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El resto de mi primera semana pasó volando, y poco a poco la rutina se fue instaurando en mi día a día.
Cada mañana después de levantarme me tomaba un smoothie y salía a correr relajadamente por la playa antes de ir a entrenar.
La mayoría de las veces entrenábamos Kay y yo, dos horas en la pista.
Luego tocaban ejercicios de intervalos o de velocidad, a veces también pesas en el gimnasio.
La hora de descanso la aprovechaba para comer algo y echarme una siestecita, a veces también me daba un chapuzón en la piscina de Kay.
Después, o bien tenía otra sesión de entrenamiento o jugaba un partido contra Malia.
Mi día de entreno terminaba invariablemente en la camilla de Gabe.
Con la fuerza de sus manos y su instrumento de tortura disfrazado de rodillo miofascial me ayudaba a que mi cuerpo se regenerase lo bastante deprisa para al día siguiente volver a darlo todo.
Me gustaba su forma relajada de ser. Cómo me tranquilizaba cuando me sentía insatisfecha o frustrada.
Y me gustaban las conversaciones que manteníamos sobre lo humano y lo divino.
Le contaba cosas de Alemania, de cómo era mi vida en Múnich y de mis padres, de los torneos, de los numerosos aviones y habitaciones de hotel, de encuentros curiosos con fans y entrevistas impertinentes.
A cambio, yo cada vez aprendía más cosas de Hawái.
Las antiguas tradiciones, las influencias modernas, los esfuerzos por vivir en armonía con la naturaleza y los muchos desafíos a los que se enfrentaban las islas debido al turismo.
Los sueldos bajos y el elevado coste de vida, que sobre todo preocupaba a muchos nativos de Hawái.
Intentó enseñarme el espíritu aloha , explicarme que aloha no es solo una palabra, sino un estado de ánimo.
Y por fin me enteré de lo que era el gesto que hacía con la mano siempre que me veía.
Era el shaka , una expresión de la actitud hawaiana de tomarse la vida de un modo un poco más relajado y que la gente usa para saludar, dar las gracias o despedirse.
Nunca me acostaba más tarde de las nueve y media.
Para un deportista de élite, dormir bien era tan importante como entrenar bien; esa era una de las primeras lecciones que yo había aprendido.
Unas veces Kay y yo comentábamos antes cómo había ido el día de entrenamiento o fijábamos objetivos para el siguiente; otras, me iba a la cama y veía una serie de Netflix.
Hablé en una videollamada por Zoom con mis padres.
Mi padre se había conectado desde Londres.
Les hice un resumen de mis primeros días en Hawái, pero sobre todo les hablé de mis progresos en el entrenamiento.
Después de responder a casi todas sus preguntas (¿Está caliente el mar?
¿Ya has probado el granizado hawaiano? ¿Hay gente de tu edad?
¿Tienes planes para el fin de semana?) con un «Ni idea» o «No», mi madre me volvió a soltar la cantinela de que el tenis no lo era todo y que también debía divertirme un poco.
Mi padre la secundó e hizo unos chistes de padre sobre surfistas.
Aunque su insistencia a veces resultaba enervante, no me lo podía tomar a mal; a fin de cuentas, sus propios padres —al igual que los de Kay— habían sido excesivamente ambiciosos y se habían propuesto criar a deportistas olímpicos.
Que yo jugara al tenis o incluso que llegara a ser profesional era algo que habían apoyado, pero nunca forzado.
Al contrario. De pequeña incluso tenía la sensación de vez en cuando de que habrían preferido que mis intereses hubiesen ido en otra dirección, una que no me expusiera a comparaciones, a la presión de satisfacer expectativas.
Pero mi amor al tenis y lo mucho que me querían había vencido todas las dudas.
Tras prometer a mis padres que bajaría el ritmo al menos durante el fin de semana, hablamos un poco de todo unos minutos más y nos despedimos.
—Esta tarde he quedado, así que tendrás que prepararte tú la cena o ir a por un bol de poke a Keanu’s —dijo Kay mientras yo calentaba para entrenar el sábado por la mañana.
Eran poco más de las ocho y, salvo nosotras, en la escuela no había nadie.
El sol todavía estaba bajo en el cielo, pero con cada minuto que pasaba el aire era más sofocante.
—¿Tienes una cita?
—Pero qué dices. —Desechó la idea con un rápido movimiento de mano—. Adrian es un viejo amigo y ha venido a Honolulú a pasar unos días de vacaciones.
