The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 17
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Capítulo 17

Solo se escucha el repiqueteo de las teclas.

Me ha costado horrores recuperar la concentración tras el abrazo, pero BigBad ha tenido la decencia de marcharse sin decir ni una palabra, ahorrándome el trago amargo de tener que ponerle voz a lo sucedido entre nosotros.

Después de una interminable sesión de combate contra el sistema, al fin estoy a un solo clic de recuperar mi vida, a un paso de borrar para siempre el rastro de la «jugadora marcada» y volver a ser una sombra invisible, lejos de los ojos de quienes mueven los hilos en The Woods.

El corazón me golpea las costillas al leer el archivo con mi nombre.

Lanzo el proceso de borrado definitivo y la pantalla se llena con una barra de progreso que asciende con lentitud, donde cada unidad sumada equivale a un gramo menos sobre mis hombros.

Noventa. Noventa y cinco. Noventa y siete.

La esperanza, esa emoción peligrosa y fuera de mi alcance, empieza a brotarme en el pecho.

Justo cuando el contador alcanza el noventa y ocho por ciento, todas las pantallas se apagan.

Aporreo las teclas sin ningún efecto. El sistema no responde. Un escalofrío me recorre la nuca al comprender la magnitud del desastre y mi grito de rabia alerta a BigBad, que aparece en el umbral en cuestión de segundos.

—Estoy jodida —digo sin girarme—. Me han bloqueado.

Un pitido agudo corta el silencio. Saca su móvil y la luz de la pantalla proyecta una sombra agresiva sobre sus facciones, que se endurecen al leer el contenido.

Sin mediar palabra, alarga la mano, coge mi teléfono de la mesa y, sin previo aviso, lo lanza contra el suelo del almacén y lo aplasta con el tacón de la bota hasta hacer crujir el cristal y convertirlo en purpurina tecnológica.

—Pero ¡qué haces! —grito, lanzándome hacia los restos inútiles del terminal—. Instalé un programa de cifrado fantasma, era imposible rastrearme a través de ese terminal.

—Ya no podemos correr el riesgo. Acaban de enviar una alerta de Prioridad Máxima de Caza.

El suelo desaparece bajo mis rodillas y la bilis me sube por la garganta.

He fallado, no he borrado la marca y todo mi talento, todos esos años de ser la mejor, no han servido para nada.

Soy una inútil, una pieza de carne expuesta en un escaparate para que el sistema me despedace cuando quiera.

La respiración se me vuelve errática mientras las lágrimas de pura frustración amenazan con nublarme la vista.

—Levántate. —Me agarra por los hombros para obligarme a ponerme de pie.

—¿Para qué? Se ha acabado.

—Mírame. —Sus manos me atrapan por las mejillas—. Tu código no ha fallado por falta de talento. Ha fallado porque alguien quiere conducirte hasta el final por el camino difícil. Quieren verte luchar por cada centímetro.

Su mirada me ancla a la realidad sin dejar espacio para el pánico.

—He movido un par de hilos —continúa—. Para avanzar y romper ese bloqueo, necesitamos recuperar la caja que perdiste. Tengo una pista de quién la tiene: se mueve en un mercado negro en los suburbios. Si alguien dispone de esa información, lo encontraremos allí.

La mención de la caja activa una chispa de rabia que logra frenar mi caída en picado. Doy un paso atrás, cojo mi abrigo del respaldo de la silla y me lo pongo de camino a la puerta. Me niego a permanecer aquí, sin hacer nada.

Al pasar por su lado, su mano se cierra sobre mi brazo y me frena en seco.

—¿Adónde coño vas?

—A buscar la información. —Intento zafarme con un tirón inútil, salvo para aproximarme todavía más a su cuerpo.

—Es insoportable lo mucho que te gusta tirarte de cabeza a la boca del lobo sin comprobar antes si tiene hambre. No vas a ir a ninguna parte, menos a los suburbios con una alerta de caza sobre tu cabeza.

