The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 18
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Capítulo 18

Despierto con el peso de un brazo cruzado sobre mi cintura.

Tardo varios segundos en abrir los ojos e ignoro el pinchazo en la garganta al tragar saliva.

Imágenes de la noche anterior me golpean a ráfagas: BigBad, tras haberme destrozado contra el hormigón, llevándome a la ducha para limpiarme con delicadeza.

Luego me cargó en brazos hasta el colchón, donde me enfundó en una de sus camisetas de algodón, me obligó a beber agua y a comer algo dulce antes de arroparme con las mantas.

Entre la bruma del agotamiento, conservo el recuerdo difuso de su voz ronca preguntándome por mi salud sexual mientras me apartaba el pelo de la cara.

Luego me aseguró que él también estaba limpio y que no debía preocuparme porque ha sido sometido al protocolo de esterilización.

Me llevo una mano al cuello y, al rozar la piel sensible, imagino el collar de marcas violáceas en mi garganta.

Solo con pensar en la presión de sus dedos y en la forma en que me arrebató el aliento, noto una sacudida eléctrica que desciende por el vientre hasta instalarse entre las piernas.

Maldigo al sentir la seda de las bragas húmedas.

Odio la facilidad de este hombre para anular cualquier rastro de lógica, porque, sin ser consciente de mis actos, he movido las caderas hasta presionar con el culo su polla semierecta.

Un sonido bajo y gutural vibra contra mi nuca.

Aprieto los muslos con fuerza y deslizo la mano por debajo del encaje para aliviar el fuego acumulado entre las piernas.

Soy una idiota desorientada tras pasar mucho tiempo en un desierto sensorial.

Durante estos cuatro años marcados por la enfermedad de mi madre, me convencí de ser frígida, de que para mí el sexo era solo un trámite vacío que realizaba en contadas ocasiones, sin llegar siquiera a rozar el placer.

Por suerte, pensar en mi madre actúa como un jarro de agua fría y la excitación se esfuma tan rápido como llegó, dejando en su lugar un vacío amargo de culpabilidad.

Me incorporo con brusquedad y me zafo de las sábanas con la ansiedad trepándome por el pecho al pensar en su situación, en si corre peligro al estar mi nombre en la lista de los buscados o en si habrá probado bocado desde que salí de casa.

Cuando estoy a punto de ponerme de pie, el brazo de BigBad me atrapa por la cintura y me devuelve al colchón sin el menor esfuerzo.

—¿A dónde crees que vas?

Me doy la vuelta para enfrentarme a él.

—Necesito saber si mi madre está bien. Ella no suele levantarse; es probable que no haya comido nada. Debo ir a verla.

BigBad me mueve hasta hacerme quedar a horcajadas sobre él, con las rodillas clavadas en el colchón a ambos lados de sus caderas.

—Tu madre está bien. Me encargué personalmente de que comiera y de mantenerla vigilada. No le va a pasar nada mientras estés conmigo.

Abro la boca para preguntar cómo demonios lo ha conseguido o por qué se ha tomado tantas molestias por alguien reducido a ser una simple moneda de cambio en su juego, pero las palabras mueren en mi garganta cuando su mano se desliza por debajo de la camiseta y sus dedos encuentran mis bragas mojadas.

—Vaya —susurra con una sonrisa ladeada y peligrosa, despertando en mí las ganas de golpearlo y besarlo al mismo tiempo—, parece que alguien estaba teniendo sueños muy interesantes.

Me muerdo el labio, humillada y encendida, y no puedo evitar frotarme contra su erección.

Si bien el placer amenaza con arrastrarme de nuevo, al verlo cerrar los ojos por un segundo y aflojar la presión sobre mis caderas, aprovecho la oportunidad.

Ruedo hacia un lado, escapo de su alcance con agilidad y corro hacia el baño antes de darle tiempo a decidir que es hora de volver a cazar.

Cierro la puerta con el pestillo y me apoyo contra el lavabo.

Al mirarme al espejo, apenas me reconozco en el reflejo: el pelo revuelto, los labios hinchados y las marcas de sus dedos.

Suelto un bufido de autodesprecio. Debo centrarme de una puta vez.

No puedo permitir que un par de orgasmos me nublen el juicio cuando tengo a todo el mundo buscando cortarme la cabeza.

Maldigo haber aceptado entrar en esta boca de lobo.

Ahora mismo me da igual la caja, la abuelita o saber quién mueve los hilos desde las sombras; lo único que quiero es recuperar mi normalidad, volver a esos clientes de poca monta que me pagaban una miseria por servicios de seguridad mediocres; al menos, no ponían mi vida en el punto de mira de un francotirador.

Sin embargo, el pensamiento de mi madre vuelve a golpearme.

