This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 3
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Cuando abrí los ojos, vi una mesa hecha con palés. Un brasero con ceniza fría. Una silla de lona. En un primer momento solo me sentí desconcertada, después el pulso se me aceleró. Esa no era la terraza de Kay. Sentí un dolor punzante en las sienes cuando me incorporé.

—¡Pero date prisa! Me tengo que ir en diez minutos y no la puedo dejar aquí.

Al escuchar la voz de un desconocido, dejé de notar el dolor de cabeza y me espabilé de golpe.

A menos de dos metros de mí había un chico con un móvil pegado a la oreja.

Le eché unos veinticinco años por lo menos.

Iba descalzo, llevaba un pantalón corto de color caqui y una camiseta blanca que acentuaba lo moreno que estaba.

Su pelo, rubio oscuro, aún estaba húmedo y un poco alborotado, como si después de ducharse se hubiera peinado con los dedos y listo.

—¡Qué va! Seguro que no ha bebido suficiente agua y ha tenido una bajada de tensión.

«No ha bebido suficiente agua». Con sus palabras recuperé la memoria.

Estaba corriendo. Por la playa. No tenía agua.

Como si hubiese recibido una orden, fui consciente de que tenía la garganta seca y carraspeé.

Su cabeza giró rápidamente hacia mí y nuestras miradas coincidieron.

Me quedé sorprendida. Pero no por lo guapo que era; ni tampoco porque sus ojos eran de un atractivo azul, sino porque me sonaba de algo.

Casi era como si lo hubiese visto alguna vez. Pero ¿dónde?

—Te tengo que dejar —susurró sin apartar la mirada—. Se ha despertado.

Puso fin a la llamada y se metió el móvil en el bolsillo del pantalón.

—¡Hey! —exclamó con una sonrisa que no permitía deducir si él pensaba lo mismo que yo. Si nos conocíamos de algo.

—Hey —contesté.

Fue más bien un graznido, porque tenía la garganta completamente seca.

—Espera, que voy a por un vaso de agua.

Desapareció dentro y no me quedó más remedio que seguirlo con la vista.

¿Quién era ese chico? Y ¿dónde estaba yo?

Bajé las piernas del sofá de palés en el que estaba tendida.

Al apoyar los pies cayó un poco de arena en el suelo de madera.

Era viejo y estaba castigado por los elementos; los clavos, oxidados.

Miré a mi alrededor y escudriñé la terraza en busca de algún punto de referencia que me revelase dónde me encontraba.

Muy cerca del mar, eso seguro: no solo lo oía, sino que también lo olía.

Las vistas eran casi las mismas que desde la casa de Kay, tan solo interrumpidas por un árbol alrededor de cuyo tronco se había construido la terraza.

Había una tabla de bodyboard apoyada en la barandilla de madera y de una cuerda de tender aleteaban prendas de ropa como banderines al viento.

Iba a desviar la mirada cuando me llamó la atención una de ellas: un bañador.

De color rojo coral. Y de pronto supe por qué me sonaba el chico.

Por qué tenía la sensación de haberlo visto en alguna parte.

Era el surfista con el que me había tropezado en la playa.

«Míster Bañador», se burló una voz en mi cabeza.

Nos habíamos mirado como mucho un segundo, pero me acordaba de él.

De ese bañador... y del cuerpo que lo llevaba.

Un cosquilleo absurdo se hizo notar en mi estómago.

En ese preciso instante percibí un movimiento. El chico volvía con un vaso de agua.

—Toma.

Cuando me lo dio, le vi de refilón un tatuaje que llevaba en la cara interna de la muñeca. Era del tamaño de una moneda de dos euros y desapareció de mi campo visual demasiado deprisa, antes de que pudiera saber lo que era.

—Gracias. —Sentí sus ojos clavados en mí cuando bebí un sorbo de agua y disfruté de lo mucho que me aliviaba—. ¿Qué ha pasado? —pregunté con una voz que se volvía a parecer a la mía.

Enarcó las cejas.

—¿No te acuerdas?

—Sí, estaba corriendo y después... como que me mareé.

Hizo un gesto afirmativo.

—Te desmayaste. Yo lo vi por casualidad.

Rebusqué en mis recuerdos, pero allí no había gran cosa.

—¿Y después?

—Primero te aparté del sol. —Al ver mi expresión de desconcierto, añadió—: Estabas prácticamente delante de mi casa.

—Oh. —Recorrí de nuevo la terraza con la vista. Conque el chico vivía aquí.

—¿Cómo te encuentras? ¿Llamo a un médico?

Hice un gesto con la mano para restarle importancia.

—Tenías razón. Es solo que no bebí bastante agua.

Frunció la frente.

—Te oí hablar por teléfono —expliqué con una sonrisilla.

—Ah. —Sonrió y me llamó la atención por segunda vez lo increíblemente azules que eran sus ojos—. Hablaba con Laurie, mi hermana. Le he pedido que venga porque...

—Tienes algo importante que hacer y no me puedes dejar aquí.