—No soy tu propiedad. —Clavo los dedos en su piel sin conseguir que afloje—. Si quieres puedes acompañarme, pero de ninguna manera voy a quedarme aquí sentada mientras tú juegas a los espías.

Se le oscurecen los ojos y el peligro en mi interior no está relacionado con The Woods poniendo precio a mi cabeza de nuevo, sino con las ganas de ser estampada contra la pared más cercana.

—Vas a cumplir mis órdenes porque soy el único de los dos que sabe cómo mantenerte con vida. —Su aliento me roza los labios—. Así que baja los humos antes de que decida que la mejor forma de protegerte es dejarte esposada a uno de estos servidores.

—Inténtalo. —El sonido de mi propia voz, cargada de una temeridad desconocida para mí, parece prender la mecha en este espacio asfixiante entre los dos.

La presión de sus dedos aumenta hasta el límite del dolor.

No me amedrento; al contrario, me inclino más hacia él.

Sus ojos me recorren el rostro hasta descender a mis labios.

Es un monstruo y, con toda probabilidad, el hombre más peligroso que se ha cruzado en mi camino, sobre todo tras verlo luchar con otros y ganar siempre.

Sin embargo, ahora mismo, la idea de sus esposas en mis muñecas me provoca un escalofrío y, por estúpido que parezca, suena a una experiencia irresistible.

—No tientes a la suerte, porque no tienes ni la menor idea de lo poco que me costaría cumplir esa amenaza y cuánto disfrutaría de tenerte a mi merced. —Su mano libre se enreda en mi pelo y da un tirón brusco, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.

—Pues, deja de hablar y haz algo.

Suelta un juramento en voz baja y choca sus labios contra los míos.

La rabia del bloqueo y el miedo a ser cazada desaparecen mientras me muerde el labio inferior y aprovecha mi quejido para colar su lengua dentro de mi boca.

Mis manos, dispuestas a golpearlo hace un segundo, se aferran ahora a su cuello.

Esto está mal, es un desastre anunciado, pero resulta imposible pelear por un control diluido entre los dos mientras saboreo el hierro de su sangre al morderlo de vuelta con la misma violencia. Baja las manos hasta mi culo y me aprieta contra su erección, arrancándome el último rastro de cordura.

El frío de la piedra me cala en la espalda cuando me estampa contra la pared de hormigón.

Me inmoviliza bajo el peso de su cuerpo, una masa de músculos y calor abrasador.

El sonido errático de nuestras respiraciones llena el lugar mientras, de un tirón, me libera de la presión de los pantalones antes de meter los dedos bajo el encaje de mis bragas y arrancarlas.

Luego me levanta por los muslos sin esfuerzo y me obliga a rodear su cintura con las piernas.

Se balancea un poco, frotando su polla tras los vaqueros directo contra mi centro.

—Mírame, Rouge —ordena.

Le obedezco y encuentro en él la misma tormenta de hambre, un calco exacto de mi propia voracidad, capaz de arrasar cualquier pensamiento racional.

Sin dejar de sostenerme, baja la cremallera de sus pantalones con un movimiento rápido.

Le tiro del pelo con saña y le clavo los dientes en el cuello, ansiosa por castigarlo de alguna manera, y en cuanto su punta tantea mi entrada, suelto un gemido ante la idea de lo que está por venir.

Se abre paso dentro de mí de una sola embestida.

Arqueo la espalda y le clavo las uñas en los hombros mientras mis pulmones luchan por oxígeno.

El impacto me deja vacía y llena a la vez.

La sensación es tan intensa que los ojos se me cierran solos.

El parpadeo involuntario es interrumpido por su agarre en mi mandíbula, obligándome a mirarlo.

Una vez dueño absoluto de mi atención, desliza la mano hasta mi cuello para apretar con firmeza.

El zumbido constante de los servidores y el impacto rítmico de nuestros cuerpos empiezan a desvanecerse en un segundo plano.

La falta de oxígeno oscurece los bordes, solo su rostro permanece nítido.

