Capítulo 29
El aire gélido del Perímetro C traspasa las costuras de mi abrigo mientras nos movemos entre las sombras proyectadas por los restos de un mundo devorado sin piedad por la naturaleza.
El aserradero emerge envuelto en una maraña de enredaderas.
A medida que nos aproximamos, me toco el bolsillo interno del pecho para comprobar si la caja sigue ahí.
BigBad —porque todavía no me acostumbro a usar su nombre— está a menos de un metro de distancia, aunque a veces se funde en la oscuridad hasta volverse invisible.
Alcanzamos la brecha en la construcción que él localizó durante el reconocimiento y, mediante señas, me ordena no separarme de su lado antes de internarse en las entrañas de la nave.
Una vez dentro, el olor a madera podrida y humedad me invade las fosas nasales.
El eco de nuestros pasos sobre el suelo de hormigón agrietado se amplifica entre paredes devoradas por la maleza, marcos sin cristales invadidos por las ramas y vigas sepultadas bajo el musgo.
Saco el móvil para consultar la aplicación de The Woods y observo cómo el cursor de nuestro objetivo parpadea unos metros más adelante, justo en el nivel inferior, accesible mediante una escalera de hierro apostada en mitad del pasillo principal.
Estoy a punto de señalarle la ruta cuando un chasquido metálico, rítmico y pesado, rompe la quietud del ambiente y nos hace frenar en seco.
BigBad se tensa al instante y extiende un brazo para empujarme tras su espalda sin dejar de escanear el lugar.
Frente a nosotros emergen de entre las sombras dos hombres ataviados con ropa técnica en tonos verdes y marrones.
Mi sangre se congela, no por su presencia, sino por los instrumentos que sostienen: empuñaduras largas rematadas en una hoja ancha y curva que vibra con una energía azulada.
El borde eléctrico sisea al contacto con el aire mientras arroja una luz mortecina sobre sus rostros inexpresivos.
—No os conviene iniciar una pelea hoy —suelta BigBad—. Ya conocéis el final de vuestros predecesores.
Los dos individuos avanzan despacio.
—BigBad —le susurro con los labios pegados a su nuca.
—Ahora no, Rouge —me dice, sin apartar la vista de los tipos.
—Solo es para decirte que hay dos más detrás —suelto con un hilo de voz.
En cuestión de segundos nos encontramos rodeados y el zumbido de esas hojas electrificadas se vuelve ensordecedor.
—Yo los entretengo. —Todo su cuerpo se prepara en posición de ataque—. Tú corre hacia la puerta de las escaleras y no te pares por nada.
—Ni de coña, no voy a dejarte…
—No es el momento de tocarme los huevos —me corta—. Obedece y lárgate de aquí de una puta vez.
Aprieto los dientes y deslizo los dedos hacia el bolsillo para extraer mi navaja. El frío del metal en la palma al desplegar la hoja me reconforta, pese a que es un recurso ridículo comparado con los filos eléctricos de los Leñadores. De todas formas, la empuño con determinación.
—¡Corre! —ruge al lanzarse hacia la izquierda, arrollando al leñador más cercano antes de permitirle reaccionar.
Le arranca el hacha y lo hace caer contra una de las máquinas, dejando libre el hueco que necesito para escapar. Corro sin mirar atrás. A pesar de resbalar en el musgo, mantengo el equilibrio hasta que un tirón violento en la capucha de mi abrigo me lanza de espaldas contra el suelo.
El impacto me deja aturdida un momento. Luego, el instinto de supervivencia se impone y ruedo hacia un lado justo cuando el leñador descarga su filo donde estaba mi cabeza.
Un estallido de chispas azules ilumina el entorno.
Desde el suelo, aprovecho para lanzar un tajo con la navaja.
El metal corta la carne de sus pantorrillas desprotegidas y el tipo suelta un grito, agarrándose la pierna mientras la sangre empieza a manchar el hormigón.
