Capítulo 32
Me bajo del coche frente a las imponentes puertas de Wonderlab y me detengo un segundo a estudiar la fachada del edificio en el cual trabajaba.
Luego busco con la mirada el destello de los cascos de la Brigada entre la multitud.
Localizo a mi objetivo cerca de la entrada principal y me ajusto el bolso.
Tomo una inhalación larga antes de caminar con prisa, calculando la trayectoria exacta para chocar contra el guardia con el impulso suficiente como para desestabilizarlo.
—¡Oh, lo siento muchísimo! No te he visto, de verdad. —Finjo preocupación mientras me acomodo el pelo tras la oreja.
El hombre me mira con una expresión cargada de fastidio y se endereza con un movimiento brusco de hombros.
—Tenga más cuidado la próxima vez. —Entrecierra los ojos al fijarse en mí—. Espere un momento… Usted y yo nos hemos visto antes, ¿verdad?
Un escalofrío me recorre la espalda al darme cuenta de que es el mismo del control anterior.
—Puede ser, trabajo en Wonderlab y paso por aquí varias veces al día. —Fuerzo una sonrisa de disculpa y consulto el reloj—. Voy con el tiempo justo, llego tarde a una reunión importante.
El tipo no parece tragarse mi actuación e invade mi espacio personal con esa desconfianza propia del poder de una placa y un arma al cinto.
—No me suena de las entradas diarias, me suena de algo más. —Me escudriña la cara—. Debo realizarle un chequeo de seguridad.
—Bueno, si tienes que hacérmelo, por favor, date prisa. Mi jefe me va a matar si no estoy en la sala de juntas en cinco minutos.
El hombre saca el escáner y me ordena mantener los ojos abiertos mientras el láser rojo empieza a realizar el barrido biométrico sobre mis pupilas.
Ejecuto el programa desde mi terminal oculto con un toque imperceptible en el bolso y espero a que la ficha falsa aparezca en su pantalla, notando cómo el pulso se me acelera cuando vuelve a hablar sin apartar la vista del dispositivo.
—Mientras esperamos, puede darme su número de empleada.
Justo cuando voy a abrir la boca para inventar cualquier excusa, una voz grave y autoritaria resuena a mi lado.
—Ahí estás por fin. Levi me está matando a mensajes preguntando dónde diablos te has metido —dice BigBad.
Tardo un segundo en reaccionar. El traje de corte impecable y la corbata digna de un ejecutivo de alto nivel le dan una imagen muy alejada del mercenario que conozco tan bien.
—Este agente me ha parado para hacerme un registro de rutina —consigo decir, rogando por hacer pasar mi sorpresa como el agobio de una empleada rescatada por un colega.
BigBad saca su propio móvil y teclea algo con rapidez mientras me dedica una mirada de soslayo imposible de descifrar.
—Le acabo de decir a Levi que ya vamos de camino —dice, antes de girarse hacia el oficial con una ceja alzada—. ¿Está todo en orden o necesita algo más? Levi Carwell nos está esperando y no creo que le siente nada bien el retraso en su agenda por un control.
Al oír el nombre del CEO de Wonderlab, el tipo se pone lívido y retira el escáner con una celeridad casi cómica, balbuceando una disculpa.
—Yo… no sabía que trabajaban directamente para el señor Carwell, lo siento mucho —murmura, intimidado—. Pueden ir, por supuesto. No quería interferir.
Asiento con la cabeza y empiezo a caminar hacia el interior del edificio junto a BigBad con la certeza de que el virus se está propagando por las venas de la Brigada.
Avanzamos hacia los tornos de acceso con la confianza de quien es dueño del lugar, pero, al aproximarnos a la barrera de cristal y acero, los pelos de la nuca se me erizan.
No tengo credencial; la mía fue desactivada y borrada del mapa hace años, y ahora me encuentro frente a un sistema de seguridad de nivel corporativo indiferente ante excusas o prisas.
Justo cuando el pánico amenaza con romper mi máscara, noto un roce fugaz en la palma.
De forma imperceptible me desliza una tarjeta de plástico.
