The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 24
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Capítulo 24

La barra de hierro se me clava en las palmas mientras el dolor muscular me sirve para anclarme a la realidad y silenciar el ruido de mis propios pensamientos.

Han pasado cinco días desde que logré desencriptar la segunda parte de las coordenadas y, desde ese momento, el silencio de The Woods se ha vuelto una tortura insoportable.

No ha habido ni un mensaje, ni una alerta, ni una sola línea de código que me indique cuál es el siguiente paso en este tablero de ajedrez.

He salido un par de veces del refugio; sin embargo, mi madre sigue siendo un objetivo inalcanzable.

Nuestra discusión sobre ir a verla todavía resuena en las paredes.

La pelea feroz, cargada de reproches, terminó de la única forma posible: una sesión de sexo salvaje, responsable de las marcas visibles por toda mi piel.

La música se detiene y su silueta se recorta contra la luz de la escalera.

Pongo los ojos en blanco. Soy capaz de adivinar cada palabra incluso sin oírlo hablar.

Tengo grabado a fuego el discurso sobre la necesidad de descansar, los avisos de lesión por esforzarme de más y los reproches por mi insistencia en ignorar el límite de mi cuerpo.

—He hecho la cena —dice al llegar junto a mí—. Tienes que parar ya.

Vuelvo a empujar las pesas para empezar otra serie, decidida a demostrarle que se puede meter sus órdenes por el culo.

No alcanzo ni a flexionar los brazos cuando me quita el hierro de las manos y, antes de poder articular una protesta, me agarra del cuello.

Me asfixia lo justo para lograr la mezcla perfecta de pánico y deseo.

Luego acerca su cara a la mía, obligándome a clavar mis ojos en los suyos, que ahora parecen dos pozos de alquitrán.

—No terminas de entender que me da igual ir detrás de ti una y otra vez para que no te rompas.

—Su aliento me roza los labios—. Si este es tu plan para cansarme, estás muy equivocada, porque una de las mejores habilidades de un depredador es la paciencia.

Y, cuando se trata de ti, la mía es infinita.

Me suelta con brusquedad y tardo un par de segundos en recuperar el equilibrio.

Lleno mis pulmones con bocanadas grandes de aire mientras el calor de sus dedos todavía me arde en el cuello.

La rabia me late en las sienes y, aunque me muero por una buena pelea, aprieto los puños y enfilo hacia las escaleras con paso firme.

—¡Me voy a dar una ducha! —grito sin mirar atrás, subiendo los peldaños de dos en dos.

El agua tibia me golpea la nuca hasta disolver la rabia.

Una vez envuelta en la toalla, con el pelo todavía goteando, entro en la habitación para encontrarlo sentado en la cama junto a dos platos humeantes.

El aroma a especias inunda el aire, despertando mi apetito de golpe.

Después de ponerme la camiseta que le robé para usar de pijama, me acomodo en el colchón a su lado y apoyo la espalda en la pared imitando su postura.

—Gracias —murmuro.

Solo se escucha el tintineo de los cubiertos. Al terminar, BigBad hace a un lado su plato y se aclara la garganta.

—¿Has hablado con tu madre hoy?

Asiento con la boca llena y trago antes de responder.

—Sí. Se la escucha feliz, mucho más tranquila. —Jugueteo con el tenedor—. Me gustaría verla. —Lo corto cuando toma aire para replicar—. Ya lo sé, es peligroso, no me lo repitas. Pero ¿cuánto falta para que pueda hacerlo?

—Pronto.

Algo en el tono de su respuesta me impide seguir presionando, así que cambio de tema.

—¿Sabes algo de The Woods? Me estoy subiendo por las paredes.

—Nada. He salido hoy para hablar con algunos contactos y todo está parado. Es normal después de lo que hiciste en la última misión; suelen mantener un perfil bajo cuando el avispero se agita demasiado.

Termino de comer y dejo el recipiente sobre la mesilla.

Al hacerlo, mis dedos rozan la cubierta del libro que descansa allí y, por puro instinto, lo abro y rescato la hoja doblada entre sus páginas.

