The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 30
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Capítulo 30

Bajamos por la espiral metálica con cuidado, notando cómo el ambiente se impregna de un aroma a ozono y estática justo antes de que la escalera desemboque en una puerta blindada que se abre sin emitir el menor sonido.

No tenía muy claro qué me encontraría aquí; sin embargo, nada me preparó para este santuario tecnológico oculto bajo toneladas de tierra y raíces.

Hileras interminables de torres de servidores parpadean en la penumbra, creando un laberinto de silicio en el que el ronroneo de los ventiladores es la banda sonora.

Escaneo el lugar, buscando entre las sombras la figura de una mujer, una jefa de facción o, al menos, un ser humano de carne y hueso que justifique el nombre de nuestro contacto.

Sin embargo, la estancia parece estar desierta.

Me detengo frente a la unidad central y me giro hacia BigBad con el ceño fruncido.

Estoy a punto de preguntarle si nos hemos equivocado de coordenadas, cuando una interfaz holográfica se proyecta a unos pasos de nosotros.

Los píxeles se aglutinan hasta formar el rostro esquemático y estilizado de una mujer, cuya voz, con la calidez artificial otorgada por un sintetizador, parece surgir de todas las direcciones.

—¿Tienes algo para mí, Redhood? —El modo en que el holograma inclina la cabeza me incomoda.

Busco en el semblante de BigBad una pizca de la misma perplejidad causante de mi parálisis, pero él permanece impasible, con la mandíbula apretada y esa expresión de granito libre de cualquier rastro emocional. Me obligo a recuperar la compostura, decidida a no perder la cabeza.

—Sí, la tengo.

Me desabrocho el abrigo con dedos todavía algo temblorosos por la adrenalina de la pelea y extraigo la caja del bolsillo interior. El holograma parpadea y una de las torres situadas justo a mi derecha emite un clic y revela un pequeño compartimento que se desliza hacia fuera.

—Colócala ahí —ordena la entidad digital.

Me acerco, deposito la caja en la ranura y, en cuanto el mecanismo detecta el contacto, el compartimento se cierra. Retrocedo hasta situarme de nuevo al lado de BigBad porque la cercanía de su cuerpo contra el mío es mi único anclaje contra toda esta locura.

—Debes de tener muchas preguntas, Redhood —dice el holograma—. Ahora que has completado la misión de iniciación, podrás conseguir algunas respuestas. Para empezar, soy La Abuelita y, como ya habrás deducido, soy la entidad gestora de The Woods.

Me cuesta asumir la verdad. La mente maestra a cargo de la red que guio mis pasos es un jodido algoritmo.

No tengo tiempo de asimilarlo porque continúa su discurso, explicando con una frialdad matemática que The Woods, lejos de ser una simple plataforma de encargos, funciona como el filtro y la herramienta de reclutamiento de la Phoenix Society para captar a sus activos.

—¿Quiénes son? ¿Qué es la Phoenix Society? —pregunto.

—La sociedad creada para luchar contra el control absoluto del Gobierno de la Cúpula. —La imagen se vuelve más nítida.

—¿Vuestro plan es tumbar el sistema porque buscáis el bien común o algo así?

—No te equivoques. Si buscas justicia social, has venido al lugar equivocado; ese cuento de hadas no tiene cabida en este mundo. Phoenix Society busca hacer valer sus propios intereses y, por lo que BigBad nos ha contado, esos fines se alinean perfectamente con los tuyos.

Me quedo helada ante esa afirmación y giro la cabeza hacia él. Con el corazón martilleándome contra las costillas, trato de hallar la lógica detrás de la última declaración de la máquina.

—¿Cómo que les hablaste? —Se me entrecorta la voz.

—Es hora —sentencia La Abuelita antes de que él pueda responder, clavando sus ojos virtuales en la figura imponente que tengo a mi lado.

Un hormigueo empieza a recorrerme el cuerpo, desde la nuca hasta los dedos de los pies, y en su expresión encuentro algo que jamás pensé ver en él: culpa.

—¿Qué relación tiene él con todo esto? —le exijo a La Abuelita—. ¿Qué está pasando?

BigBad abre la boca para hablar, pero el gesto me genera una rabia súbita incontrolable y le corto con un ademán brusco.

—No tú —le escupo—. No quiero oír ni una sola palabra de ti ahora mismo. Quiero que me lo explique ella.

La Abuelita asiente con una parsimonia irritante y entrelaza sus manos digitales.

—Llevamos casi tres años siguiéndote. Estudiándote como un posible activo de alto valor para nuestra causa.

—¿Tres años? —repito con incredulidad.

—Fue BigBad quien te recomendó —continúa ella sin inmutarse—. Te vio moviendo información y trapicheando con programas en el parque, justo al lado del hospital.

La pieza del puzle encaja y los recuerdos me golpean: el árbol del dibujo de Daisy.

—Ese es el sitio —susurro, con la traición atragantada en la garganta—. De ahí me sonaba.

