The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 15
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Capítulo 15

Después de escabullirnos por rincones de la ciudad donde nunca he estado, terminamos en un almacén anodino.

El polvo baila en los pocos haces de luz de luna que logran filtrarse por los ventanales altos.

BigBad se mueve con seguridad, sortea cajas de madera y maquinaria obsoleta hasta detenerse frente a una puerta.

Sin embargo, tras pasar la mano por un costado, un pad numérico aparece dibujado sobre la superficie.

Introduce un código, la hoja de metal cede y recorremos un pasillo interminable hasta alcanzar una habitación a oscuras.

El aire gélido me obliga a cerrar bien el abrigo, pero la temperatura pasa a segundo plano al activarse las luces LED.

Ante mí se despliega una estación de trabajo sacada de una fantasía tecnológica: una nave nodriza de cables trenzados y circuitos. Los monitores curvos de alta resolución dominan el espacio y proyectan un brillo azulado sobre el chasis de las rugientes torres.

Al llegar junto al equipo, el calor residual de las máquinas contrasta con el frío de la estancia.

—Hay rumores sobre una grieta en la plataforma —dice a mis espaldas—. Un fallo parcheado sin éxito hasta ahora.

El eco de las botas al golpear el suelo se escucha cada vez más cerca.

—No puedo operar a este nivel. —La confesión me pilla de sorpresa—. Sé rastrear movimientos y burlar patrullas, pero esa maraña de algoritmos no habla mi idioma. Tú tienes la habilidad; yo te pongo el arma en las manos.

—¿Y tú qué sacas de todo esto? —pregunto—. Nadie hace nada gratis en este agujero, y ya has dejado claro que no eres precisamente un filántropo.

Me sostiene la mirada con esa intensidad capaz de leerme y da un paso más, invadiendo ese perímetro de seguridad extinguido después de la escenita de asfixia.

—He hecho una inversión demasiado grande y no voy a permitir la pérdida del activo. Si logras colarte dentro, podré asegurar los beneficios.

—¿Inversión? —Suelto una risa seca, sin rastro de humor—. ¿Qué eres, BigBad? ¿Un jugador más o algo peor?

—Todos somos jugadores. —Su voz baja un tono—. La única diferencia es que algunos somos conscientes de serlo, mientras que los demás viven en la ignorancia, esperando a que una mano ajena mueva su ficha.

No le doy más vueltas. La fatiga empieza a pesar y el brillo de las pantallas me llama. Me dispongo a sentarme, con los dedos estirados hacia el teclado, cuando su mano intercepta el movimiento.

—Hoy no.

—¿Cómo que hoy no? Mi madre…

—Necesitas descansar —me corta—. Si tus reflejos fallan, nos matarán a los dos antes de que logres saltarte el primer cortafuegos. Sígueme.

Obedezco a regañadientes y me lleva hasta un dormitorio capaz de hacer parecer el refugio del metro una suite de lujo.

Es un espacio precario, con un colchón tirado en el suelo, sepultado bajo unas mantas, y un sillón desvencijado.

BigBad rebusca en un petate y me lanza una camiseta de algodón gris, áspera y demasiado grande.

—Dormirás aquí. Yo estaré en la otra habitación.

Examino el lugar con una mueca.

—No hay ningún lugar cómodo para dormir allí. —Señalo la puerta—. Dame un momento para cambiarme y quédate tú con el colchón. Puedo apañármelas en el sillón.

Me recorre el rostro con la mirada hasta detenerse un segundo de más en mi cuello.

—He dormido en lugares mucho peores que el suelo de una sala de servidores y, de todas formas, no tengo planeado dormir mucho.

Sin esperar respuesta, da media vuelta y me deja sola.

Me quito la ropa con movimientos torpes y me enfundo en la camiseta gris, holgada y lo bastante larga para cubrirme hasta la mitad del muslo.

Al acomodarme en el colchón, su perfume impregnado en las mantas activa el recuerdo del calor de su muslo encajado entre mis piernas.

Me da asco mi propia debilidad, la forma en que me froté contra él como una perra en celo.

