This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 9
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Si Kay no hubiera salido ya para ir a su cena/cita cuando volví de la playa, le habría soltado lo de la barbacoa.

O por lo menos le habría preguntado por qué no me había dicho que nos habían invitado a las dos.

En vez de eso, me duché para quitarme la arena y la sal del cuerpo, me puse una cómoda combinación de pantalón corto y camiseta de tirantes y fui hasta Keanu’s, un food truck que quedaba cerca y que, según Kay, preparaba los mejores y más frescos boles de poke .

La larga cola le daba la razón. Me uní a la fila y aproveché el tiempo de espera para repasar mentalmente la conversación que había mantenido con Laurie.

Según ella, Vince había admitido que las cosas no podían seguir así, y el hecho de que nos hubiese invitado a Kay y a mí a lo de hoy lo respaldaba.

Por eso me daba tanta rabia que Kay no lo hubiese mencionado, y más todavía que se hubiera negado a ir.

A fin de cuentas, también me hacía quedar mal a mí, y tenía que admitir que no me daba lo mismo.

Ya solo por eso me pasaría más tarde por la barbacoa.

Solo un rato, desde luego, para estar en la cama a mi hora.

Tampoco comería nada, solo me quedaría a tomar algo.

La cola se puso en movimiento y logré ver la carta, que se componía exclusivamente de boles de poke .

Elegí el de atún y aguacate. Cuando me llegó el turno, pedí que me lo pusieran para llevar y volví a casa.

Una vez allí, me acomodé en el sofá con el bol en el regazo y me puse la tele.

Mientras tanto, me bebí casi medio litro de agua y crucé algún mensaje con mi madre, que se acababa de despertar.

En Alemania eran poco más de las siete de la mañana.

De pronto me vino a la cabeza que no sabía a qué hora empezaba oficialmente la barbacoa.

Laurie no lo había mencionado. No quería ser ni la primera ni la última.

Me entraron los nervios, así que dejé el bol en la mesa y salí a la terraza.

El sol se estaba poniendo y trazaba un dibujo de luz y sombras en la piedra natural; y en mis pies, que fueron hacia la parte de la terraza que estaba más cerca del terreno de los Greenfield.

Agucé el oído, pero aparte del zumbido de la bomba de la piscina de Kay y del suave trino de los pájaros no se oía nada.

Una ligera brisa me acarició la piel y jugueteó con mi pelo.

Y de repente percibí algo. Sonidos de guitarra, voces, risas.

Parecía que allí ya había gente. Entré de nuevo en casa, satisfecha.

Media hora después salí con un vestido corto de flores y unas zapatillas de tela blancas.

Salvo un poco de rímel, no me había maquillado, y el pelo, enredado por el exceso de agua del mar, lo llevaba recogido en un moño suelto.

Para no presentarme con las manos vacías, le birlé una botella de vino a Kay.

Hasta la casa de los Greenfield había unos cien metros, pero yo avanzaba despacio, porque no había acera ni farolas. Al menos la luna daba la suficiente luz para permitirme ver baches e irregularidades.

A diferencia de la casa de Kay, esta no estaba separada de la carretera por un portón.

Había unos cuantos coches aparcados en un camino que subía por el césped hasta la casa.

Pese a la escasa iluminación, me llamó la atención que no estuviera tan cuidado como quizá cupiese esperar en ese vecindario.

Dos escalones llevaban hasta un pequeño porche cubierto.

Una luz tenue encima de la puerta permitía distinguir cinco letras de madera grisácea que componían la palabra OHANA .

Descubrí un timbre sin placa y llamé, mientras me invadía un ligero nerviosismo.

Me puse a tirar de un hilo suelto que tenía en el vestido al oír que se aproximaban pasos al otro lado de la puerta.

Cuando se abrió, me sorprendí. Y es que no fue a Laurie a quien vi; ni tampoco a Vince.

Era Griffin Chipman, alias Chip, el actual mejor surfista de olas gigantes del mundo.

Hacía un año que había entrado en el Libro Guinness de los récords al surfear la ola más grande que se había registrado nunca: 26,5 metros de altura.

Si lo sabía con tanta precisión era porque fui yo quien le entregó el Premio Laureus al mejor deportista internacional por ello.

Durante un segundo me vino a la cabeza la entrega de premios: yo con un vestido de noche rojo y él de esmoquin y con el oscuro cabello engominado hacia atrás.

Hoy lo llevaba recogido en un moño alto que le pegaba mucho más.

Al igual que la barba de tres días y la holgada camisa con estampado étnico y el pantalón corto.

Su cara de perplejidad al verme me dijo que estaba tan sorprendido como yo. Volvió la cabeza y preguntó:

—¿Qué hace Louisa Herzog-Riggs en tu puerta?

«¿En serio?», le pregunté con la mirada.

—¿Quién?

