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Había leído en alguna parte que, cuando estaba de viaje, el dalái lama se alojaba la primera noche a propósito en un hotel cerca del aeropuerto porque su alma necesitaba un tiempo para seguirlo hasta un país nuevo.
Alguien que no fuera espiritual, como es mi caso, lo llamaría jet lag .
Tras pasarme un rato dando vueltas y chafando la almohada, me levanté.
El amanecer empezaba a despuntar en el horizonte cuando abrí la puerta del balcón.
Aunque ni siquiera eran las seis, me recibió un calor húmedo.
Más abajo el mar se extendía silencioso y liso como un espejo.
Algunos pájaros daban la bienvenida al día con alegres trinos y a lo lejos cantaba un gallo.
Aparte de eso, reinaba un apacible silencio.
Tras pasarme un rato contemplando el océano, decidí aprovechar el jet lag y salir a correr antes de lo que pensaba, y esta vez no cometería el error de olvidarme la botella de agua.
Recordé, un poco avergonzada, el desmayo que había sufrido el día anterior.
Que Vince me había llevado en brazos. Vince, que tenía los ojos más azules que había visto jamás.
Me eché agua fría en la cara y me cepillé los dientes.
Después me puse el pantalón corto de deporte y una camiseta técnica y me recogí el pelo en una coleta alta que me resultaba cómoda, ya que me permitía sacarla por la abertura de la gorra.
Me enganché el cinturón de hidratación, salí de mi cuarto y bajé las escaleras.
La puerta de la habitación de Kay aún estaba cerrada.
Haciendo el menor ruido posible, llené la botella de agua y me comí un plátano; un pequeño chute de energía no me iría mal.
Ya había amanecido cuando salí de casa por la terraza.
El rosa suave había dado paso a un amarillo cálido, y el gorjeo de los pájaros también había ido en aumento.
Aspirando el perfume que desprendían las flores de las plumerias, bajé a la playa, que todavía estaba desierta, y empecé a trotar por la orilla del agua sin prisa, disfrutando del frescor de la arena en la planta de los pies y de las ininterrumpidas vistas del mar, que se desplegaba en calma ante mis ojos.
Era una estampa bonita, pero el tiempo no acompañaba para practicar surf y no había ni rastro de Vince.
Sentí un irracional asomo de pena, pero me negué a analizarlo.
Tampoco ayudaba que en ese preciso instante pasara por delante de su casa.
Con la pintura amarilla y verde y el árbol que crecía en la terraza resultaba fácil distinguirla desde la orilla.
En lo que el día anterior no había reparado había sido en la pequeña plataforma que se alzaba bajo la copa del árbol.
Daba la impresión de que la barandilla daba la vuelta al tronco.
Qué bonito debía de ser ver el mar desde allí, tomar el primer café del día o contemplar la puesta de sol.
Por la cabeza se me pasaron más imágenes cursis...
además de la pregunta de si habría alguien ahí arriba con Vince.
Me apresuré a espantar esos pensamientos y bajé la vista a mis pies, que para entonces habían cobrado ritmo.
Mi respiración era tranquila y regular. A diferencia del día anterior, me sentía fresca, notaba la cabeza despejada y tenía ganas de entrenar.
Kay había organizado una sesión de entrenamiento por la mañana y un partido después de comer.
Entre medias, pesas y después fisio, así que volvería a ver a Gabe, cosa que también me apetecía.
Animada, aumenté el ritmo. Dejé atrás la torre de salvamento, en la que aún no había nadie, y me crucé con un paseante que le lanzaba palitos a su perro.
En el camino de vuelta corría con el sol de frente.
Disfrutaba del suave calor que sentía en la piel, aunque me pregunté si debería haberme puesto crema.
Como Hawái estaba cerca del ecuador, la radiación solar era mayor durante todo el día.
No solo lo había leído, sino que además mis padres me habían advertido.
«Mañana me acordaré», me dije. En casa, en Múnich, salía a correr a diario, y no quería perder la costumbre aquí porque me ayudaba a cargarme de energía y a empezar el día con la cabeza despejada.
Además, me gustaba aprovechar ese tiempo para definir mis objetivos.
Pensar en lo que esperaba del día, en lo que quería conseguir, en lo que tenía que conseguir para avanzar. Para ser por fin la número uno.
Vigilé mis pulsaciones y bajé un poco el ritmo.
Me crucé con otro paseante y vi que una mujer se metía en el agua con su tabla de paddle surf .
Cuando eché un vistazo hacia la izquierda, fui consciente de que volvía a estar a la altura de la casa de Vince...
que en ese momento bajaba por la escalera.
O al menos creía que era él. El pelo me pareció más rubio que el día anterior, y el bañador negro en vez de rojo, pero su forma de moverse...
de quedarse parado ahora... y mirar hacia mí.
Solo en ese instante caí en la cuenta de que yo también me había parado.
Mi mano fue por libre y se levantó mientras una sonrisa se extendía en mi rostro.
Pero él no me sonrió, lo vi incluso a pesar de la distancia que nos separaba.
Las comisuras de su boca no se movieron ni un milímetro, sus ojos se entornaron.
¿Sería que no me veía? ¿Que no me reconocía?
Puede que fuese una de esas personas que no se quedan con las caras.
O que tenía mal despertar, alguien que antes de las nueve no estaba para cháchara.
Pero el día anterior no era mucho más tarde.
Mientras mis ideas iban de un lado a otro como pelotas de tenis, mis piernas cobraron vida propia y avanzaron unos pasos hacia él, que casi al mismo tiempo se dio la vuelta y se fue por donde había venido.
Desapareció entre los arbustos y las matas que bordeaban la escalera que subía hasta su casa.
Me quedé mirándolo estupefacta. Esperé unos segundos, pero no volvió.
La intuición me dijo que en aquel comportamiento había algo raro, pero desde un punto de vista racional, había muchas explicaciones posibles para su repentina retirada.
A lo mejor se había olvidado algo, o hubiese recordado algo importante.
Puede que Laurie lo hubiese llamado. Sin esforzarme demasiado, encontré tres explicaciones más antes de subir esprintando la escalera de la casa de Kay.
Y mientras estaba bajo la ducha, quitándome el sudor del cuerpo, llegué a la conclusión de que todas ellas eran más probables que la idea de que Vince me había evitado.