—Exacto. —Sonrió y consultó el reloj—. Debe de estar al caer. Así que... ¿te importaría hacerte la dormida o algo así? De lo contrario me tocará oír que le he fastidiado la cita en la peluquería para nada.

Al ver mi cara de perplejidad, empezó a sonreír.

—Era coña.

—Ah. Ya. Claro. —Sacudí la cabeza, abochornada, y me bebí toda el agua.

—Probablemente hasta me lo agradezca, porque no es que estuviese muy convencida de lo del flequillo. —Miró mi vaso—. ¿Quieres un poco más?

Negué con la cabeza.

—Debería irme.

Hizo un gesto afirmativo apenas perceptible.

—Siento las molestias. —Me levanté del sofá. De mi ropa cayó más arena al suelo y lo miré, cortada—. Y esto también.

Se rio.

—No pasa nada. De todas formas aquí siempre hay que estar barriendo.

Me di cuenta de que casi éramos igual de altos, con lo que podíamos mirarnos a los ojos.

—Por cierto, soy Vince.

Su boca se curvó en una sonrisa que hizo que apareciesen como por arte de magia dos perfectos hoyuelos en sus mejillas. El corazón me dio un vuelco. No me había pasado nunca. Sobre todo no con un chico al que conocía desde hacía tres minutos.

—Louisa —musité—. O Lou, como prefieras.

—Lou —repitió despacio, como si quisiera probar a ver cómo sonaba mi nombre.

—Anda, si estáis con las presentaciones. —Una voz interrumpió el silencio que se hizo después—. Llego en el momento justo.

Una chica de mi edad vino hacia nosotros sonriendo; estaba claro que era la hermana de Vince porque tenía los mismos ojos azules.

Por lo demás, no podrían ser más distintos.

Ella era al menos una cabeza más baja y menuda.

Llevaba una camiseta oversize amarillo pastel anudada a la altura del ombligo y unos shorts vaqueros deshilachados.

Se había recogido el pelo castaño en una coleta alta de la que ya se habían salido algunos mechones y tenía la nariz quemada, algo que, a juzgar por su piel clara, posiblemente sucediera deprisa.

Para mi sorpresa, no parecía nada estresada o mosqueada, sino que me saludó de buen humor con un:

—Soy Laurie.

Y no me habría extrañado que hubiese añadido: «Y me encanta dar abrazos».

—Hola, yo soy Louisa. —Apreté los ojos, abochornada—. Siento lo de la peluquería.

Se encogió de hombros sin inmutarse.

—Puede que hasta me hayas hecho un favor, porque tampoco es que estuviese muy segura de que me fuera a quedar bien.

—Arrugó la nariz, que me pareció igual que la de Vince: estrecha, recta.

Ni demasiado grande ni demasiado pequeña.

Durante un instante me extrañó que fuese capaz de ver en otro rostro la nariz de un chico al que acababa de conocer—.

La verdad es que es uno de esos cortes de pelo con el que hay que pasarse dos horas delante del espejo para que no parezca que te acabas de levantar de la cama.

—Miró a Vince y entornó los ojos—. Por cierto, ¿tú por qué sigues aquí?

¿No deberías haberte ido hace un buen rato para acudir a esa cita superimportante por la que yo he tenido que faltar a la mía?

—Vaya... a ella —Vince me señaló con el pulgar— le acabas de dar las gracias.

—Solo he dicho que no estaba segura de lo de dejarme flequillo.

Me llamó la atención por primera vez el pequeño espacio que Laurie tenía entre los dos incisivos de arriba. Le daba un aire muy mono a su sonrisa.

—Que ahora tendrías si no te hubiera pedido que vinieses lo antes posible —replicó él.

—Te refieres a si no te las hubieses dado de duque de Hastings.

Su hermano frunció el ceño.

—Podrías haber llamado perfectamente a un médico, pero no, tenías que traer a casa en brazos a la damisela en apuros.

Tardé un momento en entender el significado de sus palabras. Cuando lo hice, abrí los ojos como platos y lo miré estupefacta.

—¿Me trajiste en brazos?

Él ladeó la cabeza.

—¿Cómo pensabas que te había traído hasta aquí?

Me puse roja.

—No sé, creía que me habías... agarrado o algo por el estilo.

—¿Agarrado? —Arqueó una ceja, risueño—. Estabas inconsciente.

Y sudorosa. Y rebozada en arena. Y pesaba. Por favor, qué incómodo.

—No estaba lejos —precisó, restándole importancia.

Dándose unos golpecitos en un reloj inexistente, Laurie le recordó la hora que era.

—Es verdad, me tengo que ir, lo siento —musitó, y creí percibir cierto pesar en su voz—. ¿Le enseñas cómo se va a la playa? —preguntó a su hermana, que asintió y lo espantó con un gesto—. Vale. Pues —dijo levantando la mano—, adiós.

De nuevo reparé en el pequeño tatuaje, de nuevo fui demasiado lenta.

—Adiós.

«Vince», añadí para mis adentros. El nombre le pegaba. Con el pelo, los ojos, la sonrisa.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de la terraza.

—Que te diviertas, Simon —canturreó Laurie.

Él se detuvo y volvió la cabeza para mirarnos.