—Llevaba a Daisy a jugar allí —explica él—. Fue donde te vi por primera vez. Me fijé en ti, en cómo operabas, y empecé a estudiarte hasta darme cuenta de lo que eras capaz. Supe que serías un activo vital para Phoenix Society.

Intento mantener la calma, respirando hondo con la idea de restarle gravedad al asunto.

Después de todo, me conocía de antes y me propuso para su organización, algo que en su mundo podría considerarse un favor.

Trato de justificar su secreto durante todo este tiempo, incluso cuando nuestra relación pasó de ser puro sexo a algo mucho más profundo.

Sé cómo es: un hombre reservado, capaz de ocultarlo porque tal vez…

—Tenía prohibido decirte que fui yo la persona encargada de tu reclutamiento —añade él, rompiendo mi última línea de defensa.

Asiento con firmeza, aunque por dentro me estoy cayendo a pedazos, y vuelvo a centrarme en la interfaz holográfica, para que La Abuelita termine de desmontar todo mi universo.

—¿Dónde está mi madre? —Ignoro el nudo aferrado a mis cuerdas vocales—. ¿La tenéis vosotros?

—Tu madre está a salvo en unas instalaciones privadas de la Sociedad —responde con esa calma imperturbable que empieza a ponerme enferma—. Recibe todos los cuidados necesarios y, si logras superar la última prueba de tu iniciación, tendrás acceso total al procedimiento médico para curarla.

Suelto el aire de golpe, un suspiro que es mitad alivio y mitad asfixia, mientras me paso las manos por el pelo. Cierro los ojos un segundo, aferrándome a la idea de que todo este infierno ha tenido un propósito real, pero la voz de la inteligencia artificial me obliga a abrirlos de nuevo.

—Sin embargo, antes debemos terminar el proceso. Has demostrado ser una recluta extremadamente capaz, Redhood, incluso a pesar de todos los contratiempos y obstáculos que tu mentor puso en tu camino.

La sangre se me congela en las venas y las entrañas se me hunden como si me hubiera abierto en canal para rellenarme de piedras.

—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con los obstáculos del mentor?

—BigBad fue el encargado de sabotear cada uno de tus movimientos en las misiones anteriores —dice La Abuelita, como quien comenta el pronóstico del tiempo—. Su labor era poner a prueba tu capacidad de respuesta bajo presión extrema, provocando las crisis que tuviste que resolver.

Giro la cabeza hacia él con tanta violencia que me cruje el cuello.

Lo fulmino con la mirada, viéndolo allí, estático, recibiendo el impacto de mi odio sin parpadear.

No lo pienso. No razono. Le lanzo un puñetazo directo a la cara con todas mis fuerzas.

El impacto de mis nudillos contra su mandíbula me recorre el brazo, pero él ni siquiera intenta esquivarlo o defenderse; se limita a encajar el golpe, dejando que su cabeza se mueva por la inercia.

—¡Pedazo de mierda! —El insulto me sale del alma—. ¿Todo este tiempo me has estado mintiendo? ¿Todo ha sido una puta actuación mientras fingías ayudarme cuando eras tú quien me estaba jodiendo la vida y poniéndome zancadillas?

Enfurecida, le echo en cara cada segundo de angustia, cada momento en el que pensé que íbamos a morir por situaciones provocadas por él.

Las lágrimas me corren por las mejillas, calientes y amargas, barriendo el simulacro de frialdad sostenido hasta ahora.

Resuello, buscando aire en este búnker asfixiante, y cuando él hace un amago de dar un paso hacia mí, retrocedo como si su contacto fuera veneno.

—No te acerques —siseo entre dientes—. Soy una imbécil.

Una maldita imbécil que decidió creerte cuando todas las señales estaban ahí delante, gritándome que huyera.

¡Y lo peor no es haberte creído! Lo peor es haberme enamorado del puto lobo feroz para acabar descubriendo que lo único que quería la jodida bestia era devorarme.

Él vuelve a intentar acortar la distancia, con esa sombra de culpa todavía instalada en sus ojos, pero lo freno con la mano extendida.

—Vete de aquí —le ordeno—. Lárgate.

—Rouge, no me voy a ir… —empieza a decir.

Su voz solo sirve para encender más mi ira. Me giro hacia el holograma de La Abuelita.

—Sácalo de aquí ahora mismo o juro quemar cada maldito centímetro de este búnker, empezando por tus servidores —amenazo, y lo digo con la certeza de quien ya no tiene nada que perder.

—Eso daría igual, Redhood. Mi existencia no depende exclusivamente de este emplazamiento físico —responde la IA con una lógica aplastante—, aunque entiendo tu punto de vista. BigBad, debes marcharte. Es una orden.

En cuanto él va a protestar, un destello de luz roja de La Abuelita en la interfaz lo corta.

BigBad me dedica una última mirada cargada de palabras que ya no quiero escuchar y, finalmente, se da la vuelta.

El golpe de la puerta de hierro al cerrarse confirma su marcha, dejándome a solas con los restos de nuestra historia.