Capítulo 23
Llevo tres horas midiendo el refugio con zancadas de un extremo a otro.
Nada más llegar, me abalancé sobre los ordenadores para intentar triangular su posición o captar alguna señal de su rastro en las cámaras de seguridad de la zona, aunque ha sido una pérdida de tiempo absoluta.
El tipo podrá ser un analfabeto en lo que a líneas de código se refiere, pero sabe cómo desvanecerse hasta volverse invisible.
Tras darme por vencida, me quedé con la vista clavada en el techo, atenta a cualquier crujido de la estructura o vibración de los conductos.
Cada sonido me ponía el corazón en la garganta a la espera de que fuera él quien cruzara el umbral.
Segura de perder la cabeza si no me movía, bajé al sótano y puse la música al máximo para liarme a golpes con el saco.
Necesitaba soltar toda la rabia acumulada por su puñetera manía de tomar decisiones por mí.
Me enfurece que se tome la libertad de jugar a los héroes conmigo.
Al tirarme de aquel edificio ha dejado claro que me sigue viendo como una pieza débil del tablero que debe salvar por algún sentido del deber.
Y por más vueltas que le dé, sigo sin entender qué demonios gana con todo esto, cómo lo beneficia a él que yo recupere la caja o poner a mi madre a salvo.
Ninguna de sus acciones tiene sentido, y es justo esa incertidumbre la responsable de empujarme a descargar mis puños con violencia.
Los nudillos impactan contra la superficie de cuero una y otra vez mientras el sudor me perla la frente y la respiración se me entrecorta.
Absorta en el castigo físico, tardo un segundo en registrar ese escalofrío familiar en la nuca, clara advertencia de que ya no estoy sola.
Me giro en redondo con la inercia del golpe, cargando todo el peso en un puño cerrado que impacta de lleno en la mandíbula de BigBad antes de procesar su figura.
Retrocede un par de pasos por la fuerza del choque, con una mano en la cara, mientras su mirada se clava en la mía con un destello entre la sorpresa y la advertencia de haber despertado a la bestia.
La oleada de alivio es tan violenta que borra cualquier rastro de la furia de hace apenas un segundo.
Está vivo. Está aquí. Sin detenerme a procesar las magulladuras de su rostro o el rastro de sangre seca en el labio, doy un salto, me cuelgo de su cuello y enredo las piernas en su cintura.
Él me sostiene por instinto con una mueca de dolor.
—Joder —jadeo al darme cuenta de mi error—. ¿Te he hecho daño?
—No.
Resbalo hasta tocar el suelo con los pies, apago la música y estudio su cuerpo.
—¿Estás bien?
—Sobreviviré. No puedo decir lo mismo de los tipos que nos seguían.
—¿Tus costillas están bien?
Él frunce el ceño, como si la pregunta le resultara un insulto, y asiente.
—Sí.
—Bien.
Doy un paso atrás y descargo un puñetazo directo a su estómago con toda la rabia que me ha provocado su estúpida maniobra de sacrificio. Se dobla por la mitad, soltando el aire de golpe mientras se apoya en sus propias rodillas para no caer.
—No vuelvas a hacerme eso nunca más —le siseo, con el dedo índice casi rozándole la nariz—. No vuelvas a decidir por mí ni a lanzarme por un edificio como si fuera basura.
Inspira con dificultad hasta que logra incorporarse por completo. No parece enfadado; al contrario, hay un brillo de oscura diversión en sus pupilas mientras me tiende la mano derecha. En el centro de su palma descansa la caja.
Me quedo paralizada, con la boca entreabierta y el corazón saltándome en el pecho. No puede ser verdad. Balbuceo un par de sílabas sin sentido, incapaz de articular una frase coherente, hasta que por fin logro mirarlo a los ojos.
—¿Cómo…? ¿Cómo demonios la has conseguido?
—Te la daré si prometes no volver a golpearme —dice con una sonrisa ladeada.
Le arrebato el objeto de las manos con un movimiento rápido, pegándolo a mi pecho como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
—No puedo prometerte eso.
Contemplo el artefacto que me ha metido en esta pesadilla.
—¿Hay alguna forma de saber si esto funciona? —pregunto—. ¿De saber si he dejado de estar marcada?
BigBad saca un teléfono móvil del bolsillo de su pantalón y me lo tiende.
—Tiene instalada la plataforma. Registra la caja y eso debería bastar para actualizar tu estado.
