The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 22
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Capítulo 22

Abro los ojos bajo el resplandor esmeralda y trato de estirarme.

El dolor muscular me detiene en seco antes de poder siquiera cambiar de postura.

Me duele todo el cuerpo y siento cada uno de los músculos agarrotados por la intensidad de lo que vivimos…

¿ayer? ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? La punzada persistente, testamento físico de la maratón de placer a la que me sometió, me mantiene anclada al colchón.

Los recuerdos se vuelven borrosos al final, cuando me limpió con un paño húmedo y me arropó con las mantas.

Esa inesperada dulzura en su trato, tanto esta vez como la anterior, me descoloca.

Me resulta imposible conciliar al hombre que me somete sin piedad con el que después me cuida con ternura.

Contengo el aliento para no romper la paz de la estancia y me giro para observarlo.

Su perfil se recorta contra la almohada.

Ni siquiera dormido parece encontrar descanso; el ceño fruncido le esculpe una arruga permanente entre las cejas.

Trazo la línea de preocupación con el pulgar.

Es hermoso, aunque no de esa manera perfecta y simétrica, sino de una forma cruda, con bordes afilados, capaces de cortarte en cualquier momento.

Aparto un mechón rebelde sobre los párpados justo cuando sus ojos se abren de golpe y me hacen dar un respingo.

—¿Te encuentras bien? —Su voz ronca corta el silencio.

—Sí, aunque me duele hasta el alma.

La intensidad con la que me estudia me hace ser aún más consciente de mi desnudez bajo las sábanas.

—Tenía que hacerlo. —Su justificación me descoloca—.

La bebida llevaba un afrodisíaco sintético de alta potencia; por eso te advertí que no debías tocarla.

La única forma de acelerar el proceso para eliminar esa mierda de tu sistema era a base de orgasmos múltiples, forzando al cuerpo a metabolizar el químico a través de la segregación de endorfinas.

Siento haber tenido que llegar a ese extremo, pero no podía sacarte de aquí en ese estado y, de no haberlo hecho, el efecto habría tardado días en desaparecer, provocándote un sufrimiento físico insoportable.

Un pinchazo agudo me atraviesa el pecho al procesar sus palabras y eclipsa el dolor de mis músculos. Qué estúpida. Nunca se trató de deseo ni de hambre insaciable o de una pérdida de control provocada por mí. Solo fue una maldita maniobra de rescate.

—Oh… —Bajo la mirada hacia las sábanas verdes para ocultar la desilusión que seguro llevo escrita en todo el rostro—. Siento haberte puesto en esa posición. De haberme explicado el contenido de esa copa, habría sido mucho más cuidadosa. Gracias por… el sacrificio.

Se incorpora en la cama y se pasa las manos por la cara antes de hundirlas en su pelo alborotado. Se queda en silencio unos segundos, con la espalda tensa, hasta girarse hacia mí con una mirada dispuesta a prender fuego a la habitación.

—No te equivoques. No me des las gracias por ser un buen tipo, porque anoche me lo pusiste jodidamente difícil.

—Se inclina hacia mí—. Tu estado te impedía ser consciente de la situación.

Y si bien mi ética tiene pocos límites, forzar a alguien es uno de ellos.

No te imaginas las veces que tengo que frenarme para no follarte en cualquier rincón, a cualquier hora, sin importar quién mire.

No soy el hombre de tus fantasías, y si seguimos por este camino, no solo vas a descubrir al verdadero monstruo oculto en mí, sino que te quedarás atrapada conmigo para siempre, porque una vez que decida que eres mía, no te dejaré escapar jamás.

Se me seca la garganta y el corazón me martillea contra las costillas. Sus ojos oscilan entre mis labios y mi cuello; y juraría verlo luchar entre lanzarse a besarme o rodearme la garganta para asfixiarme.

