This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 1
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This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1)

This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1)

Por Lilly Lucas

© inepub.com

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Sentí un tirón en la nuca cuando cogí de la cinta de equipajes mi bolsa de tenis roja.

Todavía estaba resentida por la última sesión de entrenamiento.

O estaba pagando el precio por haberme dejado en casa la almohada de viaje y haber dormido con la cabeza apoyada en el brazo durante el vuelo de San Francisco a Honolulú.

Me eché la bolsa al hombro, cogí la maleta y abandoné la sala de recogida de equipajes para ir hacia el vestíbulo de llegadas.

Kay y yo habíamos quedado en que vendría a buscarme.

Recorrí el gentío con la vista, pero no había ni rastro de mi madrina.

Era raro. Con su casi metro noventa, desde luego era difícil no ver a Kay Diamond.

Además, era la puntualidad en persona. Después de escudriñar de nuevo el vestíbulo, dejé la bolsa en el suelo y saqué el móvil de la mochila.

No tenía ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida.

Eso era más raro aún. Justo cuando me iba a guardar el móvil, caí en la cuenta de que no había activado la tarjeta SIM virtual y no tenía datos.

Me registré sin vacilar en el wifi del aeropuerto y en cuestión de segundos me empezaron a entrar mensajes.

En el chat familiar, mis padres me deseaban buen viaje en ese segundo vuelo; mi entrenador, Milan, me había enviado una fotografía de sus gemelos, que habían nacido hacía escasos días; y Helena, la responsable de comunicación de mi familia, me reenviaba una solicitud de entrevista de la revista Stern . Y también tenía un mensaje de Kay:

Lo siento, Lou, pero no voy a poder llegar a tiempo al aeropuerto. Te recogerá Gabe. Busca a un hombre alto.

Fruncí el ceño y leí el mensaje por encima una segunda vez. No era nada propio de Kay calcular mal los tiempos. Y ¿quién era el tal Gabe? ¿Un empleado suyo? Nunca había oído ese nombre.

—¿Louisa?

Levanté la vista del teléfono y vi a un hombre espigado.

Debía de tener la edad de Kay, cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años.

Aunque su pelo era más corto y su barba no tan desgreñada, me recordó a Jason Momoa.

Su mirada era más dulce que penetrante, y llevaba una camiseta amarilla con unas letras descoloridas, pantalones cortos y chanclas.

—Hola, soy Gabe. —Levantó la mano con la sonrisa jovial de una persona madrugadora—. Kay me ha pedido que te venga a buscar.

—¿Se encuentra bien? —pregunté, y me di cuenta de que mi voz se había teñido de cierta inquietud.

—De maravilla. Es solo que le ha surgido un imprevisto. —Sonrió con aire relajado y cogió mi maleta. Al hacerlo, reparé en el tatuaje que cubría gran parte de su antebrazo—. Ya habrá vuelto cuando lleguemos a Pūpūkea.

«Pūpūkea». La localidad que sería mi hogar durante las próximas seis semanas. Que pronunciada por Gabe sonaba mucho más melódica que dicha por mí. Había sido idea de mi madre que preparase mi regreso en la escuela de tenis de Kay en lugar de en casa, en Múnich.

«Necesitas un cambio de aires», aseguró cuando volví a llegar a casa frustrada después del entrenamiento porque no lograba recuperar mi forma.

La lesión que había sufrido el año anterior me había afectado no solo físicamente.

Mi ego también había salido herido. Seguía lidiando con el hecho de haber perdido la oportunidad de convertirme en la número uno del mundo, de poder seguir por fin los pasos de mi madre, Sabine Herzog, «la Duquesa», título que le concedió en su día la prensa deportiva internacional.

Lideró la clasificación mundial femenina durante 175 semanas seguidas.

«Ahora no puedo permitirme unas vacaciones, mamá. El US Open es dentro de dos meses y mi nivel de juego es el de un chimpancé al que hubiesen puesto una raqueta en la mano».

«Eso no es verdad —replicó, medio sonriendo, medio reprendiéndome—. Además, no tenía en mente unas vacaciones. O por lo menos no las típicas vacaciones».

Dos semanas más tarde iba por el vestíbulo de llegadas del Aeropuerto Internacional de Honolulú detrás de un tipo que silbaba tan contento, dejando atrás a turistas a los que recibían con un aloha y coloridos collares de flores.

Sentí una bofetada de calor húmedo cuando salimos del edificio.

Una leve brisa lo volvió más soportable y trajo hasta mi nariz el olor del océano.

El aeropuerto se hallaba muy cerca del mar, algo que probablemente se pudiera decir de casi todo en una isla tan pequeña como O’ahu.

Gabe fue hacia un todoterreno Wrangler rojo cubierto por una fina capa de polvo.

En la capota negra se acumulaban no solo el aire marino en forma de cristales de sal, sino también los excrementos de alguna que otra gaviota.

Logré ver la matrícula, en la que ponía EL ESTADO DEL ALOHA , antes de que Gabe abriera el maletero para meter mi equipaje.

Mientras despejaba el asiento del acompañante para que me pudiera sentar, me fijé en el colgante de madera suspendido del espejo retrovisor y atado con una desgastada tira de cuero.