Si logro ganarle la partida a The Woods, si consigo romper el bloqueo, borrar mi rastro y cobrar la misión, podré pagarle el tratamiento que necesita.

Sacudo la cabeza y me desvisto de un tirón.

No, no me arrepiento de haberme metido en este barrizal si eso significa una oportunidad para ella.

Y aunque no tengo ninguna prueba de que la palabra de BigBad valga más que el código de un principiante, decido creer que se ocupó de alimentarla; es la única manera de no volverme loca ahora mismo.

Después de quitarme las bragas, abro el grifo.

El agua caliente me golpea la espalda hasta lograr que la tensión de los músculos ceda.

Necesito usar a BigBad. Él es el único capaz de navegar por las cloacas de The Woods y, si quiero salir de este lío, debo jugar mis cartas con estrategia en lugar de dejarlo jugar con mi cuerpo.

Salgo de la ducha mucho más centrada, envuelta en una toalla y con la mente fría, lista para la siguiente fase. Me pongo la camiseta de nuevo para no cruzar el pasillo medio desnuda y, al abrir la puerta, lo encuentro apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

—Ya estoy lista. —Me esfuerzo por ocultar cualquier rastro de debilidad—. Vamos a por esa caja al mercado negro. Cuanto antes terminemos con esto, antes podré largarme de tu vida.

Un destello de frustración se le refleja en la mirada al escucharme, pero si cree que, después de lo de anoche, voy a quedarme aquí encerrada para que él salga a jugar a los héroes, está muy equivocado. No soy una damisela en apuros y no pienso esperar sin hacer nada.

—Tienes ropa en la habitación. Cámbiate y baja al sótano. —Señala con la cabeza la puerta al final del pasillo.

Me enfundo la equipación técnica que ha dejado sobre el colchón, un conjunto de material elástico que se me ciñe a las curvas como una segunda piel.

Está diseñada para ofrecer libertad de movimiento sin sacrificar resistencia, parecida a un uniforme de combate urbano.

La firmeza de la tela me aprieta el cuerpo todavía dolorido.

Al bajar las escaleras, me recibe el sonido de golpes. A un lado de la estancia, castiga un saco de boxeo, sin camiseta y con el sudor recorriéndole la espalda. Me aclaro la garganta para interrumpir el despliegue de fuerza bruta y él se gira hacia mí.

—Vamos a entrenar —suelta sin preámbulos, cogiendo una toalla para secarse el rostro.

—No tenemos tiempo para que hagas de maestro en artes marciales.

—No vas a ir a ninguna parte hasta saber defenderte. —Se acerca a mí con paso lento—. Creía que anoche te había quedado claro quién dicta las normas aquí, pero si necesitas un recordatorio, solo dilo.

Reprimo el escalofrío que me recorre y niego con energía, sacudiéndome la tentación de volver a sentir su cuerpo contra el mío en un contexto sin golpes de por medio.

Durante la siguiente hora, me obliga a entrar en un infierno.

Me enseña los fundamentos de una lucha híbrida, centrada en derribos y en usar el peso del oponente en su contra.

Sus manos vuelven a rodear mi cuerpo, pero esta vez no hay rastro de la ternura de la ducha; me empuja, me tumba y me obliga a levantarme una y otra vez.

—¡Otra vez! —ruge cuando vuelvo a fallar.

Los pulmones me arden por el esfuerzo y el sudor me nubla la vista. Aun así, no me rindo. Con cada impacto contra el suelo, la rabia sustituye al cansancio.

Pierdo la cuenta de cuánto tiempo llevamos en este bucle de impactos y caídas; lo único seguro es que, si antes de bajar ya me dolían los músculos, ahora el dolor me llega hasta los pelos de la nariz.

BigBad se detiene al fin y, tras unos segundos observándome tirada sobre la colchoneta con el pecho agitado, me tiende una mano para ayudarme a incorporarme.

—Suficiente por hoy. —Tira de mí con fuerza—. Sube y pégate una ducha, que yo preparo algo de comer. No aguantarás mucho más si te sigues alimentando a base de enlatados caducados.

El calor me sube a la cara, y esta vez no es por el esfuerzo físico, sino por comprender que sabe sobre mi dieta a base de latas de conserva sospechosas. Trato de recomponerme, digna a pesar de los mechones de pelo pegados a la frente, y camino hacia la escalera con las piernas temblorosas.

Con un pie en el primer escalón, me giro hacia él.

—¿Saldremos esta noche hacia el mercado?

Frena el saco con la palma de la mano y la comisura de su boca se eleva.

—No, todavía estás demasiado tierna para meterte en el bosque. Primero debes aprender a morder o te comerán. Y no voy a permitir a nadie más tocarte.