Capítulo 20
Hemos dado tantas vueltas por el perímetro exterior de la ciudad que he perdido la orientación.
Sin embargo, estoy segura de que esta zona no aparece en ninguno de los mapas.
El olor ácido de la basura acumulada a los lados me revuelve el estómago mientras sigo a BigBad, que se mueve con agilidad, aprovechando cada sombra a nuestro favor.
Mastico la rabia por su negativa a darme un arma de fuego.
Su expresión dejaba claros los límites de su confianza en mí.
En lugar de una pistola, me entregó un táser de alta frecuencia, ahora enganchado al cinturón.
Según él, una herramienta de defensa más que suficiente para alguien con mucho por aprender todavía.
Estaba a punto de soltar una nueva réplica cuando se inclinó y tiró de la capucha de mi abrigo para cubrirme la cabeza, poniendo fin de forma tajante a nuestra discusión por el color.
Él pretendía que fuera camuflada toda de negro, a lo que me negué en rotundo porque este abrigo es mi amuleto de la suerte y hoy, más que nunca, necesito al destino de mi parte.
Hubo un instante en el que habría jurado que iba a acariciarme la mejilla, aunque lo terminé atribuyendo a una jugada de mi imaginación, después de tantos días de tensión acumulada.
El choque con la espalda de BigBad, que ha frenado de golpe, me devuelve al presente de un plumazo. Me sostiene para mantenerme detrás de él.
—No hables con nadie, no mires a nadie. Y, sobre todo, no te separes de mí.
El ambiente cambia al salir del callejón y adentrarnos en el corazón del mercado.
Arrugo la nariz ante la mezcla de olores: aceite de motor quemado, sudor rancio de cientos de cuerpos demasiado juntos y plástico fundido.
No distingo mucho más allá del laberinto asfixiante de puestos improvisados, protegidos por lonas deshilachadas y bañados por el resplandor de luces de neón parpadeantes.
Sombras alargadas y deformes se proyectan sobre el suelo embarrado.
Me siento diminuta. Un temblor me recorre el cuerpo al pensar que destaco entre la multitud de figuras sacadas de una pesadilla: hombres con implantes cibernéticos de dudosa calidad, mujeres con la mirada perdida y mercenarios llenos de cicatrices.
Intento seguir las órdenes de BigBad y mantener los ojos clavados en sus talones, pero la curiosidad es una adicción imposible de controlar y, bajo el amparo de la capucha, observo las figuras variopintas sin llegar a fijarme en sus rostros.
La gente me empuja sin miramientos hasta que una mano huesuda y cubierta de mugre me agarra el brazo, queriendo arrastrarme hacia un tenderete de piezas de hardware con toda la pinta de ser robadas.
Antes de poder reaccionar, el pecho de BigBad vibra contra mi espalda con un gruñido gutural tan cargado de amenaza que el desconocido retrocede con la cabeza gacha.
Avanzamos hasta un local con un cartel de neón violeta. BigBad me aferra del hombro y me empuja con suavidad hacia el interior.
—Buscamos el rastro del ruido blanco infinito —le dice a un chico desgarbado sentado tras el mostrador, limpiándose las uñas con una navaja.
El chaval, sin siquiera molestarse en mirarnos, hace un gesto seco con la cabeza hacia un pasillo oscuro.
BigBad me guía con la palma apoyada en el final de mi columna por un corredor estrecho donde la visibilidad es casi nula.
Los sonidos que se filtran a través de las puertas laterales me revuelven las entrañas: gemidos sordos de placer se mezclan con gritos desesperados.
Los hombros se me tensan y se me erizan los pelos de la nuca cuando susurra:
—Respira. Mantén la cabeza fría o nos matarán a los dos.
Al cruzar una puerta idéntica a las demás, entramos en una habitación amplia dominada por varias mesas de póker, donde el humo del tabaco flota sobre las cabezas de los jugadores.
Le hago caso y tomo una bocanada de aire, al tiempo que me convenzo de tener todo bajo control.
Nos acercamos a una barra de madera vieja y BigBad pide dos bebidas de un color ambarino que no tengo ni idea de qué es; pero, si llevan alcohol suficiente para anestesiarme los nervios, no voy a poner ninguna pega.
No obstante, cuando estoy a punto de llevarme el vaso a los labios, sus dedos se cierran alrededor de mi antebrazo y niega de forma casi imperceptible con la cabeza.
—Quédate aquí y haz que bebes. No tragues ni una sola gota —me ordena—. Voy a ver si consigo información. No te muevas de esta barra bajo ninguna circunstancia.
Sin darme tiempo a protestar, se da la vuelta y se funde con la multitud de la sala de juegos mientras yo me quedo sola con mi copa de veneno.
Miro el líquido turbio y me pregunto cómo demonios voy a fingir bebérmelo; preocupación que pasa a último plano al darme cuenta de que, uno a uno, todos los ojos de la sala empiezan a posarse sobre mi abrigo rojo.
La sensación de ser una diana andante se vuelve tan insoportable que decido arriesgarme. Con movimientos torpes por la prisa, me deshago del abrigo rojo y lo doblo sobre el taburete, confiando en la ayuda de mi camiseta técnica negra para fundirme con el lugar.
El remedio resulta ser casi peor que la enfermedad, porque apenas libero mis brazos, una mujer de cabellos oxigenados y ropa escasa se desliza hasta mi lado con desfachatez.
Me recorre el antebrazo con unos dedos largos y de uñas afiladas, acariciando la licra mientras se inclina hacia mí con una sonrisa cargada de intenciones.