Me incorporo sobre los codos y busco a BigBad entre el caos. Está peleando contra dos de ellos a la vez, mientras otro yace inmóvil en el suelo. Al sentir mi mirada, gira la cabeza, con los músculos en tensión.
—¡Vete ya! —grita.
Me pongo en marcha y sorteo los escombros con la meta fijada en la puerta de acceso a las escaleras.
Sin embargo, no logro rozar el pomo. Alguien surge de la oscuridad y me empuja contra una máquina oxidada.
El golpe me vacía los pulmones. Vacilo un segundo; un error fatal que el hombre aprovecha para abalanzarse sobre mí y rodearme el cuello con sus dedos.
Aprieta con una saña inhumana. Intento zafarme.
Le araño el dorso de las manos y los antebrazos, en busca de un resquicio de aire.
En mitad de la agonía, un pensamiento absurdo me cruza la mente: cuando es BigBad quien me toca, todo mi cuerpo arde de deseo.
Ahora, en cambio, solo siento el frío gélido de la muerte reclamándome.
La visión se me vuelve borrosa, las luces del taller se apagan y, justo cuando estoy a punto de rendirme, la presión cede de golpe.
El hombre cae a mis pies para revelar la figura de BigBad, que se acerca con la respiración agitada.
—El único con permiso para asfixiarte soy yo.
A pesar del dolor y del sabor a sangre en la boca, le dedico una sonrisa temblorosa, que él me devuelve con la cara manchada de hollín y sangre.
Alguien embiste a BigBad por el costado con la fuerza de un tren de alta velocidad. Los dos caen al suelo y ruedan entre el serrín. El leñador logra ganar la posición superior y comienza a descargar puñetazos brutales.
El sonido de los nudillos impactando contra carne me saca del estado de shock.
Impulsada por un instinto primario, aprieto la empuñadura de la navaja con tal fuerza que los nudillos me duelen y, de un salto, me subo a la espalda del agresor.
Clavo la hoja en su garganta. Como el hombre no cede en su agarre, saco el metal y vuelvo a hundirlo una y otra vez.
Pierdo la cuenta de las veces que el filo entra y sale, sumergida en un trance oscuro donde solo existe el calor de la sangre derramada sobre mis manos y la necesidad de protegerlo.
La voz de BigBad, rota y áspera, me trae de vuelta a la realidad.
—Rouge, para… ya está muerto.
Me bajo del cuerpo del hombre con torpeza y lo observo hacer rodar el cadáver del leñador hacia un lado para poder incorporarse con una mueca de dolor. Me arrodillo a su lado, ignorando el temblor de mis hombros y la humedad pegajosa en la ropa.
—¿Estás bien? —Busco con la mirada cualquier herida importante.
—Sí —consigue articular, llevándose una mano al costado—. Debo de tener un par de costillas rotas, nada más.
Le tomo la cara con ambas manos, sin importarme dejar rastros de sangre sobre su piel, y lo beso. Tarda un segundo en reaccionar, pero, cuando lo hace, me corresponde con la misma intensidad.
—¿Tú estás bien? —pregunta al separarse.
—Sí, solo me duele un poco el cuello.
—No hablo de lo físico —insiste, con sus ojos fijos en los míos—. Acabas de matar a alguien por primera vez y esa acción deja siempre una cicatriz.
—Iba a matarte. —La frialdad en mi tono me sorprende.
Nos ponemos en pie, sostenidos el uno en el otro, y caminamos hacia la puerta de hierro.
Al abrirla, un chirrido retumba en toda la estructura.
El camino hacia el punto de entrega para depositar la caja está despejado.
Mientras lo sigo por las escaleras, aguardo la llegada del remordimiento.
Busco ese peso en el estómago o esa náusea asociada por defecto al acto de arrebatar una vida; sin embargo, no aparece la culpa, ni el asco, ni la pena.
En su lugar, me inunda la certeza absoluta de que volvería a clavar esa navaja sin pestañear si alguien intentase apartarlo de mi lado.