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Kay ya me estaba esperando cuando, poco antes de las ocho y media, entré en la escuela de tenis. Llevaba un polo rosa Nike y un pantalón corto claro, y en lo alto de la cabeza unas gafas de sol deportivas con cristal de espejo que se bajó a la cara antes de coger su bolsa de tenis del suelo.
—Vamos a la primera. —Señaló la pista dura azul que quedaba más cerca—. Te la he reservado para las próximas semanas. Así no nos complicamos la vida.
Le dediqué una sonrisa de agradecimiento.
—¿Te ha costado venir? —preguntó mientras abría la puerta integrada en la valla por la que se accedía a la cancha.
Hice un gesto negativo y la seguí hasta los dos bancos que había junto a la pista.
—Empieza a calentar, yo voy a por las pelotas, no tardo nada.
Di dos vueltas a la pista corriendo relajadamente y realicé los habituales ejercicios de movilidad articular hasta que Kay volvió tirando de una cesta llena de pelotas.
—Hoy vamos a practicar los golpes paralelos —anunció mientras llevaba la cesta hasta la línea de fondo.
La miré sorprendida.
—¿Paralelos? Básicamente son los únicos golpes con los que ahora mismo no tengo ningún problema.
—Por eso mismo.
Fruncí el ceño.
—Pero...
—Sé que durante estas últimas semanas Milan y tú habéis trabajado sobre todo tus puntos débiles, pero yo quiero probar otra estrategia.
—¿Otra estrategia? —repetí con un deje de inquietud.
Kay hizo un gesto afirmativo.
—Creo que primero deberíamos centrarnos en tus puntos fuertes.
Ver que vuelves a ganar aplomo. Seguridad en ti misma.
—Sacó una pelota de la cesta y se puso a darle vueltas en la mano—.
Milan me envió vídeos de tus últimas sesiones de entrenamiento.
Estás demasiado agarrotada, demasiado tensa, se nota que estás pensando demasiado.
El espejo verbal que me puso delante hizo que tragara saliva.
—Primero tienes que volver a divertirte con el tenis, Lou.
—Sí que me divierto —objeté.
Ella ladeó la cabeza.
—Te quieres divertir, que es distinto.
Esta vez no repliqué, aunque seguía sin compartir la opinión de Kay. Claro que el tenis me divertía, y que precisamente por eso estaba tan tensa, porque no quería perder esa sensación.
—Confía en mí. Si consigues hacerte con el control de tu juego aquí dentro —se dio dos toquecitos en las sienes—, recuperarás el de fuera. —Me lanzó la pelota y la cogí.
Me quedé dos segundos mirando la bola de fieltro amarillo que tenía en la mano y después asentí.
—Se tarda un poco en adaptarse al clima —aseguró Kay mientras yo me ponía a la sombra debajo de la sombrilla para recuperar el aliento.
A lo largo de la última hora el sol había subido rápidamente y en la pista hacía un calor titilante, aunque eran poco más de las diez.
El vestido rojo que llevaba se me pegaba al cuerpo como una segunda piel desde que había empezado con el entrenamiento y el sudor me empapaba la cara.
Saqué la botella de mi bolsa y bebí un buen trago de agua.
Estaba algo caliente, pero me dio lo mismo.
—Ha estado muy bien para empezar. —Kay se sentó a mi lado—. Golpes precisos, potentes. La longitud también era buena.
Acepté el cumplido y me callé que yo nunca había dicho lo contrario.
—En lo que respecta a cubrir las esquinas, todavía te veo un poco contenida en el movimiento, pero es normal después de la lesión. —Me miró el pie derecho, la cicatriz que asomaba del calcetín—. Primero habrá que recuperar la confianza en los tobillos, pero todo se andará.
La seguridad que mostraba Kay me hacía bien, sobre todo porque hablaba por experiencia.
En 2005, mientras disputaba el partido de octavos de final en Roland Garros, se rompió los ligamentos de la rodilla cuando resbaló al deslizarse por la tierra.
Tras un parón de casi siete meses había vuelto a la pista y los medios se habían burlado de ella por su forma «ortopédica» de jugar.
—Muy bien. —Kay dio una palmada—. Pues nos vemos otra vez después de comer, ¿sí?
Le he pedido a Malia que venga a las dos.
—El día anterior me había dicho que me había buscado una compañera con la que practicar.
Malia tenía dieciséis años, entrenaba con Kay desde hacía poco y se la consideraba el mayor talento del tenis de la isla.
Hice un gesto afirmativo, y añadió—: Y Gabe vendrá a eso de las cuatro.
Le he pasado tu historial, así que está al corriente de todo.
—Gracias —repuse, y lo decía de corazón.
Kay había pensado en todo. Había hecho todo lo que estaba en su mano para que yo tuviese las mejores condiciones posibles. Ahora todo dependía de mí. Esta idea me infundía dinamismo, pero también me metía presión.
—¿Tienes el código del gimnasio? —me preguntó cuando salíamos juntas de la cancha.
Asentí, pero, por si acaso, repetí la combinación de números.
—A esta hora no debería haber mucha gente —aventuró Kay, y saludó a Carter, uno de sus entrenadores, que al parecer iba camino del vestuario.
A juzgar por las manchas rojas que tenía en la camiseta, había estado entrenando en tierra batida.