La presiono contra el lector con el corazón en la garganta y, tras un glorioso pitido electrónico, las hojas se abren.
Lo sigo hasta la batería de ascensores, mezclándonos con una marea de empleados con olor a café caro y perfume de diseñador.
Entramos en una de las cabinas y la aglomeración nos obliga a quedar casi pegados.
El roce de su brazo contra el mío despierta en mí una reacción que recuerdo demasiado bien.
Me muerdo la lengua para no maldecir. Me resulta humillante desear todavía a un hombre capaz de convertir nuestra historia en su mejor actuación.
Los números del indicador digital ascienden en el panel, hasta parar en la cuarta planta con un tintineo suave.
El contacto de la palma de BigBad en la parte baja de mi espalda, instándome a salir, me quema a través de la fina tela.
Recorro el pasillo con la cabeza alta, dejando cubículos y salas de reuniones acristaladas atrás.
Ahogo un grito de sorpresa cuando de un tirón me arrastra y nos encierra en un almacén saturado de cajas de folios, tóners y material de oficina.
La luz parpadeante del fluorescente me devuelve una realidad incómoda: estamos solos. En mi intento de apartarme de él, mis omóplatos chocan contra la estantería metálica.
—Tenemos que hablar —lo dice tan bajo que no sé si me lo he imaginado.
—Ah, ¿sí? —Le dedico una mirada cargada de desprecio—. Y creías que el mejor momento para nuestra charla era precisamente ahora, mientras ejecuto la última misión de mi iniciación. ¿O acaso esto también forma parte del entrenamiento?
—De nada, por cierto. —Que ignore mis palabras me resulta todavía más irritante.
—¿De nada por qué?
—Por salvarte el cuello ahí fuera.
—Todo marchaba según lo previsto. —Doy un paso hacia él—.
Y estoy harta. Harta de esta personalidad controladora y de tu fingido interés.
Ya no necesitas camelarme para hacerme perder el tiempo ni poner obstáculos en mi camino.
La función ha terminado. El virus está dentro y yo ya soy parte del equipo.
Al sacar el móvil, leo la notificación con la dirección encriptada del lugar donde tienen a mi madre. Guardo el terminal, le dedico una sonrisa gélida y me ajusto el bolso.
—Un placer haberte visto disfrazado, te sienta bien el traje.
Extiendo la mano para coger el pomo y salir de este zulo asfixiante. Sin embargo, su mano se estrella contra la madera y en un segundo me tiene apresada contra la puerta. Ha perdido la fachada de ejecutivo para convertirse en la bestia que conozco.
—Si crees que lo que pasó entre nosotros fue una mentira o parte de un maldito plan, no has prestado la más mínima atención. —Su aliento me roza los labios—. O quizá sobreestimé tu inteligencia.
—Suéltame. —La voz me traiciona con un leve temblor.
—Ni de coña. Follarte y obsesionarme contigo no estaba en mis planes y mucho menos que te convirtieras en la mujer que me obligaría a sentir algo de nuevo.
—Me aplasta con todo el cuerpo—. Me prometí no volver a amar a nadie.
No después de Daisy. Enamorarse es una debilidad, y en mi mundo, tener una sola grieta es firmar tu sentencia de muerte. Pero ya es tarde.
Me rodea el cuello con los dedos, una caricia que mi cuerpo reconoce mucho antes que mi cabeza. Es retorcido cómo, la misma mano que me saboteó en las sombras, es la única capaz de devolverle el latido a mi corazón.
—Te has convertido en mi puta perdición.
Siento haberte hecho daño, de verdad lo siento, aunque volvería a hacer cada una de esas cosas, volvería a sabotearte y a mentirte si eso significa tenerte aquí y poder saborearte otra vez.
Soy un monstruo, Rouge. Olvidé cómo se ama de forma dulce hace mucho tiempo y no puedo ofrecerte flores ni finales felices.
Pero no quiero una vida en la que tú no estés.
Se queda ahí, respirando sobre mi boca, dándolo todo en una confesión con más tintes de amenaza que de promesa de amor, dejándome clara mi condición de presa. Y lo peor de todo: una parte de mí, la más oscura, no quiere escapar.