Una especie de mano con el pulgar y el meñique extendidos.

—Perdona —musitó al tiempo que lanzaba al asiento trasero una botella de plástico vacía—. No contaba con que fuese a subir alguien al coche.

Kay debía de haberle pedido en el último minuto que me fuese a buscar, lo que hizo que volviera a preguntarme cuál sería ese imprevisto tan importante que le había surgido.

—No pasa nada —le aseguré, y me subí y me abroché el cinturón.

La canción que sonaba en la radio se estaba terminando y la presentadora deseó a todo el mundo un feliz comienzo de semana.

Mientras que aquí, en Hawái, el lunes acababa de empezar, en casa, en Alemania, ya llegaba a su fin.

«Doce horas de diferencia», recordé, y pensé en mi madre, que posiblemente estaría tirada en el sofá en pijama, tragándose por enésima vez Un lugar para soñar con una copa de vino.

Cuando su carrera terminó, se retiró de la vida pública en gran medida.

A diferencia de mi padre, que trabajaba para el canal de deportes ESPN y viajaba por medio mundo como comentarista de los grandes torneos de tenis.

Se quedaría en Wimbledon hasta principios de la siguiente semana.

Si no me hubiera lesionado, yo también estaría allí ahora y habría jugado en el «césped sagrado» para intentar ganar uno de los trofeos más codiciados del tenis.

Me arrolló la melancolía con una pizca de FOMO y agradecí mucho que Gabe empezara a hablar conmigo en ese preciso instante.

—¿Qué tal el vuelo?

—Muy bien. Me he pasado la mayor parte durmiendo.

Como si estuviese esperando a que le diesen la entrada, me dio un tirón en la nuca. La masajeé con movimientos circulares y oí que me crujía una vértebra.

—Hiciste escala en San Francisco, ¿no? —preguntó, y se puso unas Ray-Ban Clubmaster.

Por un segundo me sorprendió que estuviese tan bien informado.

—Lo mencionó Kay —aclaró mientras salíamos del aparcamiento del aeropuerto.

—¿Trabajas para ella?

—Pues... no. —Sonrió como si lo que yo había dicho fuese lo más desacertado del mundo—. Somos amigos. Pero tú y yo nos veremos a menudo en los próximos días. Me ha pedido que sea tu fisio.

—¿Eres fisioterapeuta?

No pude disimular mi sorpresa. Quizá porque Gabe tenía más pinta de ocuparse de las hamacas de la playa que de una camilla.

Asintió.

—Tengo una clínica en Hale’iwa. —Al parecer se dio cuenta de que el nombre no me decía nada—. Está a unos diez minutos de Pūpūkea. Hay unas olas brutales, por si haces surf.

Negué con la cabeza.

—¿Y tú? —le pregunté, a riesgo de ponerme en ridículo. Posiblemente los hawaianos fuesen directos del vientre de su madre a una tabla de surf.

—Ya no, no —musitó, y durante una décima de segundo fue como si su voz perdiese de golpe su desenfado. Pero quizá solo fuesen imaginaciones mías, porque acto seguido me preguntó si tenía hambre—. Podemos parar por el camino para que desayunes.

—Un café sería genial.

—Eso está hecho —respondió con otra de sus relajadas sonrisas.

Durante el siguiente cuarto de hora no hablamos mucho, porque el tráfico en las inmediaciones del aeropuerto era denso y Gabe tuvo que concentrarse en conducir.

Poco a poco fue desapareciendo en el espejo retrovisor el perfil urbano de Honolulú y el paisaje se abrió como un libro ilustrado.

Como de la nada surgieron enormes montañas que se alzaban hacia el cielo, con tanta vegetación que era como si estuviesen tapizadas de terciopelo verde.

Por las paredes rocosas se precipitaban cascadas en hilos plateados y a ambos lados de la carretera se extendía una exuberante selva tropical que humeaba con la luz matutina.

Pegué la nariz a la ventanilla, fascinada.

—¿Es la primera vez que vienes a O’ahu?

Hice un gesto afirmativo y él esbozó una sonrisa cómplice.

—Yo nací aquí y sigo sin acostumbrarme a lo bonito que es.

Tras seguir conduciendo hacia el interior durante un rato, Gabe se detuvo junto a un food truck pintado con los colores del arcoíris que, estacionado en el arcén, ofrecía café y dónuts.

Intercambió unas palabras con su propietaria, se despidió con un movimiento de mano que me resultó desconocido y volvió con dos vasos desechables y una bolsa de papel.

Un delicioso olor a chocolate inundó el jeep.

—Sírvete. —Me ofreció la bolsa.

—Gracias, pero de momento me basta con el café —respondí con una sonrisa cordial.

Mi estómago no habría tenido nada que objetar a una dosis de grasa y azúcar, pero mi régimen de comidas no contemplaba que empezara a hacer trampas el primer día. Me conformé con un buen sorbo de café. Estaba caliente y era fuerte, justo como me gustaba.

—¿Qué tal están tus padres? —se interesó Gabe cuando reanudamos la marcha—. Los conocí cuando vinieron de visita. —Vio mi mirada de sorpresa—. Julie... Mi mujer era una gran fan de tu madre. Hasta tenía esas zapatillas suyas, las de la corona.