Lo despliego con cuidado bajo la luz tenue de la habitación y el cuerpo de BigBad se tensa igual que si acabara de desenfundar un arma.

Recorro con la yema del dedo los trazos infantiles.

—Me suena este parque. Creo que es por el árbol. —Su respuesta es un gruñido—. No recuerdo dónde lo vi… Esas flores violetas no son comunes —continúo, absorta en el dibujo—. Tienen una forma extraña, como si…

—Todos los espacios infantiles se parecen, Rouge. —Su intento de zanjar el tema con tanta brusquedad solo aviva mi curiosidad.

Al girarme hacia él, tiene la vista fija en el papel y una expresión que nunca le había visto.

—¿Cómo era? —le pregunto en un susurro.

Él apoya la cabeza contra la pared fría, cierra los ojos, exhala un suspiro largo y, al abrirlos, clava la vista en el techo.

—Era luz. De esas personas con un sol propio.

Siempre tenía las rodillas llenas de costras y las manos manchadas de rotulador, porque para ella el mundo era un lienzo necesitado de más color.

Una vez se empeñó en domesticar a una ardilla con trozos de galleta.

Se pasó horas sentada hasta lograr que el animalito se le subiera al hombro.

Me miró con esa sonrisa que le arrugaba la nariz y me dijo: «Ves, papá, el truco consiste en demostrarles que no le tienes miedo a las mordeduras».

Baja la vista hasta el papel.

—¿Qué tenía? —me atrevo a preguntar.

—Un sarcoma agresivo. Una mierda que la devoró desde dentro en tres años.

—BigBad aprieta los puños sobre el colchón—.

Después de su partida, empecé a atar cabos.

No era normal que en su guardería, un centro oficial gestionado directamente por la Cúpula, hubiera otros tres casos idénticos al de ella.

Investigué hasta el fondo, me cobré cada contacto y favor de mi antiguo trabajo hasta descubrir que los materiales sintéticos del suelo del patio desprendían partículas tóxicas al calentarse bajo la luz artificial.

Lo sabían. Sabían que eran cancerígenos y aun así no los cambiaron porque el contrato con el proveedor era demasiado lucrativo.

A la Cúpula le salió más barato dejar morir a mi hija que renovar un patio de juegos.

—¿Qué hacías antes? —pregunto, en un intento de comprender al hombre que era.

—Era Operativo de seguridad privada de alto riesgo.

Me encargaba de protocolos de extracción e infiltración para los que pueden pagárselo.

Era bueno. Muy bueno. Cuando Daisy enfermó, mandé todo a la mierda.

Renuncié a los contratos, a los viajes y a la adrenalina para pasar cada segundo con ella en aquella habitación de hospital.

—Se le escapa una media sonrisa amarga—.

Al menos el personal la adoraba. Era capaz de ablandar el corazón de la enfermera más curtida.

Nos trataban bien porque esa niña se ganaba a todo el mundo. Ella era… lo único real.

—¿Por qué no volviste a tu vida de antes cuando ella…?

—Porque esa vida ya no existía —me corta con brusquedad—. El hombre encargado de esos trabajos murió con ella. No puedes volver a ser un peón de los mismos responsables de la muerte de tu hija.

Alargo el brazo hasta rozarle la mejilla con los dedos y, cuando sus ojos encuentran los míos, espero que le transmitan que lo entiendo.

Porque mi mundo también se redujo a cenizas el día en que la enfermedad de mi madre me arrastró a las sombras.

Y más ahora, sabiendo del potencial de Wonderlab para salvarla y su decisión de no hacerlo.

Se inclina hacia delante y nuestras bocas se encuentran en un beso sin la urgencia de las otras veces. Es más profundo, una conexión volcada en sanar las heridas de nuestro pasado.

Al montarme a horcajadas sobre él, su erección se clava contra mi centro.

Desliza las manos bajo mi ropa y tira hacia arriba hasta que mis pechos quedan a la vista.

Deja caer la prenda a un lado antes de besarlos, tomándose su tiempo con cada uno.

