This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 4
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—¿Quieres un poco más de ensalada? —me preguntó Kay.

Estábamos cenando en la terraza. El sol se estaba poniendo y bañaba el horizonte en una luz entre naranja y dorada. Del mar nos llegaba un airecillo que se mezclaba con el calor del día que quedaba atrás.

—Gracias, pero no puedo más.

Me llevé la mano al estómago como si tuviera que subrayar lo que había dicho, y eso que Kay había visto que me había zampado dos grandes platos de espaguetis con gambas y tomate.

Estaba muerta de hambre cuando volvimos de la escuela de tenis y eso que ni siquiera había cogido una raqueta.

Quizá arrastrase aún lo del fiasco de salir a correr.

No le había contado a Kay lo que me había pasado en la playa.

Aparte de por orgullo, porque no quería que al día siguiente fuese indulgente conmigo en el entrenamiento.

Al contrario, quería darlo todo. Aprovechar todas las posibilidades que me ofrecía la Diamond School of Tennis.

Después de comer, Kay me había llevado a ver las enormes instalaciones, a las que se podía ir a pie desde su casa.

Las doce pistas duras y de tierra batida, el gimnasio, y la sala de tratamientos y el spa.

Les había estrechado la mano a los entrenadores, había firmado autógrafos para los empleados, había firmado pelotas de tenis y me había hecho selfis con algunas alumnas de la escuela.

Lo que Kay había creado aquí esos últimos años era impresionante, la verdad, y no me sorprendió que quisiera expandirse y tuviera en mente un internado para deportistas.

—¿Y? —Ladeó la cabeza—. ¿Qué me dices?

—¿De las gambas? —Reprimí un bostezo—. ¡Pues que estaban superricas!

Me había contado que la zona de la Costa Norte era famosa por las gambas. Para respetar mi régimen de comidas, Kay las había hecho a la plancha con solo un poco de aceite de oliva y las había condimentado con sal marina.

—Yo también estoy cansada —admitió mientras se frotaba los párpados con los dedos índice—.

Ha sido una noche corta. —Sacudió la mano—.

No es lo que estás pensando otra vez. —Esbozó una leve sonrisa antes de que su rostro recuperase la seriedad—.

Se produjo un pequeño... incidente y tuve que llamar a la policía.

Abrí mucho los ojos.

—¿A la policía?

Levantó la mano como para restarle importancia.

—Por ruido. No te preocupes, esta es una zona muy segura. Y en realidad también tranquila. —Chasqueó la lengua—. Por eso no te pude ir a buscar hoy. Tuve que acercarme a la comisaría para poner la denuncia.

—¿Pusiste una denuncia? —pregunté sorprendida, porque la medida me parecía un poco drástica.

—Es que ya era la tercera vez. Y estaba harta.

Se levantó y empezó a recoger la mesa. Cuando fui a ayudarla, negó con la cabeza.

—No te levantes. Es tu primer día. —Me guiñó un ojo—. Disfrútalo.

Aunque lo había dicho con buena intención, sus palabras volvieron a despertar en mí la inquietud que había sentido antes.

Y es que el hecho de que fuese mi primer día también significaba que ya faltaba un día menos para mi regreso.

Un día que no había aprovechado entrenando.

Sentí unos desagradables remordimientos de conciencia.

Por lo menos había salido a correr, me dije.

Durante unos instantes me vi corriendo por la orilla del mar.

Hacia el sol. Hacia Vince. Llevaba el bañador rojo coral y salía del agua con la tabla de surf bajo el brazo.

Gotas de agua le corrían por el rostro, por el torso desnudo, hacia la fina línea de pelo que...

—¿Lou?

Sorprendida, pegué un respingo. Kay tenía las manos apoyadas en el respaldo de la silla que ocupaba antes.

—Que cuándo quieres empezar mañana.

Su mirada y su tono me dijeron que era la segunda vez que me lo preguntaba.

—Pues... —Tardé un momento en centrarme—. ¿A eso de las ocho y media? Así me da tiempo a correr antes.

Tuve que hacer un esfuerzo para no montarme otra vez la película en la cabeza. «Por favor». Estaba claro que me había dado demasiado el sol. Había bebido muy poca agua. Me había golpeado la cabeza. Y tenía jet lag . Sí, seguro que eso también influía.

—Vale, pues a las ocho y media. Yo ya estaré allí. Tengo que ocuparme de unos correos electrónicos en el despacho. Sabrás ir sola, ¿no?

Asentí. Aparte de que había heredado de mi madre el buen sentido de la orientación, la escuela estaba a lo sumo trescientos metros calle abajo.

Poco después nos dimos las buenas noches.

Subí, me lavé los dientes, me puse el pijama y me dejé caer en la cama estirada como una estrella de mar.

El colchón me gustaba, era duro, y las sábanas olían a limpio, desprendían un aroma floral.

No tardé ni dos minutos en notar que los párpados me pesaban y me dormía.