The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 19
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Capítulo 19

Subo el volumen de la música hasta hacer vibrar mi cuerpo con los bajos.

Es la única forma de silenciar la frustración tras estar siete días encerrada en este búnker.

Una semana de aislamiento en la cual el mundo exterior parece haberse convertido en un código corrupto sin acceso posible, mientras BigBad me somete a una rutina de golpes, sudor y comidas nutritivas.

Me muevo por el sótano con agilidad, lanzo fintas al aire y creo que, si hoy intentara ahogarlo con mis propias manos, tendría una oportunidad.

Estoy tan centrada en los ejercicios que no siento su presencia hasta que intercepta uno de mis ataques y me tira sobre la colchoneta.

—Vamos a hacer un trato —digo, incorporándome de un salto—. Si consigo tirarte al suelo, esta noche me llevas al mercado negro. No pienso pasar ni un minuto más aquí encerrada viendo cómo el reloj de mi madre se queda sin arena.

Cruza los brazos sobre el pecho y, aunque me estudia con esa mirada de depredador a la cual ya me he acostumbrado, detecto un brillo de curiosidad incitándome a seguir adelante con mi plan.

—¿Y si no lo logras? —Levanta una ceja—. ¿Qué me ofreces?

Mi mente viaja inevitablemente a las últimas noches de soledad pasadas en la habitación, preguntándome en qué rincón de este lugar se esconde para dormir y por qué, desde entonces, no ha vuelto a tocarme salvo en el entrenamiento.

Se me aprieta el estómago con un nudo de pura humillación al recordar cómo mi cuerpo me traiciona ante el menor contacto durante los combates, reaccionando a su cercanía mientras él mantiene su jodido estoicismo.

Así que decido jugar la única carta capaz de descolocarlo.

Me humedezco los labios y lo recorro con la mirada antes de volver a sus ojos.

—Si no logro derribarte, te dejaré hacer conmigo lo que quieras. Sin trucos.

Me resulta imposible descifrar sus pensamientos. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, asoma en su rostro.

—Tienes diez minutos para ponerme de espaldas contra la lona. Si suena la alarma y sigo en pie, el trato se cierra a mi favor. —Saca el móvil del bolsillo para activar el cronómetro.

Me coloco en guardia y, en cuanto el pitido de inicio marca el comienzo, me lanzo al ataque con la rabia acumulada durante toda la semana.

Encadeno golpes que él bloquea con facilidad.

Amago con un directo y bajo el centro de gravedad para intentar un barrido, pero sus piernas son columnas de granito hundidas en el suelo.

El sudor empieza a escocerme en los ojos y el pecho me sube y baja con violencia.

No me detengo. Logro rodearle el cuello con el brazo y enganchar mi pierna tras su rodilla en una llave.

Su peso cede hacia atrás y aprieto los dientes convencida de tenerlo.

Sin embargo, recupera el equilibrio y me mantiene suspendida en el aire hasta que el timbre del cronómetro resuena por todo el sótano.

La tensión abandona sus hombros, baja la guardia al dar por concluido el asalto y, en ese maldito segundo de distracción, con un último impulso desesperado, uso todo mi peso para desestabilizarlo. Caemos al suelo y, para mi absoluta sorpresa, su carcajada limpia y profunda llena toda la estancia.

—Está bien —dice, tendido en la colchoneta con los brazos extendidos a los lados—. Esta noche iremos al mercado.

Me incorporo apoyada en las rodillas, sin creérmelo todavía.

—No lo hice a tiempo —admito, con la voz entrecortada—. Te he tirado por tu despiste con la alarma, no por ser mejor que tú.

BigBad deja de reír y se incorpora hasta quedar sentado.

—Justamente por eso sé que estás preparada. Ahí fuera no gana el que sigue las reglas, sino el que sabe jugar con ellas para sobrevivir. Has aprovechado un fallo.

La alegría me explota en el pecho con tanta fuerza que pierdo los estribos.

Sin pensarlo, le doy un abrazo, celebrando mi libertad.

El impacto lo pilla desprevenido y volvemos a desplomarnos sobre la lona, terminando conmigo a horcajadas sobre su regazo.

La risa se me muere en la garganta cuando siento la dureza de sus muslos bajo los míos.

—He conseguido tirarte dos veces —susurro, envalentonada por la cercanía y el subidón de adrenalina—, y eso debería tener un premio extra.

Deslizo las manos por su pecho y bajo la mirada hasta su polla, dura bajo la tela del pantalón. Él me agarra por la cintura con fuerza, elimina el poco espacio entre nosotros y el roce me hace soltar un gemido ahogado.

—No tientes a la suerte —dice—. Si logramos algún avance, pensaré en qué clase de recompensa te mereces. Pero si sigues moviéndote así, voy a cobrarme la apuesta aquí mismo y te aseguro que no vas a tener fuerzas para ir de excursión esta noche.