El recorrido de su lengua por mi piel me hace arquear la espalda y soltar un gemido ronco.

Balanceo las caderas despacio, frotándome contra él para sentir su dureza bajo la tela.

Volvemos a besarnos y esta vez su lengua me explora con una paciencia infinita, deteniéndose en cada rincón de mi boca como si quisiera grabar en su memoria cada pequeño detalle.

Le quito la camiseta con dedos torpes por el deseo y paso las palmas de las manos por el relieve de sus pectorales, hasta bajar al elástico en su cintura.

Lo deslizo lo justo para liberar la punta y ver la gota de líquido preseminal.

La recojo con la yema del dedo y, sin apartar la mirada de la suya, me lo llevo a la boca para lamerlo despacio.

Sus pupilas se dilatan hasta volverse completamente negras.

Me yergo sobre las rodillas para ayudarlo a deshacerse del pantalón.

Sin embargo, él me hace subir un poco más, sujetándome de las caderas, hasta casi ponerme de pie sobre el colchón y, con un movimiento rápido, me baja las bragas y tira de mí hacia su rostro.

Estampa su boca contra mi centro. Pasa la lengua por mis pliegues con lamidas largas y lentas que me hacen perder el sentido.

Apoyo las manos en la pared, por encima de su cabeza, y arqueo la espalda mientras él me devora.

Cuela una mano entre mis piernas para penetrarme con un dedo sin dejar de jugar con mi clítoris y, en cuanto añade un segundo dedo, no puedo evitar mover las caderas al ritmo marcado.

Al borde del orgasmo, lo agarro del pelo y tiro hacia atrás para detenerlo.

—Todavía no —le susurro con la voz rota.

Pateo las bragas a un lado y vuelvo a bajar hasta quedar sobre él. Guío su polla hacia mi entrada y, con los ojos clavados en los suyos, me deslizo milímetro a milímetro. Cuando nuestros muslos chocan por fin, busco sus labios y empiezo a mecerme.

Al principio es un baile pausado, casi dulce.

Pronto la velocidad aumenta y el ritmo se vuelve constante.

Sus manos están en todas partes: me acaricia la espalda, los pechos, me sujeta del culo con fuerza.

Cada roce de nuestros cuerpos me confirma que esta vez no estamos follando, sino permitiendo el choque de nuestras almas hasta fundirse en una sola.

El placer nace en la base de la columna y se propaga con cada embestida.

Mis labios buscan los suyos con desesperación y cierro los ojos, dejándome llevar por el clímax.

Él se traga mi grito y me sigue a los pocos segundos con la misma intensidad.

Aferrada todavía a sus hombros para recuperar el aliento, me doy cuenta de una verdad aterradora: esta unión puede ser lo mejor que me ha pasado en la vida, pero también es, sin duda, el billete hacia mi propia ruina.

Al separarme, un escalofrío me recorre la piel todavía húmeda.

BigBad me acaricia la mejilla con el pulgar y, por la intensidad de su mirada, presiento sus intenciones de soltar alguna frase capaz de terminar de derribar mis defensas.

Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, porque, antes de desprenderse la primera sílaba de sus labios, un pitido agudo rasga el silencio.

Es la alarma específica configurada para filtrar las notificaciones de The Woods.

Me aparto de él, ignoro la protesta de mis músculos y me estiro para atrapar el terminal. La luz blanca de la pantalla me ilumina la cara y revela el icono que me acelera el pulso.

—Ha llegado. —La voz me sale más firme de lo que esperaba mientras busco la camiseta por el suelo para cubrirme.

Él se incorpora, se pasa una mano por el pelo revuelto y me observa en silencio.

—¿Es la última misión?

Asiento y desbloqueo el dispositivo. Al fin conoceré el encargo destinado a facilitarme la tercera parte de la coordenada; el paso definitivo para llevarle la caja a la Abuelita y reclamar el dinero necesario para cubrir el tratamiento de mi madre.

Me levanto, dejando atrás el calor de la cama, y el peso de la misión apaga cualquier rastro de conexión recién compartida.

Porque el juego sigue y no pienso rendirme.