Capítulo 21
Con la boca entreabierta, trato de procesar la ilusión en la que acabo de entrar al cruzar el umbral.
Las paredes de la habitación están cubiertas por un mural con troncos de árboles de un relieve hiperrealista.
Ramas entrelazadas ascienden hasta el techo, donde el follaje se abre en pequeños claros que dejan ver un cielo nocturno salpicado de estrellas.
El susurro del viento hace de la inmersión toda una experiencia y, al inspirar, mis pulmones se llenan de un aroma intenso a pino.
Todos mis sentidos me gritan que estoy en mitad de un bosque.
Doy una vuelta lenta sobre mis talones, maravillada por la simulación, y vuelvo a fijar la vista en BigBad, que permanece estático junto a la puerta.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, el incendio provocado por la bebida ruge con una fuerza renovada.
Una pulsión eléctrica me recorre la columna y me dicta una única orden imposible de desobedecer.
Mis manos se mueven guiadas por una necesidad física que me oprime el pecho.
Dejo el abrigo rojo resbalar de mis hombros para terminar en el suelo y, segundos después, lo siguen los pantalones.
—Rouge. —Aunque su voz es una advertencia, sus ojos no se apartan de mí.
—No puedo pararlo. —El sonido de mis palabras me excita aún más mientras tiro de mi camiseta hacia arriba. El aire fresco del lugar me acaricia el torso antes de deshacerme también del sujetador—. Lo necesito. Me duele.
Se pasa una mano por el pelo en un gesto de pura desesperación mientras cada uno de sus músculos se tensa, delatando una lucha interna que espero que no gane.
Para acelerar las cosas, me quito las bragas con un movimiento fluido y se las lanzo.
El desafío vuela por el aire hasta golpear su pecho y termina por romper el último hilo de resistencia.
—A la mierda. —Su brusquedad primitiva me debilita las rodillas.
En dos zancadas acorta la distancia que nos separa, me clava los dedos en las nalgas para levantarme y me obliga a rodearle la cintura con las piernas mientras sus labios se estampan contra los míos. Me devora la boca con el hambre de un depredador salvaje.
El roce de mis pezones erguidos contra la superficie fría y rugosa de su chaqueta de cuero me arranca un gemido.
Camina conmigo a cuestas sin romper el contacto hasta lanzarme hacia atrás y hacerme caer sobre un colchón cubierto de mantas de un verde intenso, que se confunden con el suelo.
Plantado a los pies de la cama, se despoja de las prendas hasta dejar su pecho descubierto.
Gateo hacia él, hipnotizada por el relieve de sus abdominales bajo el resplandor esmeralda de la habitación.
Al llegar a su lado, me arrodillo y busco un asidero firme en su cuerpo para no sucumbir al mareo.
—Joder, qué hombros tan firmes tienes —jadeo, apretando los dedos contra el músculo.
—Para que puedas aferrarte a ellos.
Sigo el relieve de las venas con las yemas, descendiendo hasta alcanzar las muñecas.
—Y tus brazos son tan fuertes.
—Para marcar bien el ritmo de las embestidas.
Atrapo sus manos y las guío a mi pecho.
—Me encantan las manos tan grandes que tienes —susurro, echando la cabeza hacia atrás al sentir la aspereza de sus palmas contra mi piel sensible.
—Para poder someterte.
Sus dedos ascienden y me rodean la garganta, asfixiándome. El calor de su aliento al inclinarse sobre mí me nubla el juicio y no puedo evitar estirar la lengua para lamerle el labio inferior.
—Qué boca tan peligrosa tienes —logro decir con un hilo de voz.
Con el puño ceñido a mi cuello me empuja hacia atrás y me libera justo a tiempo para que mi cuerpo rebote contra el colchón. Antes de poder reaccionar, se sitúa entre mis muslos, me abre las piernas de par en par y ancla mis rodillas contra la colcha, dejándome expuesta ante él.
—Para comerte mejor —sentencia con los ojos cegados por la lujuria.
Baja la cabeza de golpe y el mundo desaparece cuando siento su lengua caliente contra mi centro.
Me lame con avidez. Recorre cada pliegue con trazos largos y expertos hasta hacerme perder el sentido de la realidad.
Mis dedos se clavan en las sábanas mientras sus manos siguen marcando la piel de mis muslos, hundiéndose en la carne con una posesividad absoluta, anulando cualquier movimiento.
Se ensaña con mi clítoris, atrapándolo entre los labios con una succión tan potente que me arranca el primer grito, para luego penetrarme con la lengua.
Ya no sé si le ruego que pare o que continúe con la tortura.
Él no me da tregua. Sediento de mis reacciones, me castiga una y otra vez.
El orgasmo es tan potente que casi siento la columna romperse de tanto arquearla. Un gemido escapa de mis labios en un intento por atrapar aire a bocanadas desesperadas. Su risa vibra entre mis piernas y, de inmediato, vuelve a la carga con una voracidad renovada, tomándome por sorpresa.
El ciclo empieza de nuevo sin darme tiempo a recomponerme con una cadencia aún más salvaje, obligándome a escalar otra vez esa montaña de agonía y deseo interminable.
Entre el brebaje devorando mi juicio y el impacto mental provocado por BigBad, los orgasmos se encadenan en una marea asfixiante, capaz de devolverme la vida al mismo tiempo. Cada clímax llega con más intensidad.
Los espasmos me recorren el cuerpo desde la punta de los pies hasta la raíz del pelo y las lágrimas me empañan la vista.
Resbalan por mis sienes al sentir cómo su boca me consume, implacable, sin darme un segundo para recuperarme antes de hacerme estallar de nuevo.
Soy una marioneta a su merced, un amasijo de nervios expuestos al vaivén de cada succión y cada trazo experto.
—¡Para, por favor, BigBad, no puedo más! —ruego, aunque mis manos, traidoras, se clavan en su cabello oscuro para mantenerlo ahí abajo.
Él ignora mis súplicas y la sensación de perder el control es tan adictiva que solo deseo ser destruida hasta que borre el menor rastro de la Rouge que cruzó el umbral.