Puesto que el US Open se disputaba en pista dura, Kay y yo no entrenaríamos en tierra—.
Y, si la hubiera, les dices tranquilamente que se vayan, que lo he dicho yo —agregó, medio en broma, pero más bien seria.
Esbocé una sonrisilla, e iba a decir que ni de coña haría tal cosa cuando algo llamó mi atención.
Alguien. Venía hacia nosotras con pasos enérgicos desde el aparcamiento.
Y de pronto fue como si todo se desarrollara a cámara muy lenta, algo paradójico, porque el chico venía muy deprisa.
Y porque... era Vince. «¿Vince? ¿Aquí?».
Lo miré con perplejidad. Oí que, a mi lado, Kay decía algo que no entendí, porque en ese preciso instante un cortacésped se puso en marcha.
—¿Se puede saber qué demonios significa esto? —me espetó cuando llegó a nuestra altura, en un tono que no le pegaba nada aunque sí encajaba con la expresión de su rostro, entre enfadada y rabiosa, y con su cuello, en el que ahora había manchas rojas.
—¿Q-q-qué? —balbucí.
—¡¿Una denuncia?! —escupió mientras blandía un sobre que no le había visto sacar. No podía decir nada. Porque no entendía nada.
—Se lo advertí, señor Greenfield. Nuestros actos tienen consecuencias.
Levanté la cabeza para asegurarme de que era Kay la que había pronunciado esas palabras. Miraba a Vince sin mover un músculo de la cara.
—¿Que me lo advirtió? —resopló él—. Y una mierda, ¡me denunció!
Los ojos le echaban chispas, y poco a poco caí en la cuenta de que no me las lanzaba a mí. Que esto de aquí no tenía nada que ver conmigo.
—Porque con tanto ruido no podía dormir, y no era la primera vez que pasaba.
—¡¿Que no podía dormir?! —Levantó los brazos en un gesto de incredulidad—. ¡Pero si ni siquiera eran las diez!
—No sé si es consciente de ello, pero hay personas que trabajan y necesitan dormir —objetó ella.
—Sabe perfectamente que estoy de obras en casa.
—Pues haga el favor de hacerlas a una hora razonable.
—Eso también le molesta —resopló.
Seguía la escena que se estaba desarrollando ante mí como una espectadora. Kay con la mandíbula adelantada, inflexible. Vince con las manos apoyadas en las caderas. El sol de mediodía confería a su pelo una luz dorada, pero lo tenía igual de enmarañado que el día anterior.
—Fui muy clara desde el principio —arguyó Kay, encogiéndose de hombros—. Usted sabía que no aprobaba su proyecto.
—Hay una pequeña diferencia entre no aprobar y denunciarme y —ahora me miró— echarme a su ahijada encima, ¿no le parece?
—¡¿Cómo?! —espeté, abriendo mucho los ojos.
Los de él de pronto eran dos rendijas. El luminoso azul buscó mi mirada.
—Por favor, que no soy tonto. —Su tono era tan despectivo que un escalofrío me recorrió la espalda.
Antes de que pudiera contestar, Kay intervino:
—¿Se puede saber qué tonterías dice? No necesito echarle a nadie encima.
Vince iba a replicar algo, pero otra voz se le adelantó.
—¿Hay algún problema? —Carter había aparecido a nuestro lado de pronto, recién duchado y, a juzgar por su expresión, alerta—. ¿Quiere que llame a la policía, señorita Diamond?
—¿Qué? ¡No! —solté.
Miré a Kay, que estaba tardando demasiado en contestar, y eso que no podía plantearse en serio dar parte a la policía.
Vince estaba fuera de sí —puede que con razón, puede que no, yo aún no lo sabía—, pero no suponía ningún peligro.
¿O acaso sí? De pronto me sentí un tanto insegura.
Solo conocía a ese chico desde el día anterior, y entonces se había mostrado dispuesto a ayudarme y había sido majo.
Divertido. Esta mañana, en cambio, ya no quedaba nada de ese comportamiento.
Y eso que seguía sin saber si me había visto.
—No será necesario. —Kay interrumpió el hilo de mis pensamientos—. El señor Greenfield ya se iba.
Miré de reojo a Vince. Los músculos de su mandíbula se tensaron, y vi que se debatía consigo mismo. Atacar o retirarse. Retirarse o atacar. Por algún motivo, me hacía sentir una extraña atracción. Agobiada, dejé de mirarlo y me mordí el labio inferior.
—No os saldréis con la vuestra —silbó antes de alejarse de nosotros con pasos enérgicos, encaminarse hacia la salida y doblar la esquina.
—¿Qué ha pasado? —musitó Carter mientras la última frase de Vince aún resonaba en mi cabeza.
«No os saldréis con la vuestra». Curiosamente no era el tono de amenaza lo que me molestaba, sino ese plural. ¿Se refería a Kay y a mí? ¿A Kay y a Carter? ¿A Kay y a otra persona?
—Gracias, Carter —dijo Kay, y con un afable gesto de asentimiento le dio a entender que la situación volvía a estar bajo control.
—De nada. No quería entrometerme, pero me dio la impresión de que el chaval podía causar problemas.
—Eso mismo me olí yo desde el principio —farfulló ella.
Dos chicas adolescentes con sendas bolsas de tenis entraron en las instalaciones y saludaron con la mano a Carter, que consultó su reloj y se despidió de nosotras.