Capítulo 16
El zumbido de los servidores se convierte en una vibración constante.
Trepa desde las teclas por la punta de mis dedos hasta anclarse en la base del cráneo, borrando el resto del almacén en un fundido a negro.
No hay frío, no hay olor a metal oxidado ni rastro del perfume de BigBad.
Solo el resplandor de las pantallas. Conforme me sumerjo en el abismo de ceros, desaparece la sensación de impotencia que me ha perseguido desde anoche.
He dejado de ser la presa en plena huida.
Aquí dentro, soy el fantasma capaz de atravesar muros infranqueables.
—Hay comida en la cocina. —Me jode su constante manía de transformar cada frase en una orden—. Volveré en unas horas.
El chasquido de la puerta al cerrarse marca el inicio de mi verdadera libertad.
Lanzo los primeros ataques. Las líneas de código caen ante los comandos ejecutados, abriéndome el acceso a las tripas de The Woods.
Me muevo por los puertos abiertos, esquivo los señuelos y disfruto de la embriagadora certeza de ser, por fin, la dueña del juego.
El tiempo deja de ser una medida lineal para transformarse en una sucesión de scripts ejecutados y brechas aprovechadas.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que el aroma a comida rompe mi concentración, señal recibida por mi estómago con un espasmo violento.
—Para. —Me sobresalto al escucharlo romper el silencio—. Tienes que comer algo y beber agua.
El cuello me protesta cuando intento girarme y el ardor en los ojos me hace parpadear varias veces para enfocar a BigBad, que me ofrece el plato humeante con la amabilidad propia de un ultimátum.
—¿Qué hora es? —La voz me sale entrecortada.
—Ya es de noche. —Deja el plato sobre el escritorio y señala la botella de agua que me dio antes de irse—. Por lo que veo, no has parado ni un segundo. Ni siquiera la has abierto.
—Vaya, no sabía que además de matón también eras coach de bienestar. ¿El paquete incluye clases de ejercicios de respiración?
El cuello me vuelve a protestar cuando da un paso hacia adelante y me obliga a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Si fueras una persona normal y te cuidaras, no tendría que hacerlo yo.
—Con el pulgar y el índice me atrapa la barbilla—.
Pero como tú estás demasiado ocupada intentando demostrar que eres invencible, alguien debe asegurarse de que no te desmayes sobre el teclado. No me sirves muerta por inanición.
La firmeza del agarre me arranca un jadeo.
Intento camuflar el sonido bajo una mueca de dolor, rezando para que lo interprete como una queja y no como la respuesta física humillante capaz de empaparme las bragas.
La cosa empeora cuando me roza el labio inferior con el pulgar.
Es apenas un segundo, lo justo para encender de nuevo el fuego interior que creía ya extinto.
—Come. Ahora.
Me zafo de su agarre y empiezo a devorar la comida.
Lo observo de reojo, apoyado contra la mesa contigua con los hombros tensos, sin evitar preguntarme a dónde ha ido estas últimas horas.
El mensaje con el aviso de tener cuidado con él sigue haciendo saltar todas mis alarmas, a pesar de la falta de coherencia entre esa advertencia y el hombre empecinado en traerme comida caliente y obligarme a beber agua para evitar que me desplome.
Busco algún indicio esclarecedor sobre los motivos por los que un tipo así de peligroso se tomaría tantas molestias por una hacker desconocida.
Me resulta imposible tragarme el cuento de ser solo un activo digno de protección, porque en este mundo nadie da un paso si no consigue una recompensa.
—Suéltalo de una vez —ordena.
—No entiendo de qué hablas.
Me llevo el tenedor a la boca, detenido a medio camino, justo cuando una sonrisa torcida se le dibuja en el rostro.
—Tu cara tiene subtítulos y ahora mismo estás intentando descifrarme con el mismo esmero que le dedicas a un cortafuegos. —Se cruza de brazos—. Te lo voy a poner fácil: te permito tres preguntas. Solo tres, y te prometo respuestas sinceras. Piénsalas bien.
Dudo unos segundos. El riesgo de aceptar un juego donde él siempre pone las reglas es enorme, pero la curiosidad puede conmigo. Me limpio la boca con el dorso de la mano y me decido a lanzar la primera piedra para ver dónde cae.
—¿Cómo entraste en The Woods?
—Igual que todo el mundo. Un día me apareció la invitación en la pantalla y acepté.
Esto quiere decir que, aunque su estatus actual está lejos de mi nivel, en algún momento sí lo fue.
—¿Y por qué lo hiciste? —La pregunta se me escapa.
