The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 26
74%

Capítulo 26

El silencio del refugio se vuelve un enemigo empeñado en amplificar el más mínimo ruido mientras me deslizo fuera de la cama.

Controlo cada movimiento para evitar el roce delator de las sábanas y observo por última vez la silueta de BigBad bajo la luz mortecina hasta percibir una exhalación profunda que confirma que sigue hundido en un sueño pesado.

Una vez en el baño, rescato la mochila que escondí anoche y saco la muda de ropa.

Pasearse por el corazón de la Cúpula con prendas técnicas y botas de suela reforzada sería como llevar un neón sobre la cabeza; por eso me enfundo en un conjunto que consiga mimetizarme con ese mundo de privilegios.

A pesar de tener el plan trazado, el nudo instalado en mi estómago tras nuestra discusión no da señales de querer soltarme.

Ya no sé si es por el miedo o porque algún rincón retorcido de mi cerebro cree estar traicionando a la única persona que me ha cuidado durante meses.

Sacudo la cabeza. No, él mismo se lo ha buscado al intentar someterme y acorralarme con una amenaza imposible de tolerar.

Justo cuando estoy por abrochar el último botón del abrigo rojo, un crujido seco en el pasillo me deja petrificada, con los pulmones vacíos y los ojos clavados en la puerta del baño a la espera de verlo aparecer.

Me quedo paralizada, con el corazón latiéndome en los oídos.

Después de aguardar unos minutos, palmeo el terminal con el programa guardado en el bolsillo interior y salgo al pasillo de puntillas en dirección a la salida principal del refugio.

Antes de tocar el pomo, saco mi móvil y ejecuto el script diseñado durante la madrugada con el fin de neutralizar los sensores y engañar al sistema de seguridad, lo que me permite abrir la puerta pesada sin que ninguna alarma le avise de que su presa ha saltado la valla.

Diviso a una patrulla de la Brigada unos metros adelante y los músculos se me tensan por puro instinto de supervivencia.

Me obligo a actuar con la normalidad de una residente más.

Me aproximo a un puesto de café minimalista y pido un latte, mientras pago con el móvil una suma desorbitada, incapaz de disimular del todo la mueca de espanto.

Me despido de la chica del puesto con una sonrisa ensayada y, al girarme para retomar mi camino, me choco de lleno contra un muro de músculo.

—Perdone, no lo he visto —balbuceo, mientras mis ojos recorren unas botas militares pulidas, suben por el uniforme negro de la Brigada y terminan en un casco de visera oscura que me devuelve mi propio reflejo.

El oficial me observa impasible y ruego para mis adentros que decida hacerme un control para terminar con esto de una vez. Como no puedo mostrar demasiado interés, le dedico una inclinación de cabeza y trato de esquivarlo.

—Tenga un buen día, agente.

—Espere un momento. —Su voz, distorsionada por el modulador del casco, me detiene en seco.

Me doy la vuelta despacio, con la sonrisa de ciudadana ejemplar que empieza a cansarme los músculos de la cara, justo cuando el segundo agente se acerca a nosotros.

—¿Algún problema? —pregunta el recién llegado.

—Me suena de algo su cara —responde el oficial que me ha detenido.

—Quizá me vio algún otro día, trabajo aquí —miento con rapidez—. ¿Ocurre algo? Tengo un poco de prisa para llegar al turno.

—No le importará someterse a un control rutinario, ¿verdad? Lo exige el protocolo de seguridad de la mañana —dice el agente, sacando ya el dispositivo de su cinturón.

Pongo los ojos en blanco con una mezcla perfecta de fastidio y resignación, actuando como lo haría cualquier persona normal que considera el control una molestia necesaria pero irritante.

—Adelante, agente, haga su trabajo.

El tipo levanta el aparato. La lente azulada empieza a emitir un zumbido sutil mientras se alinea con mi retina.

Mi mirada se desvía por encima de su hombro.

Al otro lado de la calle, recortado contra la arquitectura gélida del edificio de cristal, BigBad me fulmina con los puños apretados y una quietud letal.

El pitido agudo del aparato, anunciando la lectura inminente, me devuelve a la realidad de un plumazo y me obliga a centrarme en el peligro situado a pocos centímetros.

El tiempo se dilata mientras comprendo que estoy a punto de perder la ventana de ejecución; si el sensor analiza mi retina antes de la inyección del código en el sistema, la ficha de Rouge saltará en la pantalla con todas sus alertas rojas y estaré condenada.

