This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 7
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Gabe tampoco tenía pinta de fisioterapeuta en nuestro segundo encuentro.

Llevaba una camiseta, un pantalón corto y unas zapatillas Vans.

Tenía unas gafas de sol en la cabeza y olía al chicle mentolado que estaba mascando.

Aunque parecía fuera de lugar en la aséptica sala de tratamientos, no dudé ni un segundo de que se tomaba en serio su trabajo.

Porque lo había elegido Kay, pero también porque irradiaba sinceridad y confianza.

—Te veo bastante hecha polvo —comentó cuando me tumbé boca arriba en la camilla.

—¿Ha aguantado el tobillo? —me preguntó Gabe al tiempo que me sostenía el talón en la mano izquierda y me masajeaba cuidadosamente la cicatriz con el pulgar derecho.

Asentí.

—Muy bien. —Empezó a hacerme rotar y estirar el pie—. ¿Has sentido alguna otra molestia?

—Ninguna.

Me amasó el gemelo derecho con ambas manos y las deslizó por el muslo, ejerciendo una presión casi dolorosa que había aprendido a apreciar con los años. Un dolor gustoso.

Cuando me flexionó la pierna y me la sujetó bajo el brazo, volví a fijarme en su tatuaje.

—¿Tiene algún significado?

No contestó en el acto, y durante un momento temí haber ido demasiado lejos.

—Es un tatuaje polinesio. Los triángulos simbolizan dientes de tiburón. El aumakua de mi familia, que es... —titubeó— una especie de... espíritu protector.

—¿El espíritu protector de tu familia es un tiburón?

—Mmm —musitó, y se encogió de hombros—. Forma parte de la mitología ancestral hawaiana. O se cree en ella o no se cree.

Estuve a punto de preguntar si él creía en ella, pero en el último segundo decidí no hacerlo. En parte porque Gabe intensificó el estiramiento del muslo y por un instante me quedé sin aire.

—¿Has visto uno alguna vez? Un tiburón, me refiero.

Asintió.

—Un tiburón martillo. Mientras hacía surf con mi hija, pero de eso hace mucho tiempo.

—¿Tienes una hija? —pregunté sorprendida.

En nuestra conversación, Kay solo había mencionado al hijo que había fallecido.

—Hijastra. Millie. Es unos años mayor que tú, vive con Julie en San Diego.

No se me pasó por alto que la voz le había cambiado. Con cada palabra se volvía más melancólica.

—Pero que eso no te impida meterte en el mar —afirmó, retomando el tema anterior—.

Aquí mueren bastantes más personas por impactos de cocos que caen de las palmeras que por ataques de tiburón.

—Levantó la vista—. No es broma. El año pasado perdió la vida un chico que salía a correr por Sunset Beach.

—Gabe pasó a ocuparse de mi otra pierna—.

Así que corre siempre por la orilla del agua.

—Me guiñó un ojo—. Además, así verás mejor a los surfistas.

—Uf, no me hables de surfistas —repliqué, con un aire un poco teatral de más.

Gabe arqueó las cejas y me debatí entre abrir la boca o no. A fin de cuentas, para entonces ya había conseguido más o menos quitarme de la cabeza el desagradable encuentro con Vince Greenfield. O, mejor dicho, los dos encuentros.

—Ayer conocí por casualidad al vecino de Kay.

—¿A Vince?

—¿Lo conoces? —Me asombró tanto que me fui a incorporar, pero Gabe me empujó con suavidad contra la camilla.

—Desde que era un crío. Venía de vacaciones aquí todos los años con sus padres. Y con su hermana.

—Laurie —dijimos a la vez.

—Siempre se hospedaban con el viejo Jim.

Jim Kamakahi. —Su voz se tiñó ligeramente de nostalgia—.

Era una leyenda entre los surfistas de aquí.

Ganó varias veces el Pipeline Masters. —Me di cuenta de que estaba a punto de empezar a divagar—.

En cualquier caso, tenía un pequeño bed and breakfast en Sunset Beach, el Ohana.

Los Greenfield se quedaban allí todos los años.

—Ohana —musité pensativa, ya que la palabra me sonaba vagamente.

—Significa «familia» en hawaiano —me aclaró Gabe—. La oirás a menudo en la isla. —Una sonrisa cómplice afloró a sus labios—. Eran muy majos.