Dudo un segundo, con la sensación de saltar a otro vacío diferente, pero no me queda opción. Tomo el terminal, me logueo y activo el escáner. Una luz roja recorre el relieve del artefacto y, tras un segundo de incertidumbre eterno, la pantalla muestra un mensaje:
MISIÓN RECARGADA:🔓Coordenadas de entrega: 1 de 3 desbloqueada.¿Quieres seguir con la misión? [S/N]
Casi al mismo tiempo, el dispositivo de BigBad emite un pitido agudo. Él lo saca, desliza el pulgar y me muestra la notificación que acaba de entrar en el sistema de búsqueda global de The Woods. En la ficha con mi rostro, el rótulo de «Marcada» acaba de ser sustituido por «Activa».
Compartimos una sonrisa y aprovecho el momento.
—¿Crees que es posible ir a verla?
—Todavía no es seguro que te acerques a esa zona, pero puedes hablar con ella ahora mismo.
Sin darme tiempo a asimilar sus palabras, coge mi teléfono y marca un número.
El sonido del tono de llamada resuena en el silencio del sótano, rítmico y constante, acelerando mis pulsaciones.
Pasan unos segundos eternos hasta que una voz familiar al otro lado responde.
Mi sonrisa se ensancha al punto de dolerme las mejillas.
—Hola, mamá —susurro, justo en el instante en que BigBad comienza a caminar hacia las escaleras para dejarme a solas.
—Hola, cariño.
—¿Cómo te encuentras?
—Muy bien. —Suena más animada de lo que la he escuchado en meses—. Aquí me tratan genial, es un lugar increíble. Dale las gracias a tu amigo de mi parte por haberme metido en este programa, ha sido una suerte enorme.
Fuerzo una respuesta vaga para que no perciba mi confusión y tomo nota mental para interrogar a BigBad más tarde sobre ese supuesto programa.
—Ahora ya no soy una carga para ti, algo que me quitaba el sueño todos los días.
—No eres ninguna carga, mamá, nunca lo has sido.
—Claro que lo soy, cielo, y te agradezco todo tu esfuerzo. Sé que tu vida se desvió mucho por mi culpa, por mis facturas y mis cuidados, pero me hace muy feliz que al fin hayas encontrado la forma de hacer que las cosas funcionen. Lo único que quiero es que seas feliz. Dime, hija, ¿eres feliz?
Me trago el nudo atorado en la garganta y parpadeo con fuerza para contener las lágrimas que amenazan con desbordarse. Pienso en el bosque esmeralda, en el dolor de mis músculos, en el hombre que me lanzó de un edificio y que ahora me espera arriba después de haberme devuelto la vida.
—Sí, mamá, lo soy —miento a medias, o quizás no miento en absoluto—, sobre todo sabiendo que estás bien y a salvo. Espero poder ir a visitarte pronto.
—Estaría genial, así me ayudas a ganarle a las cartas a Martha, que es una vieja tramposa y me tiene frita —dice ella con una carcajada contagiosa.
Nos reímos las dos, compartiendo un fragmento de normalidad robada a este mundo de neón y sombras, antes de despedirnos con la promesa de volver a hablar.
Corto la comunicación y me quedo un momento a solas en la penumbra del sótano, con el eco de su risa vibrando en mis oídos y la sospecha de que, por mucho que BigBad se empeñe en llamarse monstruo, me acaba de entregar mi único pedazo de cielo.
Subo las escaleras y lo busco hasta dar con él en la sala de los servidores.
Está concentrado frente a uno de los ordenadores, todavía sin camiseta, y no puedo evitar seguir con la mirada el camino de una gota que se desprende de su pelo mojado para resbalar por el relieve de sus músculos.
Vacilo en el umbral y, cuando reúno el coraje necesario para preguntarle por qué se ha tomado tantas molestias por mí, me vibra el móvil en el bolsillo.
Al sacarlo, una nueva misión de The Woods ilumina la pantalla. Al leer los detalles, me doy cuenta de estar ante un trabajo de infiltración digital puro, algo que podría resolver en cuestión de minutos, sobre todo ahora que puedo operar con el equipo frente a mí.
—¿Puedo usarla? —Señalo la estación con la barbilla.
—Adelante —responde, poniéndose en pie—; yo voy a curarme las heridas.
—¿Necesitas ayuda? —el ofrecimiento me sale solo al ver el color de los hematomas que empiezan a florecerle en el costado.
—No. Ponte con lo importante, Rouge. El tiempo corre.
Sale de la habitación sin mirarme ni una vez.
Me siento frente a los monitores y dejo a mis dedos actuar de forma automática, porque mi mente sigue anclada en el hombre que acaba de cruzar la puerta.
Hay algo en todo lo relacionado con BigBad que no encaja, una pieza del puzle que me falta.
Después de todo lo que ha arriesgado por mí, dudar de sus intenciones parece una estupidez soberana y, sin embargo, no deja de molestarme ese interrogante constante sobre por qué ha decidido convertirse en mi héroe cuando se esfuerza tanto en convencerme de que es un monstruo.