The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 27
77%

Capítulo 27

El trayecto de vuelta al refugio transcurre en silencio y, nada más cruzar el umbral de la sala de servidores, me abalanzo sobre la estación de trabajo para conectar el terminal al puente de datos e iniciar la subida del programa a la interfaz de The Woods.

La barra de progreso parece burlarse de mi impaciencia por cerrar este capítulo, hasta que, al fin, el proceso termina y el panel principal se desbloquea, lo que da la misión por concluida.

No puedo apartar la vista de la pantalla, concentrada en la última parte de la coordenada necesaria.

Abro el mapa de la ciudad en uno de los monitores y tecleo la ubicación completa: «Distrito Este - Perímetro C - Nivel Cabaña del Claro». Es un antiguo aserradero en mitad de una explanada circular sepultada bajo el crecimiento descontrolado de la vegetación.

—Lo tengo.

Me pongo en pie de un salto y estoy por coger la mochila cuando BigBad se interpone en mi camino.

—Frena. —Su tranquilidad al decirlo resulta mil veces más aterradora que el rugido en el callejón—. Primero debemos estudiar cada centímetro de ese terreno y plantear una estrategia de entrada y salida que no dependa de tu capacidad para improvisar sobre la marcha.

—No tenemos tiempo. —Trato de manotear la correa sin éxito—. Venga, vamos al lío, que los dos tenemos ganas de acabar con esto.

Él me agarra por los hombros.

—Aunque entiendo que quieras terminar con esta pesadilla de una vez, me niego a permitir que te tires de cabeza a un pozo sin fondo solo por las prisas.

No me pongas a prueba de nuevo. —Abro la boca para rebatir su argumento.

Él continúa como si nada—. Iré yo primero.

Tú te quedarás aquí, frente a esas pantallas, como soporte remoto, para monitorizar cada señal de la red y avisarme de cualquier movimiento.

Serás mis ojos y mis oídos desde la seguridad de este refugio.

Cuando tengamos bien estudiado el lugar, puedes ir a entregarle la caja a La Abuelita.

Me muerdo el interior de la mejilla, a punto de soltar una réplica mordaz sobre su exceso de protección, pero la lógica gélida de sus palabras y el recuerdo de su mano sellando mi boca hace apenas una hora me detienen.

Tras mi escapada a la Zona 1, las posibilidades de asomar la nariz fuera de estos muros sin él son inexistentes y, si quiero llevar a cabo esta misión con éxito, debo reconocer que mi lugar está detrás de los firewalls y no esquivando balas entre ruinas. Asiento con la cabeza de mala gana.

—Está bien, tú ganas.

Me rodea el cuello con la mano para darme un beso posesivo y, antes de poder alcanzar las solapas de su chaqueta, retrocede sin dejar de mirarme y lanza un dispositivo negro que atrapo al vuelo.

—Nos escuchamos por ahí —suelta mientras desaparece por la puerta.

Tardo unos segundos en procesar el contacto eléctrico de su boca y la frialdad de su partida, hasta que la urgencia de la misión me obliga a reaccionar. Me coloco el dispositivo en la oreja, ajusto el auricular y me dejo caer en el asiento frente al despliegue de monitores.

—¿Me recibes? —pregunto, tecleando códigos de encriptación para asegurar la frecuencia.

—Fuerte y claro. —La voz de BigBad llega con una distorsión metálica.

—¿Sabes llegar al punto de extracción o vas a necesitar que te lleve de la mano? —Despliego el mapa satelital de la Zona 3 para seguir el rastro de su señal.

—Conozco el camino hasta el Perímetro C; a partir de ahí, me toca confiar en que tus ojos sean tan agudos como dices. Guíame.

El silencio se vuelve una carga difícil de gestionar. Necesito escucharlo, así que, para mitigar mi ansiedad con algo diferente al zumbido de los ventiladores, me aventuro a hablar.

—¿Extrañas algo de tu trabajo de antes?

—No. Ahora poseo una libertad imposible de saborear en aquel puesto.

