This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 1 #2
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A la cabeza me vinieron las Adidas Duquesa, unas zapatillas de tenis blancas con tres franjas doradas y una corona reluciente que Adidas, inspirándose en el apodo de mi madre, sacó al mercado después de que ella ganara por segunda vez en Wimbledon.

Fui consciente, con cierto retraso, de que Gabe había hablado en pasado y su voz se había teñido de melancolía. El estómago se me encogió.

—Siento lo de tu mujer —farfullé.

—No, Julie no ha... Solo se... fue.

Las últimas palabras apenas resultaron audibles, pero el dolor que rezumaban era más que patente.

Intenté recordar hacía cuánto habían estado mis padres de vacaciones en Hawái.

Cuándo habían venido a ver a Kay a su patria adoptiva.

¿Hacía dos años? Con lo que era imposible que Gabe llevara mucho tiempo separado, a lo que también apuntaba el hecho de que siguiera llamándola «su mujer».

—Mis padres están bien —contesté a la pregunta que me había formulado en un principio, con la esperanza de llevar la conversación de nuevo a un terreno no comprometedor—.

Mi madre disfruta de su vida al margen del jaleo del tenis y mi padre, como trabaja para el ESPN, viaja mucho.

—Caí en la cuenta de algo—. Debería mandarles un mensaje para decirles que he llegado bien.

Saqué rápidamente el móvil y activé de una vez la tarjeta virtual.

Poco después de escribir el mensaje, un nostálgico letrero de madera en el que se veía a un surfista en la cresta de una ola indicaba que habíamos llegado a la localidad de Hale’iwa.

Pasamos por la calle principal, en la que se sucedían casas de madera en colores pastel.

Un suave viento soplaba entre las palmeras que bordeaban la carretera.

Turistas cargados con bolsas salían de tiendas de recuerdos, hacían cola para comprar un helado o desayunaban en las terrazas de las cafeterías.

Surfistas bronceados sacaban sus tablas de remolques y algunas personas pasaban patinando o en bicicleta, dejando que el pelo mojado se les secara al aire.

Era como si todos los clichés de Hawái estuviesen reunidos en unos pocos metros cuadrados.

—Por la noche siempre hay marcha, por si alguna vez te aburres en casa de Kay.

Sonreí, aunque con todo lo que tenía que entrenar no me veía haciendo otra cosa que no fuese caer rendida en la cama.

Entre Hale’iwa y Pūpūkea pasamos por playas de una arena tan blanca que cegaba los ojos.

El mar era de un luminoso azul turquesa e incluso a esta hora ya estaba lleno de surfistas que, subidos a sus tablas, esperaban la ola perfecta.

A mi izquierda se erguían a intervalos regulares lujosas villas en la playa tras portones que se abrían a jardines; a la derecha de la carretera de la costa se extendía un denso bosque que daba paso a escabrosas cordilleras de un verde oscuro.

Finalmente, Gabe puso el intermitente y se detuvo delante de un portón en el que se distinguía un motivo floral tropical.

Bajó la ventanilla y se estiró para introducir un código.

Se oyó un pitido y el portón se abrió y dejó a la vista un camino de entrada bien cuidado.

Palmeras, arbustos en flor y un césped que habría sido la alegría de cualquier jardinero inglés bordeaban el sendero que llevaba hasta la casa, una construcción de dos plantas de madera pintada de azul grisáceo.

Las puertas y los marcos de las ventanas eran blancos; y el tejado, plano, de un material semejante a las hojas de palmera.

A un lado se veía un garaje que parecía una versión en miniatura de la casa.

Sabía que había una terraza con piscina con vistas al mar y una escalera por la que se bajaba directamente a la playa.

Mi madre me había enseñado fotos cuando yo no terminaba de estar satisfecha con lo que me había propuesto.

Como si su presentación de «Tu casa. Tu piscina.

Tu mar» fuera a convencerme de una vez por todas de que era buena idea entrenar las seis semanas anteriores a mi regreso en la escuela de tenis que Kay tenía en O’ahu, Hawái.

—Bueno, pues ya hemos llegado —anunció Gabe, según aparcaba justo delante de la escalera.

Mientras yo veía por el espejo retrovisor cómo se cerraba el portón, él ya se había bajado para coger mi equipaje.

—No hace falta que me lo lleves —rehusé, en vano, mientras se echaba al hombro mi bolsa de tenis y subía la escalera con mi maleta.

Me fijé por primera vez en que también tenía prácticamente toda la pantorrilla tatuada con motivos negros que recordaban a olas.

Dejó la maleta delante de la puerta e introdujo otro código.

Durante un instante me pregunté cómo de estrecha sería la amistad entre Kay y él.

Que yo supiera, en la vida de mi madrina no había ningún hombre, pero tal vez no estuviese al día.

En cualquier caso, la naturalidad con la que Gabe introducía los códigos numéricos aquí y el hecho de que los recordara todos apuntaban a que acudía con regularidad.

Se subió las gafas de sol a la cabeza.