This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 6 #2
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—Siento que hayas tenido que ver esto —se disculpó Kay cuando nos quedamos solas—. No sé qué bicho le ha picado a ese chico. —Negó con la cabeza—. Presentarse aquí sin más y ponerse a gritar como un loco.

—Eh... a ver si lo he entendido bien: ¿ese es el chico al que denunciaste porque no te dejaba dormir?

Kay asintió, y mi último rayo de esperanza de que todo aquello no fuese más que un gran malentendido se esfumó.

—¿Porque está haciendo reformas?

—Porque se pone a hacer reformas en mitad de la noche —me corrigió—. Hace tanto ruido que es como si el cielo se te fuera a caer encima.

Me callé para no decir que las diez no se podía considerar «mitad de la noche», por muy pronto que se fuera uno a la cama.

—Y, además, ha ocurrido varias veces —continuó—. Las primeras se las pasé, pero la tercera exploté. Fui a su casa y llamé al timbre, y como no me abrió, no tuve más remedio que llamar a la policía.

Recapitulé mentalmente.

—Y ¿a qué te referías cuando has dicho que no apruebas su proyecto?

—El hostal. —Puso los ojos en blanco—. A ese chico se le ha metido en la cabeza abrir un hostal justo al lado de mi casa.

El hecho de que escupiera más que pronunciara esas dos palabras me hizo escoger las mías con cuidado.

—¿Qué tiene eso de malo?

—¿Tú querrías vivir junto a un hostal? —Me miró con escepticismo—. Compré esta casa precisamente porque esta zona es tranquila, no para tener delante de las narices a mochileros y surfistas emporrados que están de fiesta todo el santo día.

No pude evitar sonreír.

—¿Qué?

—Bueno, que en un hostal no se alojan solo surfistas y mochileros emporrados, ¿no? También hay familias que...

—¿... meten ruido? Sí. —Bajó la vista—. Solo quiero tener tranquilidad, Lou. Me lo he ganado, en serio.

—¿Has intentado hablar con él? Puede que haya una...

—Tú misma acabas de ver cómo se las gasta.

—Y ¿qué piensas hacer ahora? —pregunté con cautela.

—Como es natural, lo que más me gustaría sería que el ayuntamiento le revocase la licencia de actividad.

Me sorprendió.

—¿Se puede hacer eso?

—Marty dice que no es imposible.

—¿Quién es Marty?

—Marty Simmons, mi abogado.

—¿Has contratado a un abogado?

—De momento solo para que me asesore. Pero como Greenfield vuelva a aparecer por aquí y nos amenace, es posible que me vea obligada a adoptar medidas más drásticas.

—Bueno, en realidad Vince no nos ha amenazado, ¿no? —añadí con suavidad.

Kay arrugó la nariz.

—No, en realidad no. Y eso que quizá habría sido incluso mejor que lo hubiera hecho, porque entonces... —Se interrumpió mientras estaba soltando la parrafada y me miró fijamente—. ¿Cómo sabes cuál es su nombre? —Dejó pasar un momento—. Yo no lo he mencionado.

Fui consciente de que disponía de escasos segundos antes de que las mejillas se me pusieran rojas como un tomate y me delataran.

—Nos conocimos ayer en la playa —contesté, en honor a la verdad—. Yo estaba corriendo y él haciendo surf.

—Y ¿te dirigió la palabra? ¿Sabía quién eras?

Parecía alarmada, razón por la cual negué con la cabeza deprisa.

—Tuve... una bajada de tensión y me ayudó.

—¿Una bajada de tensión?

—Por culpa del jet lag y por no beber suficientes líquidos. —Hice un gesto para restarle importancia—. Y Vince me... dio agua.

En el último instante decidí presentarle una versión edulcorada de la verdad. Omitiendo el gesto a lo duque de Hastings.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque no sabía quién era —repuse sin mentir—. Y no quería que fueras blanda conmigo en el entrenamiento.

—¿Has vuelto a tener la tensión baja?

—No —afirmé con determinación—. Como te digo, sé a qué se debió.

Una expresión pensativa asomó a su rostro en forma de ceño fruncido.

—Conque era eso.

—¿Cómo?

—Vince Greenfield. Cuando me ha reprochado que le eché a mi ahijada encima.

Tardé en darme cuenta de a qué se refería.

Antes, la acusación de Vince no tenía sentido; ahora, en cambio, todo encajaba.

Pero... no era posible que de verdad pensara eso.

Que Kay me había pedido que me desmayase delante de su casa para...

¡No! Era una solemne tontería, aunque eso explicaba su extraño comportamiento de esta mañana en la playa.

La idea desencadenó en mí toda una serie de emociones contradictorias.

Sobre todo, incredulidad, pero también pesar, desilusión, enfado, desconcierto.

Me dolió un poco que me tomara por... ¿por qué, en realidad?

¿Cómplice de Kay? Qué absurdo. Y qué poco realista.

Como si a Kay le sirviese de algo que le pudiera describir su terraza.

—Y ¿cómo es que sabía que soy tu madrina? ¿Se lo mencionaste?

—No. —Por un instante me extrañó no haber caído en eso yo misma. La respuesta era obvia—. Le conté a su hermana que vivo al lado y que mi madrina se llama Kay.

Ella enarcó las cejas.

—¿Su hermana?

—Laurie. Ha venido de visita y lo está ayudando con la reforma.

No pude evitar recordar los ojos azules y la sonrisa tan mona, con el espacio entre los dientes. ¿Qué opinaría ella de todo este asunto? ¿Del ruido? ¿De la discusión? ¿De mí?

—En fin, recemos para que esa chica sea una buena influencia —respondió Kay, y lanzó un suspiro.