No cabía duda de que era la voz de Vince, que se acercaba. En circunstancias normales me habría puesto nerviosa, pero seguía ocupada procesando la presencia de Griffin Chipman en esa casa.

—Louisa... Herzog... Riggs —repitió despacio, con una sonrisa pícara.

Yo iba a decir algo cuando Vince apareció detrás de él. Sus ojos se abrieron como platos al verme. No supe decir si de la sorpresa, la irritación o el enfado; solo que nunca sería capaz de acostumbrarme a la intensidad de su azul.

—No mencionaste que habías invitado a personas tan importantes. —Le tomó el pelo Chip, y aunque las mejillas se me acaloraron, disfruté de la cara de desconcierto que puso Vince—. Ah, que no sabes quién es —añadió Chip—. Esta, amigo mío —me señaló con el dedo índice—, es Louisa Herzog-Riggs.

Sacó el móvil, escribió algo en él y se lo puso delante de las narices a Vince, que hizo todo lo posible por fingir indiferencia pero que miró con disimulo. Me habría gustado saber cuál de las numerosas fotografías que circulaban por internet había elegido Chip.

—¿Os conocéis? —preguntó Vince, con el ceño fruncido.

—Me dio un premio.

—Te lo entregué —lo corregí.

—Nos conocimos durante la entrega de los Premios Laureus. Después me habría gustado conocerla mejor, pero curiosamente el número de teléfono que me dio estaba mal.

—Seguro que te liaste con algún número —repuse con la más inocente de mis sonrisas.

La mirada risueña de Chip me dijo que se lo tomó con humor.

—Vaya —refunfuñó Vince con no poco asombro.

En ese mismo instante apareció Laurie en el pasillo. Llevaba un colorido vestido largo estampado y se había recogido el pelo en una coleta alta que resaltaba el flequillo.

—Oye, fuera ya no hay cerveza. ¿Te importa...? —No terminó la frase al verme, y su rostro se iluminó en el acto—. ¡Louisa! ¡Qué bien que hayas venido!

—Vaya, es evidente que tu hermana está mejor informada que tú sobre tus invitados —se limitó a decir Chip.

—Te refieres a sus invitados.

Laurie adelantó el mentón.

—Tú estuviste de acuerdo.

—Eso fue antes de que su madrina saboteara mi barbacoa. —Durante una décima de segundo su mirada pasó a mí.

—¿Qué? —inquirí confusa, porque no sabía de lo que estaba hablando.

Laurie pasó por alto mi pregunta y lanzó un suspiro.

—Eso no lo sabes seguro.

—Sé de lo que es capaz —replicó su hermano.

Yo miraba a Laurie y a Vince alternativamente en busca de ayuda.

—¿Se puede saber qué ha pasado?

—Pregúntaselo a tu madrina —gruñó él. Antes de que yo pudiera reaccionar, se dirigió a Chip—: ¿Me ayudas con la cerveza?

Chip puso cara de preferir ir a por una bolsa de palomitas.

—Mi número sigue siendo el mismo —me dijo antes de desaparecer con Vince.

Laurie frunció el entrecejo.

—¿Qué ha sido eso?

—Es una larga historia —contesté, y proferí un suspiro.

—Que me puedes contar mientras nos bebemos esto. —Me cogió la botella de vino blanco con expresión traviesa—. Pasa. —Me invitó a entrar con un gesto, y una parte de mí se mostró dispuesta a obviar lo que acababa de averiguar a medias, pero la intuición me dijo que quería saberlo.

—¿Qué ha querido decir Vince con lo de que mi madrina ha saboteado su barbacoa? —pregunté sin moverme del sitio.

Laurie vaciló.

—Bueno, es que de momento no ha venido ningún vecino, y... Vince cree que... tu madrina está detrás de ello.

Las últimas palabras las dijo en un susurro, como si le resultase desagradable pronunciarlas.

—¿Cómo que «está detrás»? —repetí, aunque tenía una vaga idea de a lo que se refería.

—Cree que los ha convencido para que no vinieran.

—¿Qué? —Torcí el gesto, sin dar crédito—. Eso es una chorrada. Puede que lleguen tarde. —Me miré el reloj—. ¿Cuándo empezaba esto oficialmente?

—A las seis.

Eso era hacía casi dos horas. Arrugué la frente y volví la cabeza.

—¿De quiénes son los coches?

—De amigos de Vince. Los llamó hace un rato para preguntarles si querían pasarse. Por la cantidad de comida que hay y tal.

Primero bajó la voz y después la cabeza, y el corazón se me encogió un poco.

—Mierda.

—Ya. Vince está bastante frustrado.

—Normal.

Aunque no creía que Kay tuviese algo que ver, me dio pena por Laurie y por él.

—En fin... —Laurie dio una palmada—. Espero que tengas hambre.

No tuve valor para confesarle que ya había cenado. Que nada del bufé que habían preparado encajaba con mi régimen de comidas. Así que sonreí y acepté su muda invitación a entrar.