This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 2
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Una brisa tibia me acarició el rostro cuando salí a la terraza y contemplé el Pacífico.

Era de un azul aguamarina, algo más oscuro en las partes más profundas.

Me llegó el sonido de las olas, mezclado con el gorjeo de los pájaros y el zumbido de los insectos.

Desde donde estaba no se veía bien la playa, solo de vez en cuando asomaba entre las hojas de las palmeras y las densas ramas de las plumerias en flor que delimitaban la terraza de Kay y daban algo de sombra.

Caminé descalza por el suelo de piedra, que el sol había calentado, y me senté junto a la piscina, que era de mosaico azul, lo que daba una intensidad especial al color del agua.

Metí los pies y esperé a Kay, que salió de la casa poco después con dos vasos en los que tintineaban cubitos de hielo.

Me ofreció uno y se sentó conmigo en el borde de la piscina.

Permanecimos un rato moviendo las piernas y charlando un poco de todo: mi viaje, el trayecto con Gabe, mis padres, Múnich, mi lesión, la rehabilitación, el US Open.

—Por cierto, Gabe y tú... —empecé mientras miraba las dos tumbonas que había junto a la piscina—. ¿Sois...?

—Qué va, no. —Profirió una risa demasiado aguda—. Solo es un amigo.

—Un amigo guapo.

Arrugó la nariz, pero acto seguido preguntó:

—¿Te lo parece?

—Para su edad —precisé, encogiéndome de hombros, y las dos nos echamos a reír—. Se da un aire a Jason Momoa. —Cuando su mirada me dijo que no sabía quién era, aclaré—: ¿El actor? ¿Aquaman?

Se encogió de hombros.

—Da lo mismo. En cualquier caso, Gabe parece muy majo. Y —le guiñé un ojo— dio a entender que está separado de su mujer.

—Julie, sí. —La mirada de Kay se volvió pensativa—. Regresó al continente después de lo de Keiko. —Titubeó—. El hijo de Gabe y Julie murió hace unos años, en un accidente de surf.

La miré con cara de sorpresa y estupor.

—Fue una tragedia espantosa.

Afligida, bajé la vista. Una gravedad que se negaba a encajar con el entorno se extendió en la terraza.

—Vaya forma de cargarme el momento, ¿no? —se lamentó Kay—. Hablemos de otra cosa. Tus planes para hoy, por ejemplo. ¿Qué te apetece hacer? ¿Una excursión? ¿Bajar a la playa? ¿O prefieres relajarte en la piscina?

—Pues... pensaba que podíamos empezar con una sesión de entrenamiento.

—¿Hoy?

—Bueno, ya he perdido un día con el vuelo, así que...

Negó con la cabeza, indecisa.

—Llevas en pie más de veinte horas. Es mejor que vayas despacio y empieces mañana a tope.

Aunque sabía que Kay tenía razón, me inquietó la idea de pasarme el resto del día sin hacer nada.

El US Open comenzaría dentro de poco más de seis semanas y aún tenía mucho que hacer.

La coordinación y la sincronización de mis golpes no eran buenas.

Mi juego de piernas era directamente malo y cometía muchos errores no forzados.

Ahora mismo con mi saque no llegaría a ningún sitio y me faltaban partidos de entrenamiento.

Si quería competir con la élite, debía pisar el acelerador a fondo los siete días de la semana.

Al parecer, Kay intuyó mi dilema.

—A ver qué te parece esto: ¿por qué no empiezas corriendo un poco por la playa, sin forzar mucho? Te activará el metabolismo y te ayudará con el jet lag . Después de comer te enseño la escuela de tenis para que te familiarices con el lugar. Y mañana nos ponemos ya en serio. ¿Te parece?

La opresión que sentía en el pecho se aflojó. Sonreí y afirmé con la cabeza.

De vuelta en la habitación de invitados, me quité la ropa que llevaba en el avión y me puse un pantalón corto de deporte verde menta y una camiseta de tejido técnico blanca que en el espejo me hacía parecer muy morena.

El mes de junio en Alemania había sido soleado y caluroso, y me había pasado la mayor parte de él en la pista de tierra batida.

Ese era también el motivo de que mi pelo ahora fuese más color miel que rubio oscuro.

Después de hacerme una trenza, me puse una gorra y me apliqué una generosa capa de protector solar.

Cuando volví a bajar, Kay estaba hablando por teléfono.

Capté palabras como «demasiado ruido» e «inaceptable» antes de despedirme de ella con un gesto y salir por la terraza.