—Adrian —repetí, con exagerada fascinación.
—Durante siglos fue el director del torneo de Cincinnati. Hemos quedado para cenar y hablar de los viejos tiempos.
Hice un lunge con la pierna izquierda, con lo que la falda de tenis se me subió y dejó a la vista la marca del moreno en el muslo.
—Hay quien diría que eso es una cita.
Puso los ojos en blanco, pero yo subí las apuestas.
—Si prefieres tener la casa para ti sola, puedo...
—¡Louisa Herzog-Riggs! —exclamó Kay entre indignada y risueña—. Adrian y yo solo hemos quedado para cenar. Además, ¿adónde te irías tú? —resopló—. ¿A la fiesta de Vince Greenfield?
Dejé de hacer lo que estaba haciendo.
—¿La fiesta?
Llevó la cesta de las pelotas hasta la línea de fondo y refunfuñó:
—El hostal todavía no ha abierto y él ya da la primera fiesta. Y, para colmo, tiene la cara dura de invitarme.
—¿Te ha invitado? —repetí sorprendida mientras la seguía hasta la línea de fondo.
Tenía la sensación de que ya había calentado bastante. Para esa mañana teníamos pensado hacer saques, mi no muy secreto talón de Aquiles. Mi saque no era malo, ni tampoco lento, pero era fácil de leer y, por lo tanto, fácil de atacar.
—A mí y a todos los demás vecinos, según dicen. Una provocación pura y dura.
—O un acercamiento —musité mientras cogía una pelota.
—Diviértete mucho en tu cita —dije mirando hacia el cuarto de baño a media tarde.
Esperé a oír el bufido de Kay antes de echarme la toalla al hombro con una sonrisa para ir a la playa.
Sunset Beach estaba llena de gente. Había familias del lugar y turistas haciendo pícnics, niños construyendo castillos de arena y surfistas lanzándose a olas altísimas.
Extendí la toalla, le puse encima la mochila y me apliqué una buena capa de protección solar antes de caminar hasta la orilla.
El agua estaba a una temperatura agradable, la justa para que resultase refrescante.
Me metí un poco, era tan transparente que se podían ver las conchas del fondo.
Toqué la superficie con los dedos y me mojé los brazos.
Por mi reluciente piel rodaron perlas de agua.
—¿Louisa?
La voz me sonaba, pero no supe identificar a quién pertenecía.
Miré a la derecha e hice visera con la mano para protegerme los ojos del sol.
Tardé un poco en darme cuenta de que era Laurie, que remaba hacia mí subida a una bodyboard .
Llevaba un biquini de color fucsia y su pelo era más largo y oscuro de lo que yo recordaba, más que nada porque lo tenía mojado y pegado a los hombros.
—¡Hola! —exclamé sorprendida, y levanté la mano.
—Hola —me respondió, sin aliento y con una sonrisa que parecía tan tímida como la mía. Paró de remar y se dejó llevar hasta mí un tramo—. No estaba segura de si eras tú. En el agua todo el mundo parece siempre tan distinto... —Hizo una mueca y a la vista quedó el espacio entre los incisivos.
Hablando de algo distinto...
—Tienes flequillo —constaté cuando la vi de cerca.
Laurie se llevó la mano a él.
—Sí, desde ayer. —Sus mejillas se tiñeron de rosa—. Todavía no me he acostumbrado del todo.
—Te queda genial.
Sonrió, halagada. Durante un momento guardamos silencio. Después Laurie tomó la palabra.
—Oye, quería pedirte disculpas.
Eso era algo con lo que no contaba.
—¿Por qué?
—Si no le hubiera dicho a Vince cómo se llamaba tu madrina, no se habría puesto como se puso con ese asunto. Sobre todo, no habría llegado a una conclusión tan absurda. —Puso los ojos en blanco y me sentí aliviada.
—Bueno, tú tampoco podías saberlo.
—Aun así. —Lanzó un suspiro, apesadumbrada—. Todo se ha torcido de mala manera. Yo no llevo aquí mucho tiempo y no me he enterado bien. —Se veía a la legua hasta qué punto le seguía reconcomiendo.
—¿Ya está más tranquilo tu hermano?
Enarcó las cejas.
—¿Tan malo fue?
Ladeé la cabeza.
—Estaba bastante cabreado.
