —quise saber mientras apuntaba con el dedo a la escalera del fondo del pasillo.

Laurie negó con la cabeza.

—Arriba vive Vince. Ya le he dicho que antes de que abra va a tener que pensar en algo, si no quiere que alguien se meta en su habitación por la noche.

Lo que dijo me sorprendió.

—¿Significa eso que... quiere seguir viviendo aquí? ¿Incluso después de que abra el hostal?

Ella se echó a reír.

—Claro, ¿adónde iba a ir si no?

Me puse roja.

—No sé... Pensé que... —Sacudí la cabeza—. Y ¿no le incomoda? ¿Compartir su casa con tantos desconocidos?

—Por lo visto no. —Laurie se encogió de hombros—. Jim también lo hacía así. —Sonrió—. Y entonces los desconocidos éramos mi familia y yo.

No le dije que ya lo sabía, y esbocé una sonrisa.

Fuimos hacia la derecha y entramos en la sala común, que tenía la misma paleta de colores que el resto del hostal.

El techo de vigas vistas le daba al lugar un aire sumamente acogedor.

También el suelo de madera antiguo resaltaba más en este sitio.

Lo completaban un sofá tapizado en gris contra la pared, un televisor en un mueble bajo provisto de libros y juegos de mesa y una mesa de comedor grande, para por lo menos diez comensales.

Considerando el color grisáceo de la madera, tanto la mesa como las sillas tenían la misma edad que la casa.

Iba a pasar la palma por la superficie cuando Laurie gritó:

—¡No!

Retiré deprisa la mano.

—Perdona. Es solo que... la mesa es tétanos con patas. Todavía hay que lijarla y pintarla. Igual que las sillas.

—Ah, vale.

Movió la botella de vino.

—Voy a por unas copas y un abridor. —Desapareció en la habitación contigua antes de que pudiera decirle que no bebía alcohol.

Al menos no cuando me preparaba para jugar un torneo.

La seguí con la mirada sin saber qué hacer cuando la puerta de la terraza se abrió por fuera y un chico con el pelo rizado oscuro entró.

—Hey —me saludó cordialmente antes de ir hacia los aseos.

Por la puerta ahora abierta llegaba música de guitarra.

Reconocí la canción de inmediato: Ho Hey , de los Lumineers.

Con una sonrisa en los labios escuché la melodía, que empezaba tranquila y lenta e iba cobrando velocidad.

Me había acercado a la puerta sin ser consciente de ello y eché un vistazo a la terraza.

Varias guirnaldas de luces serpenteaban por la barandilla.

De las ramas de los árboles colgaban farolillos que se mecían con la brisa vespertina.

Unas velas y un brasero proporcionaban una agradable luz.

A mi derecha habían montado un abundante bufé, con bandejas llenas de costillas y alitas de pollo, y cuencos con ensalada de col, patatas y mazorcas de maíz.

A mi izquierda había gente sentada alrededor del brasero, escuchando la música.

El guitarrista tocaba de espaldas a mí, pero supe que era Vince.

Sin que nadie me viera, me apoyé en el marco de la puerta y moví la cabeza al ritmo de la música.

La única mujer del grupo —la veía solo de perfil, pero tenía el pelo largo y oscuro— empezó a cantar la canción.

Primero con timidez, después con brío. Vince ladeó la cabeza hacia ella y le sonrió, y yo sentí en el pecho una punzada de celos absolutamente irracional.

—Así que Kay Diamond es tu madrina. —No me había dado cuenta de que Chip había aparecido a mi lado—. ¿Tu madre y ella no fueron rivales durante mucho tiempo?

—Solo en la pista. En privado eran amigas íntimas.

—Mmm —repuso—. Y ahora ¿es tu entrenadora?

—Temporalmente. Me estoy preparando aquí para el US Open. ¿Y a ti? —pregunté a mi vez—. ¿Qué te trae por aquí?

—Vivo aquí. Crecí en la Costa Norte.

—Ah —me sorprendió—. No sabía que eras hawaiano.

—Mis padres se vinieron desde Santa Mónica cuando a mi padre lo nombraron capitán de condado de Ocean Safety.

