Capítulo 31
Aunque el tajo recién abierto por Bigbad en el pecho duele como el demonio, me obligo a tragar el torbellino de la traición.
No es momento de regodearme en mi propia estupidez ni de lamer unas heridas causadas por bajar la guardia.
Nunca me he permitido el lujo de la autocompasión y no voy a empezar a hacerlo ahora, en la profundidad de un búnker frente a una inteligencia artificial sin alma.
Si algo ha quedado claro es el control de la Sociedad Phoenix sobre la llave para curar a mi madre.
La razón por la cual he cruzado todos los límites.
Limpio el rastro de las lágrimas con el dorso de la mano y me encaro a la interfaz holográfica.
—Dime qué debo hacer para terminar con esta maldita iniciación —ordeno con la misma frialdad que el sintetizador.
—Tu última misión antes de convertirte en miembro de pleno derecho es inyectar el virus Phoenix en el núcleo de la Brigada.
—El holograma proyecta una serie de líneas de código—.
Para lograrlo, debes insertarlo dentro de la aplicación diseñada por ti para hackear los escáneres biométricos, convirtiendo tu mayor éxito en el caballo de Troya definitivo.
Escucho las instrucciones con la mente trabajando a mil revoluciones por segundo, analizando las implicaciones técnicas de una maniobra casi suicida, pero de una elegancia informática aterradora.
—Una vez integrado en tu código, debes regresar a la Zona 1 y someterte voluntariamente a un control de seguridad —continúa—.
En cuanto ejecutes el programa sobre el escáner, el virus se transmitirá de forma automática al hardware del puesto para, desde allí, incendiar la base principal de la Brigada.
Evalúo el verdadero trasfondo de la tarea.
Al infectar desde dentro el sistema, la Sociedad Phoenix obtendrá una puerta trasera absoluta y permanente a la biometría de todos los ciudadanos.
Conseguirán el control absoluto sobre las identidades, los movimientos y los secretos de cada persona residente bajo el mando de la Cúpula.
Es el jaque mate perfecto. Una entrega de poder total, destinada a convertirme en la arquitecta del nuevo orden o en la mayor traidora de la historia, según se juzgue.
Porque pondré en las manos de esta sociedad secreta no solo datos básicos, sino también registros médicos, deudas y huellas más íntimas.
Toda la información que este mundo hipervigilado tiene sobre ellos quedará expuesta ante un nuevo dueño.
Quizá esté a punto de liberar a la gente de una tiranía solo para encadenarla a otra. Se me cierra la garganta al pensar en los miles de personas inocentes, ajenas a la inminente violación de su intimidad debido a una guerra invisible. Sin embargo, dar marcha atrás significa dejar morir a mi madre.
Para tomar una decisión, necesito garantías.
—Quiero verla —sentencio—. No voy a mover un solo dedo por vuestra causa hasta tener la certeza de que mi madre está bien.
—No puedo llevarte hasta las instalaciones ahora mismo, pero puedo ofrecerte una conexión en tiempo real. A fin de evitar dudas sobre la autenticidad de las imágenes, te invito a llamarla por teléfono en este preciso instante.
Frente a mí, el aire se rasga para proyectar una pantalla sobre los servidores: en ella se muestra una habitación en penumbra con una cama donde descansa una figura.
Saco el móvil y aguanto la respiración al marcar.
Después del tercer tono, el bulto de la cama se agita y una mano busca a tientas el interruptor de la mesita hasta que una luz cálida inunda la estancia.
Reconozco los rasgos de la mujer cuando alcanza el terminal y se lo lleva a la oreja.
—¿Hola? —Su voz suena adormilada.
—Mamá, soy yo.
—¿Estás bien, cariño? ¿Ha pasado algo?
Se incorpora en la cama y se restrega los ojos.
—No. Todo está bien, solo quería saber cómo estabas —consigo articular.
—¿Estás segura? Cielo, puedes contarme cualquier cosa.
—Hoy me han dicho que mañana iré a visitarte. —Cierro los ojos un segundo—. Siento haberte despertado. No podía esperar para decírtelo.
—No pasa nada, sabes que siempre estoy aquí para ti.
—Lo sé, mamá. Te quiero.
—Y yo a ti.
Después de despedirnos, cuelgo y la imagen se desvanece. Me guardo el móvil en el bolsillo y me encaro de nuevo al holograma, sintiendo que el peso de la decisión ya no es una carga.
—Lo haré —digo con firmeza.
En respuesta, una mesa de trabajo emerge del suelo con un mecanismo hidráulico casi imperceptible. Sobre ella, un teclado ergonómico y tres monitores de alta resolución se iluminan al unísono, con las líneas de código de mi propio software de hackeo listas para ser modificadas.
—Tienes todo lo necesario aquí —anuncia La Abuelita mientras su imagen empieza a perder intensidad—.
Si necesitas cualquier recurso adicional, solo tienes que pedirlo a la interfaz.
Ya conoces tu objetivo. Una vez cumplido, recibirás las coordenadas de la ubicación de tu madre.
A partir de ese momento, seguiremos en contacto para coordinar los futuros encargos. Buena suerte, Redhood.
La figura holográfica se disuelve en una nube de estática hasta desaparecer por completo, dejándome a solas con el zumbido constante de los ventiladores.
Me siento frente a los monitores, apoyo los dedos sobre las teclas y dejo que el lenguaje de programación fluya.
No miro hacia la escalera ni una vez. No pienso en BigBad ni en lo nuestro.
En este momento lo único importante es salvarla.