—Llevo deseando volver a asfixiarte desde el segundo en que te dejé volver a respirar anoche. —Su voz llega como un eco lejano—. Te mueres porque te someta, ¿no? Lo vi en tus ojos ayer y también ahora. Me suplican que no me detenga hasta que casi no puedas dar una bocanada.

Afloja la presión apenas un milímetro, lo justo para permitir a un hilo de aire quemarme la garganta, y se inclina hasta rozar mis labios con los suyos.

—Dame dos golpes en el hombro cuando quieras parar.

Pestañeo dos veces para darle a entender que comprendí, entierro las uñas en su piel con más fuerza y me muevo en busca de una penetración más profunda. El placer reflejado en sus facciones me resulta aterrador.

—No sabes cuánto me pone tenerte así, indefensa y desesperada, dándome lo que quiero sin poder articular una sola palabra de protesta.

Vuelve a cerrar el puño en mi cuello, arrebatándome el aliento de nuevo mientras acelera el ritmo. Cada estocada está diseñada para recordarme quién tiene el control.

Me esfuerzo en no apartar la mirada, en mantenerme aferrada al verde radiactivo de sus ojos. Estoy a un suspiro de ese punto de no retorno donde los músculos se contraen en una agonía deliciosa y el clímax se prepara para arrastrarme al abismo.

—Quiero que me escuches bien. —Sus embestidas se vuelven lentas y me quejo por la frustración—. Has fallado ahí fuera, has dejado que el sistema te devore y ahora estás aquí, temblando porque tu precioso talento ha resultado inútil frente a ese bloqueo.

Agito las caderas con torpeza, mendigando una fricción que él me niega.

—Tus pantallas te daban la ilusión de control, pero ahí fuera eres una presa en un bosque lleno de colmillos.

Gimoteo casi sin escuchar sus palabras. Necesito que me rompa, que acelere hasta fundir el dolor y el placer en algo indistinguible.

—No vas a ir a buscar esa caja, no vas a mover un dedo hasta que yo lo decida.

Tu libertad se terminó en el momento en que te apartaste del sendero.

A partir de ahora, acatarás cada una de mis órdenes y voy a disfrutar cada segundo de tu rendición mientras te enseño que, en este bosque, yo soy el único monstruo al que deberías temer.

Se retira casi por completo para embestirme con tanta violencia que me lastimo la lengua.

—Muéstrame que lo has entendido. Dime que no vas a dar un paso fuera de este refugio sin mi permiso o te juro que la alerta de caza será el menor de tus problemas. —Suelta mi cuello lo justo para permitirme hablar con un hilo de voz.

—Sí, por favor —balbuceo con la garganta en llamas.

—¿Por favor qué? Pídemelo.

Mi cuerpo se sacude ante la necesidad de retomar aquel ritmo brutal.

—Haré lo que quieras, lo prometo —gimo, entregándole mi último rastro de orgullo—. Solo… no te detengas. Por favor.

Su respuesta es devorarme con un beso hambriento, que sabe a posesión y a peligro. No han pasado ni cuatro estocadas cuando grito de placer contra sus labios y el orgasmo me golpea con la fuerza de un rayo. Cada músculo de mi cuerpo se sacude como si me estuviera electrocutando.

Él no se detiene. Sigue castigándome con el mismo ritmo despiadado, me obliga a sentir las réplicas del clímax una y otra vez, hasta saturarme los sentidos. Su cuerpo se tensa al límite, suelta un gruñido casi animal y acaba dentro de mí.

El silencio vuelve a caer sobre nosotros, roto por el compás de nuestras respiraciones al recuperar la calma.

Une sus labios a los míos despacio. Resulta dulce tras la tempestad de hace un momento, y me derrito en sus brazos.

Incapaz de sostener mi propio peso, agradezco la firmeza de su agarre.

Cierro los ojos. No sé si es él quien se mueve o son los ecos de mi propio cuerpo intentando asimilar lo ocurrido.

Estoy demasiado cansada, demasiado satisfecha, para volver a abrirlos o procesarlo.

Solo sé que, por ahora, el bosque es un lugar seguro porque el lobo ha decidido que soy suya.