Me reprendo internamente por haber soltado mi amuleto de la suerte, sintiéndome estúpida y vulnerable bajo su escrutinio, e intento zafarme de su caricia con una cortesía tirante.
Ella, decidida a ignorar mi gesto, acorta la distancia, abrumándome con el olor de su perfume dulzón y barato.
Justo cuando estoy a punto de perder la paciencia, alguien la aparta de un empujón brusco, obligándola a retroceder entre maldiciones siseadas.
El alivio me inunda el pecho, convencida de que BigBad ha regresado al rescate, y se disipa con la misma rapidez al comprobar que no es él.
Frente a mí se alza un hombre de una belleza insultante, de facciones angulosas y perfectas, con un torso tonificado que su ajustada camiseta no se molesta en ocultar.
A pesar de su porte impecable, desprende un aura de peligro tan afilada que activa todas mis alarmas: he salido de la sartén para caer directa en el fuego.
—Hay que ser cortante y dejar las cosas claras desde el principio cuando se trata de las Conejitas del Prado. —Su voz aterciopelada me hiela la sangre—. Si les das un dedo, se cobran el brazo entero antes de que puedas pestañear.
No tengo ni la más remota idea de quiénes son esas conejitas ni a qué se refiere, pero no pienso darle el placer de mostrar mi ignorancia ni concederle ventaja.
Asiento, mantengo la barbilla alta y le agradezco con un tono gélido su intervención mientras busco desesperadamente a BigBad con la mirada por encima de su hombro.
El tipo no parece tener intención de marcharse e intenta sonsacarme información con preguntas sutiles que esquivo con evasivas poco convincentes.
—¿No vas a probar tu bebida? —Señala el vaso al que sigo aferrada—. Sería una pena desperdiciar un néctar tan bueno.
Para evitar alimentar sospechas, me rindo a la presión.
Doy un trago largo y el líquido me quema la garganta como si fuera ácido puro.
Disimulo el ataque de tos mientras un dulzor empalagoso y artificial se me pega al paladar.
El hombre continúa hablando sin percatarse de mi estado.
Le doy un segundo sorbo a la mezcla, hipnotizada por el ritmo de sus palabras.
Un calor extraño empieza a treparme por las mejillas y, aunque no lo he visto dar un solo paso, de pronto su presencia invade mi espacio personal.
—Tienes una luz muy especial para este agujero, preciosa.
Las palabras me llegan amortiguadas y estoy a punto de sonreír de forma estúpida cuando un brazo de hierro me rodea la cintura y tira de mí hacia atrás hasta estamparme contra un pecho sólido.
El instinto de combate grabado a fuego en el sótano se activa. Me preparo para clavarle el codo en el estómago y forzar la rotura del brazo con un movimiento que muere al escuchar la voz conocida detrás de mí.
—Yo que tú tendría cuidado con dónde pones los ojos, si es que planeas seguir conservándolos. —Su agarre casi me duele—. No recuerdo haberte dado permiso para dirigirle la palabra a lo que es mío, y mucho menos para respirar su mismo aire.
El desconocido levanta las manos a la altura de los hombros y retrocede hasta perderse entre la gente. Me hundo contra su cuerpo, incapaz de mantenerme en pie ahora que las luces de la sala han comenzado a dar vueltas.
Me gira y me atrapa el rostro entre las manos con brusquedad. Después de escanearme, desvía la mirada hacia el vaso casi vacío, ahora sobre la barra, y aprieta tanto la mandíbula que las venas se le marcan en el cuello.
—Maldita sea, Rouge. Nos largamos de aquí ahora mismo.
El calor, antes un simple hormigueo, se ha transformado en un incendio forestal.
Enciende cada terminación nerviosa de mi cuerpo y, sin poder evitarlo, me froto contra él.
Busco alivio en la dureza de sus músculos y deslizo los dedos por su abdomen hasta alcanzar el bulto tras sus pantalones.
Se me escapa un gemido y, antes de lograr colarme bajo la tela, me atrapa la muñeca.
Intento usar la otra, desesperada por sentirlo. También la intercepta, inmovilizándome.
—Te dije que no bebieras. Por una vez en tu puta vida podías haberme hecho caso, pero no, tenías que hacerte la valiente. —El reproche me enciende aún más.
Me pone el abrigo rojo de un tirón, mientras yo aprovecho para volver a restregarme contra él.
No entiendo qué me pasa ni por qué esta excitación salvaje me ha nublado el juicio, menos por qué la idea de sentir de nuevo su polla dentro de mí se ha convertido en mi única prioridad. Joder, necesito que me folle.
—No me tientes —contesta, confirmando que lo he dicho en voz alta.
La vergüenza ha sido eclipsada por la urgencia de apagar el deseo mientras avanzamos entre la gente. Al fin salimos de la sala de juegos y me empuja por la cintura por el pasillo.
Una mujer apoyada contra la pared me guiña un ojo y me abalanzo sobre ella, atrapando sus pechos. La mujer me mira con sorpresa y empieza a inclinarse para besarme. Sin embargo, nuestros labios nunca se tocan porque BigBad tira de mí al tiempo que recita una retahíla de maldiciones entre dientes.
—No puedes salir al mercado en este estado, joder. Eres un peligro.
Me arrastra por el corredor, se detiene frente a una de las puertas laterales y, tras comprobar el interior, me obliga a entrar, cerrando el pestillo detrás de nosotros.