Si bien mi mente intentaba poner cordura, mi cuerpo iba por libre.

Me muerdo el labio al volver a notar la humedad en las bragas y me reprendo por desear al mismo hombre que me ha robado la libertad.

Para intentar frenar el incendio, desvío la mirada hacia un lado y descubro un par de libros tirados.

Cojo uno y lo hojeo hasta dar con un papel doblado entre las páginas.

Parece que es su manera de ocultar tesoros o secretos.

Al abrirlo descubro un dibujo infantil desgastado por el paso de los años, trazado con ceras de colores, de un parque con un tobogán rojo y un columpio junto a un árbol con flores violetas.

El paisaje me resulta familiar, aunque no logro saber el motivo.

En la esquina inferior, escrito con letras mayúsculas, dice: «DAISY».

Releo el nombre y la mente me vuela directa a la fotografía de la mujer y la niña.

Si este dibujo pertenece a esa pequeña y él lo guarda con tanto celo, las piezas encajan en una imagen que me resulta incómoda: Daisy debe de ser su hija y la mujer, su pareja.

Pero, si es así, ¿por qué no están con él?

Quizás vivan tranquilas en un apartamento de lujo en el centro, ajenas a esta vida y al olor a metal oxidado.

Porque, después del despliegue tecnológico de la otra sala, no hay duda de la buena posición económica de BigBad.

Lo guardo de nuevo en el libro, lo dejo donde estaba y me acuesto.

Su vida privada no es mi problema ni debería importarme quién lo espera al llegar a casa.

Por suerte, el agotamiento gana la partida y me libra de seguir dándole vueltas.

Tardo unos instantes en situarme al despertar. Sobre el sillón desvencijado encuentro un conjunto de ropa nueva de mi talla. Me visto rápido y, aunque me inquieta su conocimiento sobre mis medidas, no tengo tiempo para darle vueltas porque las ganas de ir al baño son insoportables.

Al abrir la puerta, choco con una pared de músculo. Me agarra por los hombros para estabilizarme y ese simple roce basta para provocar la traición inmediata de mi propio cuerpo.

—¿Ibas a alguna parte? —pregunta.

—Necesito… el baño.

Odio cómo se me corta la respiración bajo su escrutinio. Al final, rompe el contacto y señala hacia el pasillo con la barbilla.

—La puerta de al lado. Te espero en la sala de servidores.

Minutos después, entro en la estancia principal, donde el zumbido de las máquinas llena el lugar. BigBad está de espaldas, sentado frente a uno de los monitores. Sus dedos golpean el teclado con una cadencia irregular. Leo las líneas verdes en la pantalla.

—No está mal —comento, sorprendida de que sepa estructurar una secuencia de comandos.

Gira la silla despacio.

—Aprendí a base de errores, pero no soy muy bueno —admite—. El código no es mi fuerte.

—Ah. —Me cruzo de brazos y apoyo la cadera contra el borde de la mesa—. ¿Y cuál es tu fuerte, entonces?

Él se pone en pie, con esa elegancia depredadora, y acorta la distancia hasta obligarme a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada.

—Mi fuerte es la caza. —Su aliento me roza la oreja—. Sé rastrear, encontrar el punto donde la resistencia se quiebra y saber cuándo apretar para que alguien deje de luchar.

La advertencia queda suspendida entre nosotros. Aparto la mirada sin responder, porque soy incapaz de encontrar las palabras para no sonar patética. Lo sorteo, me acomodo en la silla, que todavía conserva su calor, y maldigo cuando su olor me envuelve de nuevo.

—No puedo trabajar bien si me respiras en la nuca —suelto, con los dedos sobre el teclado.

Un leve siseo, similar a una risa ahogada, delata su presencia justo detrás de mí.

—Si tu concentración es tan frágil como para romperse por mi cercanía, quizá el problema no soy yo, sino lo mucho que te gusta sentirla.

Golpeo la primera tecla y me centro en lo que tengo delante. El cursor parpadea y por un instante dudo qué grieta resultará más destructiva: si la oculta en el sistema informático o la abierta por él en mi interior.