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—Kay no debería tardar en volver, pero, si quieres, entro contigo y te enseño la casa.
Mis sospechas se confirmaron.
—No hace falta —contesté, ya que estaba segura de que Gabe tenía cosas mejores que hacer que ser mi canguro—. Me pondré a deshacer el equipaje.
—¿Sabes dónde está la habitación de invitados?
Una sonrisa cohibida asomó a mi rostro.
—No.
—En la primera planta, la última habitación a mano derecha.
La pequeña detective que había en mí tuvo la sensación de que esa era la confirmación definitiva.
—Vale.
—Bueno, pues bienvenida. —Me guiñó un ojo—. Nos vemos mañana en la camilla.
Asentí.
—Gracias por ir a buscarme.
Al irse, volvió a extender el pulgar y el meñique con los tres dedos centrales encogidos y movió la mano.
Antes de que pudiera preguntarle qué gesto era ese ya había desaparecido en su jeep.
Esperé a que llegara al portón antes de entrar en casa de Kay.
Un agradable aire acondicionado me acarició las mejillas.
Olía bien, a flores o a ambientador. Me quité las zapatillas de deporte y los calcetines y disfruté de la sensación que me produjo el suelo frío en la planta de los pies.
Era de madera noble oscura y formaba un bonito contraste con el interior de la zona abierta del salón-comedor, con los muebles blancos, las pantallas de lino de las lámparas y las alfombras de fibras naturales.
No había mucha decoración. Una moderna escultura de madera, un montón de libros de gran formato y junto a ellos algunas fotografías enmarcadas.
A diferencia de las que había en nuestra casa, no eran de una pareja de novios, ni del primer día de clase, ni de vacaciones en familia, sino de una joven afroamericana en su primera victoria en Wimbledon, una mujer que enseñaba a la cámara con orgullo su plata olímpica y a quien Michelle Obama recibía en el Despacho Oval.
A diferencia de mi madre, tras finalizar su carrera de tenista, Kay no fundó una familia; en su lugar, trabajó para la WTA, la Women’s Tennis Association, creó una fundación para promocionar a los jóvenes talentos del tenis y fue la directora del Open de San Diego.
Había entrenado a una jugadora que estaba entre las veinte mejores del mundo y su autobiografía, En tenis «love» significa cero , había entrado a formar parte de la lista de los más vendidos del New York Times e inspirado un documental de Netflix.
Por último, hacía unos años se había comprado la villa en la playa en O’ahu y había abierto justo al lado la Diamond School of Tennis, la escuela donde a lo largo de las seis semanas siguientes yo prepararía mi regreso.
Continué con mi visita de la casa y vi la cocina.
Los frentes lacados competían en brillo con el acero inoxidable de la nevera, y en la encimera había un frutero con unos plátanos perfectos.
A mi derecha, una escalera subía a la primera planta.
Una alfombra de macramé color crema cubría los oscuros escalones y amortiguaba mis pasos.
Fui hasta el final del pasillo y abrí la puerta.
En un primer momento pensé que Gabe se había equivocado: la habitación era enorme, por lo menos el doble de la que tenía en Múnich.
Seguía el mismo estilo que el resto de la casa, estaba pintada de azul grisáceo y blanco y decorada con materiales naturales y madera.
Una puerta corredera que se encontraba abierta daba paso a un vestidor; otra, a un amplio cuarto de baño con una bañera en la que habría podido hacer surf.
Lo mejor, sin embargo, era el balcón con vistas al mar.
Justo cuando iba a abrir la puerta, oí un ruido en la planta baja.
—¿Lou?
Bajé corriendo y Kay me recibió con una ancha sonrisa.
—¡Lou! —Me dio un cariñoso abrazo antes de separarse para mirarme—. Tienes buen aspecto.
—Tú también.
Aunque sonaba a fórmula de cortesía, lo decía en serio.
Con su metro noventa y su complexión atlética, Kay siempre había llamado la atención.
Sin embargo, su afición a la moda solo la había descubierto al término de su carrera.
Hoy llevaba un pantalón corto amarillo y una blusa blanca.
Su media melena lucía sus rizos naturales, no como antes, en la pista de tenis, donde solo se la veía con trenzas africanas.
—Siento mucho no haber podido ir a buscarte al aeropuerto. —Lanzó un suspiro—. Esta mañana ha sido un auténtico caos.
—¿Qué ha pasado?
—Bah, no importa. —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. Te lo cuento luego con calma. Ahora instálate, deshaz las maletas y... —Echó un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde están tus cosas?
—Arriba, en la habitación de invitados. Gabe me dijo cuál era.
Kay se encogió de hombros.
—Mira qué bien. ¿Te gusta?
Le di a entender con una mirada que no era posible que me estuviese preguntando eso en serio.
—Es una pasada. ¡Sobre todo las vistas!
—¿Ya has estado en la terraza? —Señaló con el pulgar hacia la izquierda mientras me guiñaba un ojo—. Las vistas tampoco están nada mal.