Me vio en la cara que sabía de lo que estaba hablando.

—Es socorrista. Era socorrista. Ahora pasa la mayor parte del tiempo en un despacho con aire acondicionado haciendo horarios. —Hizo una mueca que me permitió suponer que le tomaba el pelo a su padre con ello a menudo.

La canción acababa de terminar cuando Laurie se unió a nosotros con el vino y dos copas. La miré con cara de disculpa.

—Tengo que confesarte una cosa: no bebo alcohol. Cogí una botella del botellero de Kay para no venir con las manos vacías.

Reaccionó con absoluta naturalidad:

—¿Coca-Cola? ¿Agua? ¿Té helado?

Seguí su dedo índice hasta una tina llena de hielo picado de la que asomaban latas y cuellos de botellas. Le ofreció a Chip la copa que iba a ser para mí.

—¿Quieres? —Miró la etiqueta y pronunció a duras penas—: Sauvignon Blanc.

—¿Del botellero de Kay Diamond? Desde luego —oí que decía, y no supe muy bien cómo interpretar su reacción.

Mientras Laurie le servía vino, fui hasta donde estaban las bebidas y saqué una botellita de agua de la tina. En ella, en grandes letras amarillas, ponía: ALOHA MAID . Vince había empezado a tocar otra canción, y necesité unos compases para reconocer que era Hold My Girl , de George Ezra.

—Bueno, entonces, ¿te caliento unas costillas? —me preguntó Laurie cuando volví con Chip y con ella—. Están buenísimas. —Miró hacia el bufé—. Y las alitas de pollo también, pero pican un poco. Te tiene que gustar el picante.

Apreté los ojos, cohibida.

—Cené en casa.

Esta vez no reaccionó con tanta indiferencia. Me miró algo preocupada antes de decir:

—No pasa nada. —Y sonrió—. Quizá te entre hambre más tarde.

Asentí, agobiada. Probablemente no fuese el mejor momento para mencionar que no me podía quedar mucho.

Cuando nos sentamos con los demás alrededor del fuego, Vince enarcó un instante las cejas, un gesto quizá casual, quizá intencionado, que, en cualquier caso, me llamó la atención.

Las presentaciones de rigor las ahogó en parte la guitarra, pero me enteré de que la chica del pelo oscuro se llamaba Pili.

A su lado estaban Milo —el chico que había entrado antes— y un chico llamado Brody, que parecía recortado de una revista de surf.

Algo que, en realidad, se podía aplicar a todos los hombres de la terraza.

Quizá fuese la combinación de piel bronceada, pelo despeinado y músculos marcados.

—Todavía me debes una larga historia —me recordó Laurie por encima del borde de su copa de vino.

Me quedé descolocada un instante.

—¿Chip y tú? —me ayudó ella.

—Ah, eso. —Esbocé una sonrisilla y lo miré. Estaba sentado junto a Vince y escribía algo en el móvil—. En realidad, no es tan larga. Cuando nos conocimos, me pidió mi número de teléfono y... se lo di mal a propósito.

Laurie abrió mucho los ojos.

—¿Le diste a ese tío —inclinó la cabeza hacia la izquierda— un número falso a propósito?

—Sí —repuse justo cuando ella exclamaba sin dar crédito:

—¡Con lo bueno que está!

—Eso es verdad —admití.

—Entonces, ¿qué problema hay?

—El problema es que lo sabe.

Laurie volvió la cabeza para mirarlo. Justo entonces él levantó la vista del teléfono y nos sonrió.

—Pues sí, lo sabe —se limitó a decir Laurie, y estallamos en carcajadas. Tan ruidosas que llamamos la atención de Vince, que nos miró con cara de reproche.

Su hermana levantó las manos y se disculpó exageradamente:

—Perdona, Jack Johnson.

Él puso los ojos en blanco como el hermano mayor que era y se centró de nuevo en su guitarra, que estaba un poco cascada. En el cuerpo marrón claro se veían restos de pegatinas. Mis ojos volvieron a su rostro. Unos mechones de pelo le caían por la frente, pero no parecían molestarle.

—Deberías darle tu teléfono —musitó Laurie.