Me di cuenta de que no le había vuelto a preguntar cuál era el importante imprevisto que había tenido y dudé si guardaría relación con esa llamada de teléfono.

Por una puerta del jardín llegué a una escalera estrecha, esculpida en la piedra, por la que se bajaba a la playa.

La arena era blanca y fina. Fui hacia el agua, pasando por delante de una familia que estaba colocando sillas plegables y una sombrilla amarillo chillón en la arena.

Por el momento no había mucha gente. Las olas rompían con fuerza cuando se aproximaban a la orilla.

Un agua que me resultó sorprendentemente caliente me bañó los tobillos y dejé vagar la mirada por el océano, hasta un surfista solitario que esperaba la siguiente ola.

Cuando vio que llegaba, empezó a remar, apoyó las manos en la tabla y se puso de pie de un salto.

Con una postura relajada, se deslizó a toda velocidad hacia la orilla y no pude evitar envidiarlo.

Era precisamente esa facilidad la que me faltaba a mí ahora en la pista.

Me encontraba demasiado tensa, demasiado agarrotada, demasiado atemorizada.

Lo sentía en lo más hondo de mi ser y me lo veía en la cara cuando Milan y yo analizábamos los vídeos de los entrenamientos.

Se me hacía raro estar aquí sin él. Me entrenaba desde hacía muchos años, pero tras el nacimiento de sus gemelos había solicitado el permiso de paternidad y estaría de baja unos meses.

Ese había sido otro de los motivos para venir a Hawái a entrenar con Kay.

Dejé de mirar al surfista, respiré hondo y me puse a correr.

Por la orilla la arena era firme, pese a lo cual no tardé en notar que a mis músculos les costaba lo suyo hacerme avanzar en este suelo.

Tras los primeros doscientos metros comencé a sentir un pequeño tirón en los gemelos.

Además, el aire era sofocante y el sol tropical hacía que la cabeza me ardiera.

Me costaba respirar, y un vistazo a mi reloj inteligente me dijo que mis pulsaciones eran demasiado elevadas.

Por costumbre, fui a coger mi botella de agua, pero en ese momento me di cuenta de que no la tenía.

«¡Mierda!». ¿Por qué no se me había ocurrido ponerme el cinturón de hidratación?

Pasé por delante de una torre de vigilancia y pensé en pedirle un poco de agua al socorrista, pero en ese preciso instante estaba tendido en la arena, haciendo abdominales.

«Vaya, genial». Descansé un poco y seguí corriendo.

Unos minutos después tuve la certeza de que estaba a punto de forzar demasiado la máquina.

Tenía agujetas, la garganta seca y la visión se me estaba nublando peligrosamente.

Sin perder de vista mi pulso, me di la vuelta y me dispuse a regresar.

Dejé atrás al socorrista, que ya volvía a estar en su torre y oteaba con atención el océano con unos prismáticos.

«Ya falta poco, puedes de sobra», me dije para tranquilizarme, y volví a acelerar.

Desde donde estaba hasta la casa de Kay quedaría un kilómetro como mucho.

Dejé atrás a unos niños que se lanzaban a las olas gritando de alegría y me sentí tentada de hacer lo mismo, de meterme sin más en el agua y sumergir la cabeza para refrescarme.

Sin embargo, lo que hice fue secarme el sudor de la frente y continuar.

No muy lejos de donde me encontraba volví a ver al surfista, al que una última ola llevaba hasta la orilla.

Con la tabla debajo del brazo, salió del agua y sacudió la cabeza para apartarse el pelo mojado de la cara.

Llevaba un bañador de surf rojo coral que le caía por las caderas, e incluso desde lejos vi lo atlético que era su cuerpo.

La escena parecía sacada de un anuncio de bañadores.

Proferí un suspiro entre risueño y burlón.

Cuando pasé corriendo por delante de él, nuestras miradas se cruzaron.

Fue solo un segundo, pero bastó para darme cuenta de que era la persona ideal para ese anuncio.

Y de que mi cabeza ya sobrecalentada haría mejor en mirarme los pies.

Mis pies, que con cada paso que daba se hundían más en la arena.

Como si estuviesen lastrados con pesos. ¿Cuánto faltaba?

¿No era esa de ahí delante de la sombrilla amarillo flúor?

Entrecerré los ojos, porque el sol me molestaba, e intenté combatir la sensación de mareo que me sobrevino.

Unos puntitos negros me ofuscaron la vista.

«Oh, no». Paré en seco, apoyé las manos en los muslos y bajé la cabeza mientras respiraba pesadamente.

Solo un momento... solo un... momentito. Solo...