The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 14
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Capítulo 14

La calidez de hace un segundo en la mirada de BigBad transmuta en una barrera de hielo.

Recupera esa eficiencia pétrea, la de un hombre nacido para sobrevivir a las sombras, mientras yo me quedo clavada frente a la estantería con el codo palpitando por el golpe contra la madera.

El móvil sigue vibrando y no puedo dejar de leer la palabra «marcada» en la pantalla.

Tengo tantas preguntas que me paralizo hasta que el rostro de mi madre aparece y todo se reduce a un solo objetivo.

Ella. Porque si The Woods me ha marcado, sin duda, figurará como el primer blanco de la lista.

Me muevo por puro instinto. No hay tiempo para las palabras mientras me despojo de la ropa y me enfundo en mis pantalones sucios con rapidez.

El pudor de hace unos instantes se ha esfumado, igual que mi oportunidad de ir un paso por delante.

Me pongo el abrigo rojo y maldigo mi ingenuidad al esperar un camino fácil.

Después de coger mis cosas, camino hacia la puerta de entrada con el corazón golpeándome las costillas.

Necesito llegar a mi madre para evitar que la conviertan en una pieza más por mi arrogancia de creerme capaz de dominar sus reglas y ganar.

No llego a la salida. A punto de alcanzar el pomo, unos dedos me apresan la muñeca. El tirón brusco me obliga a girar, haciéndome perder el equilibrio y dejar caer la mochila al suelo.

—¡Suéltame! —Forcejeo—. ¡Déjame salir, maldito psicópata! ¡No puedes tenerme aquí encerrada!

—Si pones un pie en esa calle, estarás muerta antes de llegar a la superficie —me espeta, atrapándome el otro brazo para anular cualquier intento de huida—.

Los Leñadores están ahí fuera, esperando el error de una idiota dispuesta a marcarles el camino.

Si vas, los llevarás directos a su puerta.

La matarán solo para verte sufrir. Debes pensar con frialdad si pretendes mantenerla viva.

—¿Con frialdad? —El ardor de la rabia en mi garganta me da fuerzas para liberar un brazo—. ¡Es mi madre! Es fácil dar lecciones cuando no tienes a nadie, cuando no te importa nadie más allá de tu propio pellejo. No puedes comprender el miedo de perder a la persona más importante de tu vida.

Por una fracción de segundo, la máscara de BigBad se agrieta. Una sombra de dolor, oscuro y podrido, cruza sus ojos antes de que la frialdad vuelva a sellarlos.

—No tienes ni idea. —El veneno en su tono me hiela la sangre—. Haber sobrevivido a un par de huidas conmigo no significa que me conozcas y, créeme, no quieres saber qué clase de monstruo tienes delante.

Si bien el impacto de las palabras me detiene, la angustia es un motor demasiado potente.

Le propino un empujón que solo sirve para incitarlo.

Me agarra por la cintura y me estampa contra la pared con tanta violencia que el aire se me escapa de los pulmones.

Inmovilizada bajo el peso de su cuerpo, con las manos bloqueadas sobre la cabeza por las suyas, lucho en vano.

Su furia compite con la mía y distingo un destello del depredador.

El magnetismo peligroso donde la ira y el deseo se confunden se impone entre los dos.

BigBad encaja su rodilla con firmeza entre mis piernas, obligándome a colocarme casi a horcajadas sobre su muslo.

La presión enciende un fuego traicionero y me odio a mí misma por no poder evitar el placer que me recorre la columna.

Aunque le ordeno a mi cuerpo luchar, quedo atrapada en la promesa oscura reflejada en sus pupilas.

A pesar del esfuerzo por pensar en mi madre, me descubro moviendo las caderas.

Se me escapa un gemido y soy consciente del error en cuanto me suelta las muñecas.

Una de sus manos se aferra a mi cadera para acompañar el balanceo, mientras la otra asciende hasta el cuello, me rodea la garganta y aprieta lo justo para forzar la entrada del aire.

—No hay tiempo para esto, ni para que me contradigas —gruñe—.

Y deja de tentar a la suerte. Si no tuviéramos que salir de aquí ahora mismo, te empotraría contra esta pared para enseñarte el alcance de lo que tanto temes.

Pero ahora necesitas que sea frío y calculador.

—Aumenta la presión del pulgar hasta convertir el oxígeno en un lujo inalcanzable.

El mundo empieza a desdibujarse—. Voy a soltarte y vas a acatar mis órdenes sin rechistar.

Si te portas bien, tal vez te ganes una recompensa.

—Sus labios están tan cerca que, al hablar, cada palabra es un roce contra los míos—.

Parpadea dos veces si lo has comprendido.

Lo hago con el rostro encendido y el pulso martilleando contra su palma.

Me suelta y se aleja de inmediato, dándome la espalda para preparar un bolso con suministros.

Apoyada contra el muro con las manos en las rodillas, recupero el aliento a bocanadas.

Soy una imbécil. Me he vuelto loca por excitarme en un momento así.

Lo peor de todo, la verdad que me carcome por dentro, es saber que, si él hubiera querido, habría dejado que me tomara allí mismo, con mi madre en peligro y los psicópatas pisándome los talones.

Me incorporo despacio y me paso la mano por la piel en llamas. La marca de sus dedos será, sin duda, un recordatorio violento de quién tiene el control. Recojo la mochila del suelo y me obligo a sostenerle la mirada cuando BigBad se cuelga la suya al hombro.

—Debemos movernos —sentencia con frialdad—. Prefiero evitar quemar este lugar.

Camina hacia la cocina con zancadas largas y decididas.

Lo sigo en silencio, todavía con el pulso desbocado, hasta que se detiene frente a un armario viejo y alto.

Abre las puertas de madera astillada y, tras apartar un par de estantes vacíos, presiona el fondo con firmeza.

Un chasquido mecánico resuena y la madera retrocede para revelar una puerta angosta de metal oscuro, equipada con un lector de huellas.

Coloca el dedo índice sobre el cristal y, tras un pitido, la puerta se abre hacia adentro, revelando un pasillo en penumbra. Se gira antes de entrar, bloqueando el acceso.

—No te separes de mí ni un centímetro —ordena, y sus ojos verdes vuelven a recordarme la advertencia de hace unos minutos.

Asiento en silencio, dispuesta a adentrarme en la oscuridad desconocida, cuando un zumbido en el bolsillo me sobresalta. Otra notificación. Saco el móvil con torpeza y leo el texto en la pantalla iluminada:

Cuidado con la sombra que te guía. No todo lo brillante es oro, ni todo salvador busca tu libertad. La traición tiene el rostro de quien conoce tus pasos.

Deslizo el dedo por el cristal para borrar el mensaje y, al levantar la vista, agradezco que ya esté de espaldas, a punto de internarse en el túnel.

Un escalofrío me recorre el cuerpo de arriba abajo.

Respiro hondo, ajusto las tiras de la mochila y cruzo la puerta.

Este bosque está infestado de depredadores y me resulta imposible no considerarme una presa en una carrera a ciegas directa a una trampa.

Me asalta la duda de si el hombre delante de mí busca alejarme del peligro o si, en realidad, él es el lobo y yo me estoy entregando a sus fauces.