Al final, parece no decidirse por ninguna de las dos. Se pone en pie con un movimiento brusco, dándome la espalda mientras empieza a vestirse.

—Ayer conseguí una pista —dice al ponerse la camiseta sobre los hombros sin mirarme—. Sé dónde pueden tener la caja, así que espabila y vístete. No tenemos todo el día.

Me obligo a salir del letargo y me cambio con rapidez, ignorando el rastro de marcas en mi piel.

Una vez en la calle, el caos es idéntico al de ayer.

El lugar sigue abarrotado de gente amontonada bajo el eterno resplandor artificial; aquí no existe el concepto de mañana o noche, solo un presente continuo de ruido.

BigBad avanza entre la muchedumbre sin soltar mi mano, apretándola con tanta fuerza que me hace doler los huesos.

Llegamos a un edificio cuya fachada es un lienzo de grafitis superpuestos y subimos hasta la segunda planta entre olores a humedad y cables quemados.

Se detiene ante una puerta metálica y golpea tres veces.

Alguien observa por la mirilla; un instante después, el chirrido de los cerrojos anuncia la apertura.

Nos recibe una anciana de aspecto frágil, con la piel fina y arrugada.

—¿Qué quieres? —pregunta con voz rasposa.

BigBad nos hace pasar sin pedir permiso y cierra la puerta a nuestras espaldas.

—Sabes lo que busco. Y yo sé que lo tienes tú.

La vieja se da la vuelta refunfuñando y arrastra los pies hasta una habitación contigua.

—No se puede confiar en nadie en este agujero —masca entre dientes—. ¿Ha sido Fox el que se ha ido de la lengua?

Él no contesta. Se limita a guiarme hacia donde se ha metido la mujer.

Al cruzar el umbral, me quedo paralizada: frente a mí se despliega una estación de ordenadores con una potencia rival a la del refugio.

La anciana se enciende un cigarrillo, envolviéndose en una nube de humo gris, y clava sus ojos acuosos en nosotros.

—Todo tiene un precio —dice tras dar una calada.

—¿Cuánto? —pregunta BigBad.

—Necesito que entres en la base de datos de la Brigada. Hay un expediente que quiero fuera. Extráelo y bórralo de su servidor principal.

En cuanto las miradas de los dos convergen en mí, levanto tanto las cejas que seguro me rozan el nacimiento del pelo.

—¿Pretendes que lo haga yo?

La vieja me estudia con escepticismo.

—¿Puedes hacerlo, niña?

—Depende de lo profundo que se encuentre el archivo y de las capas de encriptación que hayan usado —respondo, recuperando algo de mi orgullo profesional.

La anciana da otra calada al cigarrillo y señala con la barbilla la estación de trabajo.

—Si lo consigues, la caja es vuestra —dice, justo antes de lanzarme el humo a la cara.

Busco en BigBad una confirmación y, cuando asiente, me acomodo en la silla. Después de dejar un papel arrugado con un número sobre la mesa, la mujer camina hacia la puerta.

—Avísame cuando lo tengas —dice desde el umbral—. Si no lo consigue, ya sabéis dónde está la puerta.

Me pongo a trabajar de inmediato. Los dedos se mueven a un ritmo frenético sobre el teclado, mientras él se acomoda junto a la ventana, desde donde escudriña la calle a través de los cristales sucios.

El tiempo se dilata entre líneas de código y cortafuegos. Transcurre una eternidad de neón y zumbidos electrónicos, agotadores para mi vista, hasta que una mano firme se interpone entre mis ojos y el monitor.

—Bebe.

BigBad me ofrece una botella de agua y un envoltorio con comida, que devoro casi sin masticar.

Apenas termino, vuelvo a sumergirme en el sistema. Estoy a un solo comando de quebrar la última defensa del expediente, cuando BigBad, que no se ha apartado de la ventana, se tensa.

—Tenemos que movernos. Ahora.