Tardé un instante en comprender que hablaba de nuevo de los padres de Vince.

—Nuestros hijos solían surfear juntos. Creo que incluso fue Jim el que enseñó a Vince. Estaba completamente loco por los hijos de los Greenfield. Él no tenía ninguno al que hubiese podido dejar la casa.

Eso me sorprendió.

—¿Le dejó la casa en herencia a Laurie y Vince? —Los engranajes de mi cabeza comenzaron a dar vueltas—. Lo que significa —arrugué la frente— que el Ohana es...

—... la casa que está junto a la de Kay.

Me dobló la pierna izquierda y me la llevó hacia el torso.

—Pero entonces antes también era algo parecido a un hostal —gemí.

Gabe hizo un gesto de asentimiento.

—Al menos hasta que Jim renunció al Ohana.

—¿Por la edad?

—Sí. Ya tenía más de ochenta años y no estaba en la mejor forma. —Negó con la cabeza—. La muerte de los Greenfield también le afectó mucho.

—¿La muerte? —inquirí espantada.

Asintió.

—Perdieron la vida cuando navegaban en los cayos. Durante una tormenta.

Tragué saliva.

—Madre mía, qué horror.

—Sí —musitó, y su mirada se volvió ausente—. Después de eso no volví a ver a Vince y Laurie. Hasta que, hace unos meses, Vince apareció de repente.

Intenté asimilar toda esa cantidad de información.

—¿Kay sabe que os conocéis?

—Claro.

—Y... ¿tú qué opinas de lo del hostal?

—Me mantengo al margen. Cosa que, dicho sea de paso, te aconsejaría que hicieras tú también.

—Ah, no pretendo... Me refiero a que apenas lo conozco. Me vi atrapada en la discusión más bien por casualidad.

Gabe interrumpió el movimiento.

—Pero ¿qué fue lo que pasó?

—Me desmayé en la playa, él me co...

—¿Te desmayaste?

—Sí, pero fue solo por el jet lag —me apresuré a aclarar—. Y se me olvidó llevar agua. Fue una estupidez por mi parte, sin más.

—¿Lo sabe Kay?

—Se lo he contado hoy, después de que Vince se presentase aquí y soltara unas teorías absurdas.

—¿Unas teorías absurdas?

—Ay, yo qué sé. Por algún motivo parecía creer que me desmayé delante de su casa porque Kay me pidió que lo hiciera. —Puse los ojos en blanco y él me dedicó una mirada escrutadora.

—¿Estabas corriendo y te desmayaste delante de la casa de Vince y ahora él cree —frunció el entrecejo— que Kay está detrás? —Dicho por él sonaba tan confuso como había sido.

—Es la versión corta de la versión corta, pero... sí.

—No es nada propio de él. En realidad, Vince es un chico majo. Y tampoco se altera por nada tan deprisa. —Gabe suspiró—. Probablemente los últimos meses le hayan pasado factura.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, la noticia de que quería reabrir el Ohana no puso en pie de guerra solo a Kay. Todo el vecindario se opuso. Presentaron quejas en el ayuntamiento. Por lo visto incluso hubo alguien que se dirigió al gobernador del Estado.

—¿No es un poco exagerado?

Dirigiéndome una mirada elocuente, me contestó:

—Seguro que mientras corrías por la playa viste las villas que hay. Todas ellas de estadounidenses ricos del continente.

Entendí lo que quería decirme con eso. Donde había dinero también había influencia.

—Entonces no compartes la opinión de Kay, ¿no?

Gabe esbozó una sonrisilla.

—Ya te he dicho que me mantengo al margen.

—Te puedes mantener al margen y tener una opinión —repliqué en tono de broma—. Además, no se lo diré a Kay.

Dio la impresión de que se divertía.

—No le tengo miedo a Kay. —Pasaron unos segundos—. Entiendo que le preocupe el futuro. El Ohana atraerá a mucha gente y, sí, posiblemente también se haga notar. —Se encogió de hombros—. Pero la playa es de todos y vivir en ella no debería ser un privilegio de los ricos.

Ohana . Me gustaba cómo sonaba esa palabra, y más aún me gustaba lo que significaba. Mis padres lo eran todo para mí. Mi refugio. Me apoyaban y me daban fuerza, y sabía que siempre podía contar con ellos. Qué difícil tuvo que ser para Vince y Laurie quedarse sin esa red de seguridad tan pronto.