The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 25
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Capítulo 25

He perdido la cuenta de cuántos días han pasado desde aquel pitido del terminal que hizo saltar por los aires nuestro momento de intimidad.

El último encargo que me han asignado es el más complicado de mi carrera, aunque por suerte esta vez la misión no incluye lastimar a nadie ni joderle la vida a algún inocente.

Un alivio que me permite respirar sin la culpabilidad habitual en los trabajos de The Woods.

Me han pedido desarrollar una aplicación capaz de hackear los escáneres de retina de la Brigada, un sistema en teoría inexpugnable debido a la encriptación biométrica.

No he tenido necesidad de levantar la arquitectura desde cero gracias a unos kernels de acceso root y varios controladores de baja frecuencia específicos para el hardware de los escáneres; pero, a partir de esos cimientos, he sudado sangre para crear un programa con la habilidad de conseguir el objetivo.

BigBad se ha convertido en una sombra constante, responsable de mantenerme con vida.

Me obliga a soltar el teclado para beber agua o engullir algo.

De vez en cuando, también interviene para ayudarme a desconectar el cerebro con una sesión de sexo capaz de dejarnos a ambos exhaustos.

Ninguno de los dos ha vuelto a mencionar el significado de aquella noche.

Soy una cobarde, lo sé, pero en este instante agradezco que la complejidad de este algoritmo me mantenga ocupada como para tener la excusa perfecta para no tocar el tema.

Prefiero pelearme con una encriptación de grado militar antes de enfrentarme a mis sentimientos por él.

Aprieto la tecla de ejecución con la yema del dedo y contengo el aliento mientras una cascada de caracteres verdes empieza a aparecer por la pantalla secundaria, verificando cada protocolo de la inyección de datos recién programada.

BigBad entra en la sala de servidores con un batido y lo deja sobre la mesa, un movimiento transformado ya en rutina.

Estiro el cuello hacia atrás, escuchando el crujido satisfactorio de las vértebras, y le dedico un agradecimiento mudo antes de dar un trago.

El silencio se vuelve incómodo y no sé cómo llenarlo.

Cualquier palabra ajena a la tecnología se siente como una granada a punto de explotar.

Por suerte, la máquina decide anunciar el final de la ejecución y el panel principal se ilumina con un mensaje de éxito rotundo: el código ha logrado engañar al simulador del escáner a la distancia prevista.

La descarga de euforia me recorre la columna hasta hacerme perder el sentido común y me cuelgo de su cuello para sellar la victoria con un beso.

Él responde con la misma energía hasta que la falta de aire me obliga a apartarme.

Su expresión choca de frente con mi alegría y el pánico me atenaza la boca del estómago ante la idea de hacer frente a la conversación que llevo esquivando durante días.

Aunque sus palabras terminan siendo un impacto mucho más frío comparado con cualquier reproche sentimental.

—Prepara el terminal y carga la secuencia encriptada. Mañana iré a la Zona 1 a probarlo.

Doy un paso atrás, a punto de devolver el batido.

—Es mi misión. Soy yo quien tiene que hacerlo.

—En ningún lugar de las instrucciones de The Woods se especifica que la ejecución deba ser tuya, solo exige una prueba de campo exitosa. Y de ninguna manera voy a permitir que entres en la Zona 1, donde te capturarán en un abrir y cerrar de ojos si ese programa da el más mínimo error.

—¡No eres nadie para impedirme hacerlo! —La rabia me quema la garganta—. No necesito tus jueguecitos de héroe ni que decidas qué misiones puedo o no ejecutar.

—No estoy jugando a nada, solo me aseguro de que no te maten. —Da un paso hacia mí—. No vas a pisar la Zona 1. Se acabó la discusión.

—¡Ja! ¿Se acabó? ¿Quién te crees que eres? —Levanto la barbilla—. Si piensas que me voy a quedar aquí sentada mientras tú te llevas el mérito de mi trabajo, es que todavía no me conoces. ¡Voy a ir yo y punto!

BigBad me acorrala contra el escritorio, me agarra por el cuello y sube el brazo hasta obligarme a ponerme de puntillas sobre el suelo de hormigón. Aprieta lo justo para que mi cuerpo asimile el fin de su paciencia.

—Escúchame bien, Rouge. —Acerca su rostro al mío—. Si no soy yo quien cruza ese control, me encargaré de que tu madre deje de estar a salvo.

Forcejeo contra su mano de hierro mientras la falta de oxígeno y la traición me dejan apenas un hilo de voz.

—No te… atreverías.

—No me pongas a prueba porque no tienes ni idea de lo que soy capaz de hacer por conseguir mis objetivos.

Por mucho que te guste imaginar algo de luz en mí, sigo siendo un monstruo, y he cometido atrocidades capaces de hacer de la desprotección de tu madre una caricia.

Seré yo quien vaya y tú esperarás aquí, sin asomar un pelo fuera.

Es la última vez que lo digo. Parpadea dos veces si te ha quedado claro.

La determinación gélida de sus ojos me dice que no está de farol.

Por mucho que nos hayamos buscado en la oscuridad de esta habitación, BigBad sigue siendo un asesino implacable y, aunque me duela admitirlo, ahora mismo tiene el control absoluto de mi mayor debilidad.

Debo ser más inteligente; no puedo ganarle en un pulso de fuerza bruta, por ello mi única opción es retroceder, darle la victoria reclamada y esperar a que baje la guardia.

Parpadeo dos veces. Me rindo en apariencia mientras el odio me late en las sienes.

Su boca se estrella contra la mía y el sabor metálico de la sangre me inunda la lengua tras el mordisco que me da en el labio inferior. El beso es una marca de propiedad para hacerme recordar quién es el depredador aquí.

—Prepara el terminal y asegúrate de que la secuencia de bypass sea estable. —Me suelta y da un paso hacia atrás—. Mañana a primera hora iré a terminar con esto de una vez por todas.

Me llevo la mano al cuello y, a pesar de que la rabia me recorre el cuerpo, obligo a mis músculos a relajarse y fuerzo una sonrisa leve, asintiendo con la cabeza mientras adopto el papel de la presa indefensa que cree haber domesticado.

Camina hacia la puerta con paso firme y se detiene en el umbral.

—Tómate el batido. Necesitas fuerzas.

Una vez sola en la sala de servidores. El vaso sobre la mesa es un catalizador.

El ruido del vidrio al estrellarse contra la pared de hormigón y la visión del líquido espeso chorreando por el muro no consiguen aplacarla.

No. No voy a quedarme aquí encerrada esperando su decisión sobre mi destino; debo buscar la forma de salir del refugio sin alertarlo y con el tiempo suficiente para evitar cualquier intento de frenarme cuando se dé cuenta de mi ausencia.

Me siento de nuevo frente al ordenador, ignoro el temblor en las manos y empiezo a preparar el equipo para la incursión de mañana.

El plan que tengo en mente no es ni de lejos el esperado por el gran lobo feroz.