—¡Ya casi lo tengo! —protesto sin despegar los dedos de las teclas—. Solo un momento más. No me saques ahora que estoy dentro.

Ejecuto la secuencia final. La barra de progreso vuela y, tras un segundo de incertidumbre, el archivo se descarga en la unidad local mientras el original se desintegra en el servidor de la Brigada.

—¡Sí! —suelto un grito de alegría, con el puño en alto por la victoria técnica.

Sin dejarme celebrar, me agarra del brazo y tira de mí hacia el salón para buscar a la vieja y exigirle la caja.

No obstante, al cruzar el umbral, la satisfacción de haberlo conseguido se esfuma, porque la anciana no está sola.

Tres hombres, envueltos en ropa técnica de tonos verdes y marrones, la flanquean.

El símbolo de The Woods que llevan en el pecho delata quiénes son.

Leñadores.

BigBad me sitúa detrás de su cuerpo y mira a la vieja.

—Está hecho.

Y antes de que alguno de los hombres pueda desenfundar, agarra una silla de madera y la estrella contra la ventana.

El cristal estalla en mil pedazos. Me agarra por la cintura y me arrastra hacia allí.

Por un segundo de terror me veo volando hacia la calle, pero luego descubro la escalera de emergencias.

—¡Baja! —ruge.

Descendemos los peldaños de metal a una velocidad suicida con las maldiciones de los Leñadores pisándonos los talones.

Saltamos el último tramo hasta el suelo y corremos por un callejón estrecho que huele a orina de gato, hasta desembocar en la calle principal del mercado.

La gente empieza a apartarse a nuestra izquierda, creando un pasillo de miedo que delata la llegada de más uniformados.

Miro hacia la derecha. Mierda, por allí también vienen.

Sin soltarme, BigBad gira en redondo y nos metemos en una tienda de piezas de segunda mano.

Saltamos el mostrador entre los gritos del dueño, atravesamos la parte trasera y salimos a un patio interior donde otra escalera de incendios nos ofrece un escape.

Escalamos hasta la terraza para luego saltar de un techo a otro, con el corazón desbocado y el eco de las botas de los Leñadores justo detrás.

Frenamos la carrera en el borde de un edificio donde el abismo que nos separa del próximo bloque es demasiado ancho. Cinco Leñadores emergen tras nosotros, cortándonos la retirada. Observo la calle abarrotada varios pisos más abajo.

BigBad me sujeta por los hombros.

—¿Confías en mí?

—Sí. —La respuesta sale de forma instintiva porque, si bien no puedo identificar cuándo he cruzado la línea, lo hago.

Me pone su teléfono en la mano.

—Aquí tienes marcada la localización del almacén. Nos vemos allí.

—¡No podemos separarnos! —digo, incapaz de entender semejante locura.

—Los voy a entretener. Te quieren a ti, Rouge. Por eso es vital que te pongas a salvo.

Voy a protestar, a decirle que no pienso dejarlo solo contra cinco; sin embargo, no me da la oportunidad. Me empuja por los hombros con firmeza, haciéndome caer de espaldas hacia el vacío.

—¡Hijo de puta! —el grito me desgarra la garganta mientras caigo.

El muy cabrón me acaba de matar. Cierro los ojos esperando el impacto mortal contra el pavimento, pero, en su lugar, el aire se me escapa de los pulmones al aterrizar sobre algo mullido. Me hundo en una montaña de telas pesadas.

Desde mi posición, entre aquellos harapos sucios, levanto la vista hacia la terraza donde BigBad lucha contra los cinco hombres. Quiero volver, quiero saltar del carro y subir a ayudarlo. No obstante, soy consciente de que soy un lastre en una pelea de ese nivel.

El carro se aleja de la zona de peligro, sacándome del mercado. Me hundo en el cargamento, apretando el teléfono contra mi pecho y el alma en vilo. Solo espero que el lobo sea lo suficientemente fuerte para volver conmigo.