Meto la mano en el bolsillo del abrigo con un movimiento casual y presiono el botón del control remoto.

Contengo el aliento cuando la luz azul barre mis ojos de izquierda a derecha y clavo la vista al frente, fingiendo calma mientras el agente retira el dispositivo para consultar los resultados.

Lo que sigue es una puta eternidad en la que el mundo se detiene.

Cuando el oficial desliza el dedo por la pantalla táctil, distingo el reflejo de la ficha en la visera de su casco.

Sin embargo, desde mi posición es imposible distinguir si la foto que ha aparecido es la real o la del perfil falso diseñado con tanto cuidado.

—Todo en orden. Tenga un buen día, señorita Scarlett.

Las piernas me tiemblan por el alivio. Mantengo la compostura de ciudadana ideal por los pelos y busco con la mirada el lugar donde estaba BigBad hace un instante, solo para descubrir el espacio vacío.

Me doy la vuelta después de esbozar una sonrisa forzada y empiezo a caminar sin un rumbo fijo, impulsada por la descarga de adrenalina.

Aprieto los dientes para no soltar un grito de pura euforia en mitad de la avenida.

El programa ha funcionado, he engañado a la tecnología más puntera de la Cúpula y tengo la última pieza del rompecabezas en la palma de mi mano; por eso apuro el paso para dejar atrás la Zona 1 antes de que la suerte se vuelva en mi contra.

Cruzo los límites de los distritos con el corazón todavía acelerado, ignorando el cansancio acumulado tras la noche en vela y la tensión del control.

Avanzo por una calle de la Zona 3 cuando alguien me agarra del brazo.

No logro coger el arma que llevo oculta.

Me arrastra a un rincón oscuro entre dos contenedores y me estampa contra la pared, sellándome la boca con la mano para ahogar mi grito.

El pánico inicial se transforma en algo mucho más complejo cuando mis pulmones se llenan de ese perfume tan conocido.

—¿En qué mierda estabas pensando? —sisea.

Me relajo al sentir la presión de su cuerpo. Esbozo una sonrisa lenta, que puede sentir contra su palma.

—No me contestes, porque no estabas pensando en absoluto. Joder… te podrían haber matado y ni siquiera me habría dado tiempo a llegar hasta ti.

Lo empujo por el pecho y él cede.

—Pero no lo han hecho. El programa es perfecto, ni siquiera ha detectado el salto de frecuencia.

Él me observa con la mandíbula tensa, a punto de fracturarse.

Durante un segundo eterno, creo que va a gritarme y me recordará su amenaza sobre mi madre antes de llevarme a arrastras de vuelta al refugio.

Por ello me toma por sorpresa cuando me agarra de la nuca y me besa con desesperación.

Sabe a miedo, a castigo y a una necesidad que ninguno de los dos puede fingir ignorar.

Me pierdo en el contacto, respondiendo con la misma urgencia.

Suelto un gemido cuando él me levanta del suelo prolongando el beso y enredo las piernas alrededor de su cintura, mientras vuelve a estamparme contra el muro de ladrillo, recordándome con cada movimiento que, aunque sea una hacker brillante que ha engañado a la Cúpula, sigo siendo totalmente vulnerable a la tormenta que desata en mi interior.

Su lengua me explora con una violencia necesitada y yo me aferro a sus hombros. Hundo los dedos en su chaqueta.

Se separa apenas unos milímetros, lo justo para permitir el choque de su aliento, caliente y errático, contra mis labios castigados.

Una de sus manos sube hasta enredarse en mi pelo y tira hacia atrás para obligarme a mirarlo en la penumbra del callejón.

En el fondo de sus pupilas, la rabia sigue ahí, agazapada detrás de un hambre primitiva que me hace comprender, demasiado tarde, que he cruzado una línea de la cual no se regresa.

—Te advertí del peligro de ponerme a prueba; es una pena tu constante sordera.

—Su voz vibra contra mi pecho—. Te has metido de lleno en las fauces de la bestia esperando salir ilesa, pero ahora no habrá rincón en este mundo capaz de protegerte de mí.

Así que, si pretendes volver a desaparecer, más te vale ser más rápida que mi instinto, porque el bosque me pertenece y ahora mismo eres mi presa favorita.