—Traté de impedir que fuera, pero salió como una bala cuando llegó la notificación de la denuncia. —Bajó la vista un instante a su tabla—. En fin... Sé que lo de Vince y tu madrina es supercomplicado, pero... no creo que tenga por qué afectarnos a nosotras, ¿no?
Añadió el «¿no?» con un segundo de retraso y cierta inseguridad.
—No —respondí con firmeza—. No tendría por qué.
Laurie pareció aliviada y apoyó el mentón en la tabla. Solo ahora reparé en las coloridas flores que tenía.
—Por desgracia, del bodyboard no paso —afirmó, malinterpretando mi mirada, y se encogió de hombros con ironía—. Vince ha intentado enseñarme a surfear cientos de veces, pero soy un caso perdido. —Continuó hablando, más animada—. ¿Tú lo has probado alguna vez?
—¿El surf? —Negué con la cabeza y me deslicé por el agua de espaldas.
—Es muy difícil mantenerse de pie en la tabla —objetó, y dejó escapar un suspiro—. No sé cómo lo...
El resto de la frase no lo oí, porque una pequeña ola me engulló. Me eché a reír mientras intentaba apartarme de la cara los mechones de pelo.
—Habría sido una foto divertida. —Laurie me señaló el móvil, que llevaba colgado del cuello en una funda impermeable.
Me sumergí un instante echando la cabeza hacia atrás para que al sacarla el pelo me cayera liso sobre la espalda.
—¿Te importa hacerme una? Mis padres siempre se están quejando de que no mando ninguna foto al grupo de familia.
—Puse los ojos en blanco y me di cuenta demasiado tarde de la falta de tacto de mis palabras.
Los padres de Laurie habían muerto y nunca le irían con ninguna queja.
Para alivio mío, ella reaccionó con un relajado:
—¡Claro que no!
Y me tendió la mano.
—Por cierto, el color de tu biquini es lo más —afirmó mientras me apuntaba con el móvil—. Te queda genial con el moreno.
Me alegró oír el cumplido y se lo devolví, aunque no se podía decir que estuviese ni un poquito bronceada. A diferencia de Vince, su piel era blanca como la leche, y los densos restos de crema que se veían en su cuerpo confirmaron mi sospecha de que era muy propensa a quemarse fácilmente.
—Oye, lo de esta noche —empezó con aire vacilante—. ¿Ya sabéis si vais a ir?
La miré con cara de interrogación.
—A la barbacoa que vamos a hacer. Os envié a tu madrina y a ti una invitación, pero como no habéis dicho nada...
Me sorprendió. ¿Acaso Kay no había hablado de una fiesta? Y ¿por qué no había mencionado que nos habían invitado a las dos?
—¿Nos has invitado tú? —pregunté perpleja.
—En nombre de Vince, claro. Pero fue idea mía invitar a los vecinos. Pensé que quizá fuese una buena ocasión para... limar asperezas.
—Y ¿tu hermano accedió?
Hizo un gesto afirmativo.
—Me costó un poco convencerlo, pero comprendió que las cosas no pueden seguir así.
—Mmm —contesté con aire pensativo, y noté que Laurie me miraba—. Pues es que... Kay ha quedado esta tarde, probablemente no haya dicho nada por eso.
Sonó tan patético que me dio vergüenza.
—¿Y tú? Tú sí vienes, ¿no?
La pregunta me cogió por sorpresa. Durante un momento me quedé en blanco.
—Haremos costillas a la brasa. —Subió y bajó las cejas—. O, si eres vegetariana, también habrá mazorcas de maíz y patatas asadas. Y he comprado malvaviscos. Y galletas, para que podamos hacer sándwiches con los malvaviscos.
—Pues... es que...
El murmullo de las olas me salvó y engulló mi balbuceo. Casi al mismo tiempo Vince apareció en la playa e hizo un gesto para llamar la atención de Laurie. Llevaba otra vez el bañador rojo coral, y me resistí al recuerdo que se me pasó por la cabeza. Al extraño cosquilleo que sentía en el estómago.
—Mierda, ¿ya es tan tarde? —dijo Laurie mientras se miraba el reloj—. Le prometí a Vince que lo ayudaría con los preparativos. —Se metió en el agua y se colocó la tabla debajo del brazo—. Nos vemos luego —me dijo mientras salía.
Solo unos segundos después fui consciente de que no lo había dicho como si fuese una pregunta.