—¿Quién es Simon?

—El duque de Hastings —respondimos al unísono.

Su cara de perplejidad hizo que rompiéramos a reír. Se fue sacudiendo la cabeza.

—Hemos sido un poco malas —le dije a Laurie.

—Tú no tienes hermanos, ¿no? —me preguntó con una sonrisa de complicidad.

Negué con la cabeza.

—Soy hija única.

Antes esta respuesta iba unida a una pizca de nostalgia.

Siempre había querido tener una hermana.

Alguien con quien poder cambiarme la ropa e inventar un idioma secreto, jugar al tenis por el día y leer bajo la sábana por la noche.

Ahora ya no me importaba que solo fuésemos nosotros tres.

En parte porque ahora sabía que el embarazo de mi madre había sido un pequeño milagro.

Después de estar más de veinte años en el deporte de élite, su regla era irregular, con frecuencia no la tenía durante varios meses, algo que compartían muchas deportistas profesionales.

Y de lo que quizá tampoco me librase yo.

—Lo superará —Laurie me arrancó de mis pensamientos.

Me miré el reloj. Tenía que ir volviendo si no quería que Kay se preocupase.

—Por cierto: ¿tú crees que me quedaría bien?

La miré sin entender a qué se refería.

—El flequillo. —Se cogió el pelo con las dos manos y se lo puso en la frente como para que pareciese un flequillo.

Me pareció que estaba muy mona.

—Creo que te quedaría genial.

Esbozó una sonrisa radiante.

—¿En serio?

Asentí.

—Pues pediré cita otra vez. ¿Cuándo piensas volver a correr así?

Tardé un momento en darme cuenta de que me estaba tomando el pelo. Hice una mueca.

—No me imaginaba que mi primer día aquí fuera a ser así, créeme.

—¿Es tu primer día?

Hice un gesto afirmativo.

—¿Has venido de vacaciones?

—De visita —fue mi evasiva respuesta. Ni Vince ni Laurie me habían reconocido, y prefería que continuara así. Podía pasar perfectamente sin titulares como: «¿Peligra el regreso? Herzog-Riggs sufre un colapso en la playa».

—Yo también estoy de visita. ¿De dónde eres?

—De Múnich. —Por si acaso, añadí—: Alemania.

Me miró con cara de sorpresa.

—No tienes nada de acento.

—Mi padre es estadounidense. Soy bilingüe.

—¡Hala! —No sonó falso, sino más bien como si Laurie se interesara de verdad—. ¿Significa eso que tenéis familia aquí, en O’ahu?

—Ah, no. Mi padre es de Minnesota. He venido... a ver a mi madrina, pero no somos familia.

—Ah. Y ¿no quieres llamarla? ¿Para que venga a buscarte? —Miró mi ceñido short—. No te has traído el móvil, ¿no?

—No hace falta. Vivo solo unas casas más allá. —Mentalmente añadí: «Creo». Mis recuerdos eran un tanto borrosos, pero me acordaba de haber visto la sombrilla amarilla antes de marearme.

—Anda, así que somos más o menos vecinas. —Su rostro se iluminó—. ¿Cómo se llama tu madrina? Puede que mi hermano incluso la conozca.

—Pues... Kay.

Si se percató de mi titubeo, no se le notó.

—Y ¿cuánto vas a quedarte en O’ahu?

—Algo más de seis semanas.

—Qué guay. Yo también pasaré aquí todas las vacaciones. Para ayudar un poco a mi hermano con la reforma. Podríamos hacer algo algún día, si te apetece. —Me miró esperanzada—. Aparte de Vince, aquí casi no conozco a nadie.

—Pues... sí, claro —respondí, más bien por necesidad, porque no tuve el valor de decirle que a lo largo de las siguientes semanas no tendría nada de tiempo libre. Que entrenaría ocho horas todos los días y posiblemente estuviese en la cama a las nueve.

—Si me das tu número, te mando un mensaje. —Metió la mano en su bolso y sacó el móvil—. Y así tienes el mío.

—Vale —balbucí, al verme cogida por sorpresa, y por un instante pensé en darle un número falso. Pero sería incómodo si nos volvíamos a ver. Y en realidad, no pasaba nada por dárselo, así que eso hice.

—Guay —dijo, más para ella que a mí, y volvió a meter el teléfono en el bolso.

Después me enseñó cómo se iba a la playa.

Como en casa de Kay, había una escalera, pero esta era bastante más empinada y estaba cubierta en parte por vegetación.

No quise ni imaginarme lo mucho que le habría costado a Vince subirme hasta allí arriba.

Abochornada, torcí el gesto antes de darme la vuelta de nuevo para mirar la casa.

Era más o menos igual de grande que la de Kay y tenía el mismo tejado plano, pero ahí acababan los parecidos.

El tiempo había clavado sus garras en la pintura de la fachada, en la que se mezclaban el amarillo y el verde oscuro, y los marcos de las puertas y las ventanas también necesitaban una nueva mano.

Pese a ello, tenía encanto. Y me asaltó la extraña sensación de que, si pudiera hablar, tendría mucho que contar.