Pienso en el significado de sus palabras y me muerdo el labio.

—¿Has matado a alguien?

—Sí. La primera vez fue hace mucho, cuando todavía era de los «buenos». Con el tiempo comprendes que no existe un bando correcto; solo existe el propio, y la gente suele usar la moralidad como un escudo para justificar las atrocidades cometidas por conveniencia.

—¿Fueron muchos? —La temperatura de la sala parece bajar unos cuantos grados.

—No querrías saber la respuesta a eso, Rouge.

—¿Mataste a algún inocente?

—Nadie es inocente en este sistema, todos formamos parte del engranaje de una forma u otra.

—¿Llegaste a matar a niños?

Por un momento, la conexión parece haberse cortado.

—Hasta los monstruos tenemos límites y yo nunca podría cruzar una línea así.

Pero no te equivoques, sé perfectamente en lo que estás pensando y usas este cuestionario para intentar encajarme en tu categoría de héroe.

Ya te lo advertí: no lo soy. Si tengo que matar, torturar o pasar por encima de cualquiera para conseguir mis objetivos, lo haré con el pulso firme y sin un solo remordimiento.

—¿Y cuál es tu meta?

—Durante mucho tiempo fue la venganza —confiesa.

—Hablas en pasado. —Fijo la vista en el punto rojo que marca su posición, al borde del Perímetro C—. ¿Por qué?

—Porque a veces las prioridades cambian y se transforman en algo imprevisto. Se acabó el interrogatorio; necesito que me guíes si de verdad quieres terminar con esto antes de la puesta de sol.

Me obligo a tragarme la siguiente pregunta y me concentro en darle las indicaciones. No le toma más de veinte minutos llegar al aserradero.

—A partir de ahora guarda silencio —ordena—. Voy a realizar un reconocimiento del perímetro para localizar un punto de entrada y posibles salidas.

Contengo el aliento, limitada a observar cómo se desliza alrededor de la estructura.

Sin embargo, como la inactividad no va conmigo, rescato los planos originales del aserradero de un servidor gubernamental.

Aunque el panorama real vaya a ser otro —las raíces habrán reventado los cimientos y el follaje habrá bloqueado los pasadizos—, estos documentos constituyen nuestro único mapa para evitar caminar a ciegas una vez dentro.

—He terminado —dice—. Te veo en el refugio.

—Espera, he encontrado una variante en el conducto de ventilación sur que podría…

El clic al desconectarse me deja con la palabra en la boca.

Ni siquiera me da tiempo a soltar un taco cuando el indicador de su posición desaparece de la interfaz, dejándome a ciegas y con una rabia sorda bullendo en el estómago.

Me dan ganas de bajar al sótano y liberar toda esta frustración, pero la adrenalina empieza a disiparse y deja paso a un vacío mucho más punzante.

Necesito un recordatorio de por qué hago esto.

Saco el móvil y marco el número de mi madre.

—¿Hola? —Solo con escuchar su voz me siento un poco mejor.

—Mamá… soy yo. Casi lo he conseguido; mañana podría terminar todo si las piezas encajan.

—No he dudado nunca de ti. Te has convertido en una gran mujer, cariño. Solo prométeme que no te perderás a ti misma por intentar salvarme a mí. No quiero recuperarme a costa de tu propia esencia.

—No puedo prometerte eso, mamá.

—Escúchame bien…

—Mamá, por favor —la corto con una sonrisa triste—, tengo casi cuarenta años. Ese tono ya no funciona conmigo.

—Ese tono siempre funciona y lo sabes. —La seguridad en su voz me arranca una pequeña carcajada.

Logro colgar después de un rato y la dejo tranquila a fuerza de evasivas, sin haberle dado la promesa que buscaba.

Con la mirada fija en la pantalla negra del monitor, comprendo que yo también soy un monstruo, porque si debo matar, torturar o pasar por encima de cualquiera con tal de salvarla, no me va a temblar el pulso.

Lo del remordimiento es lo único todavía por ver.