Observa el brillo azulado de los monitores reflejado en sus botas de cuero, y sonrío cuando su fachada de matón de acero se resquebraja.
—Porque es el único lugar donde un monstruo como yo puede moverse con libertad.
—Eso es una mierda de respuesta. —El cabrón me está dando largas con frases hechas, sin revelarme nada nuevo—. Eres demasiado ambiguo, juegas con las palabras para no decir la verdad.
Suelta una carcajada y se inclina hacia mí hasta lograr envolverme de nuevo con su perfume.
—Entonces piensa bien la última, Rouge. No la desperdicies.
El corazón me golpea contra las costillas y dudo si ir a lo seguro o arriesgarlo todo en una apuesta con consecuencias caras. Recuerdo el nombre escrito con ceras de colores bajo el dibujo infantil escondido entre las páginas del libro.
—¿Quién es Daisy?
El cambio en su expresión es tan brusco que me hundo en el respaldo de la silla. Las facciones se le endurecen hasta parecer talladas en granito y la mandíbula se le tensa.
—No.
Recuperada del impacto, me levanto para no estar en desventaja.
—Prometiste contestar. Si no lo haces, demostrarás que tu palabra no vale nada.
—¿De dónde has sacado ese nombre? —Los dedos se le cierran hasta formar un puño.
—Eso no importa. —Le devuelvo sus propias tácticas—. La que podía hacer preguntas era yo.
El silencio se alarga tanto que dudo si responderá.
—Daisy era mi hija.
El uso del pasado me hiela la sangre.
—¿Era?
—Ya has usado tus tres preguntas —dice, dándome la espalda para salir de la sala.
Camino hacia él hasta adelantarlo y cerrarle el paso.
—Si esperas que te confíe mi vida, y sobre todo la de mi madre, lo mínimo que puedes hacer es abrirte un poco. —Le clavo un dedo en el pecho—. No puedo seguir a un hombre que solo me ofrece amenazas y comida caliente. Necesito saber con quién me estoy jugando el cuello.
Él permanece inmóvil, con la cabeza gacha.
—Era de esas niñas que no saben caminar, solo correr.
Siento la vibración de su pecho bajo la punta del dedo. La calidez contrasta con la frialdad de sus ojos cuando por fin levanta la vista para encontrar la mía.
—Daisy era el motivo por el que yo solía creer que esta sociedad tenía arreglo. Pero la pureza es una debilidad que los de arriba huelen a kilómetros. Tenía cinco años cuando el sistema decidió que su vida no era una prioridad presupuestaria.
Se pasa la mano por el rostro y se aprieta el puente de la nariz con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos antes de continuar:
—Me pasé meses suplicando, buscando una forma de salvarla.
El mismo día que nos confirmaron que no había esperanza, la madre de Daisy se marchó.
No pudo con el dolor y se rindió. La odié por eso.
La odié con cada fibra de mi ser por abandonarla en ese momento, sin intentar lo más mínimo para mantenerla con nosotros, cuando yo estaba dispuesto a quemar el mundo con tal de ganar un minuto más con nuestra pequeña.
—Su risa amarga resuena contra las paredes—.
Intenté todo lo que estuvo a mi alcance.
Hice locuras, crucé líneas sin retorno… y, aun así, no conseguí el milagro.
Al final, acepté que lo único que me quedaba era ella.
Dejé de luchar contra un sistema corrupto que ya nos había ganado la partida y me centré en mi hija.
Pasé el escaso tiempo restante llenando sus días de risas, de juegos absurdos, de abrazos y besos, intentando que no sintiera ni un gramo de la oscuridad que me devoraba a mí.
»El día que la perdí, se me partió el corazón. Sigue hecho pedazos, con una grieta imposible de cerrar. Desde ese instante decidí joder al sistema y he dedicado cada aliento a devolverles el golpe, aunque muera en el intento.
El nudo que me aprieta la garganta me impide articular palabra.
Si a mí me duele mi madre, no puedo llegar a imaginar el abismo de negrura en el que vive él.
Las frases de consuelo me parecen baratas, insultantes frente a una pérdida de ese calibre; así que doy un paso al frente y lo rodeo con los brazos, hundiendo la cara en su pecho mientras el olor a su perfume me llena los pulmones.
Se queda rígido con los brazos a los lados, como si no supiera qué hacer con un gesto de ternura después de tanto tiempo.
Su respiración entrecortada me acaricia el pelo y, tras unos segundos de duda eterna, sube las manos por mi espalda y me devuelve el abrazo con fuerza.
Y, en ese contacto, bajo las luces azules de los monitores, comprendo que los dos estamos hechos de la misma clase de escombros.