Capítulo 13
Me obligo a pensar en cualquier cosa que no sean sus dedos acariciándome la mejilla.
La culpa me invade al darme cuenta de que llevo horas sin acordarme de mi madre, sin preguntarme si estará bien o si se habrá preocupado.
Tampoco si corre peligro por esta absurda obsesión de conseguir el dinero para salvarla.
Sin la caja, no sé cómo llevar a cabo la misión.
La incertidumbre me paraliza; me da miedo solo pensar en las consecuencias de fracasar.
No, tengo que sobreponerme a este obstáculo, igual que he hecho todos estos últimos años. No es momento de rendirse; por eso vuelvo a examinar de cerca cada paso dado, para averiguar cuándo y dónde perdí la caja. Necesito recuperarla y quizá BigBad tenga algunas de las respuestas.
Con eso en mente, me seco las manos con un trapo áspero al tiempo que mis ojos se desvían hacia el hombre en el sofá con un portátil en el regazo.
—¿Quiénes eran los que nos perseguían? —suelto la pregunta que lleva en la punta de mi lengua desde el comienzo de nuestra huida en el callejón.
—Leñadores.
—Suena… pintoresco.
—No lo es. Cortan lo que se cruce en su camino.
—Bonita imagen para conciliar el sueño.
—Su objetivo es eliminar obstáculos. Saben dónde buscar y rastrean hasta las huellas más imperceptibles.
—Hablas como si…
—¿Supiera evitarlos? —Deja de teclear—. Sí.
—¿Cuánto tiempo llevas metido en este lío? —insisto, cuando sus manos vuelven a danzar sobre el teclado.
—Demasiado.
—¿Y qué es exactamente The Woods? —Intento tirar del hilo.
—Un lugar donde aprendes rápido que las reglas las escriben los que sobreviven.
—¿Y tú? ¿Qué papel juegas en todo esto?
Él suspira, aparta la vista de la pantalla y me estudia, quizá midiendo si valgo su confianza. Permanezco inmóvil, sin dar señales de cómo me afecta, y reprimo las ganas de morderme la mejilla o de parpadear más de la cuenta.
El chasquido seco al cerrar el portátil me sacude.
—Deberíamos descansar.
Deja el aparato a un lado, se levanta, camina hacia la escalera que va al segundo nivel y cuando no escucha mis pasos, se gira en el tercer peldaño.
—Vamos. Puedes dormir en la cama.
En la habitación, retira del colchón algunas cosas mientras yo me acerco a una de las baldas llenas de libros.
Mis dedos se deslizan por los lomos, algunos con el cuero desgastado, otros con el papel amarillento.
Puedo escucharlo detrás de mí, probablemente observando igual que un depredador mide los movimientos de su presa.
Me recuerdo que no lo conozco y que, por más que me haya salvado, bajar la guardia no es una opción frente a alguien tan peligroso. Aun así, hay algo atrapante en su calma. No sé si me atrae la idea de entenderlo o si, en el fondo, busco un ancla en medio de este caos.
Tomo un libro al azar y, al abrirlo, algo cae al suelo.
Me agacho para recogerlo. Es una fotografía, una de papel; un objeto imposible en esta época.
En la imagen, una mujer sonríe a la cámara y sostiene en brazos a una niña de no más de tres años que hace una mueca divertida.
Me debato entre la incomodidad de haber invadido algo tan íntimo y la punzada de curiosidad que me impide apartar los ojos.
El crujido de la madera delata su cercanía y, antes de que llegue a mi lado, la vuelvo a deslizar dentro del libro. Dejo el volumen con cuidado sobre la estantería, esforzándome en ocultar el temblor de mis manos.
Lo siento justo detrás. Quiero alejarme, porque su presencia me perturba y enciende un sentimiento olvidado, pero en lugar de hacerlo, me quedo allí, a la expectativa de su siguiente paso.
Unos dedos me rozan el brazo con tanta lentitud que podría ser un contacto real o solo el eco de mi imaginación.
Me giro despacio hasta encontrarme con su mirada, capaz de despertar demasiadas emociones en mí.
El pulso se me acelera aún más que durante la huida de los leñadores y nuestras respiraciones se mezclan: la mía, rápida y torpe; la de él, constante y medida.
Me pregunto cómo consigue mantenerse siempre inalterable.
La mirada de BigBad baja a mis labios y me muerdo el inferior, sin saber si es para frenar el impulso de acortar la distancia o para provocarlo.
Desvío la vista al suelo, mi único escape al estar atrapada entre su cuerpo y la estantería.
Él levanta una mano y, con dos dedos, me sujeta la barbilla para obligarme a alzarla y forzar de nuevo el encuentro visual.
Apenas un suspiro separa nuestras bocas.
Un ruido estridente revienta la burbuja. Nos separamos. Él, con un salto hacia atrás; yo, me golpeo el codo con el estante. Saca su móvil del bolsillo y frunce el ceño. Yo también consulto el mío, que vibra, y leo la notificación en la pantalla:
Paquete perdido. JUGADORA MARCADA.
La palabra «marcada» brilla en rojo bajo el logo de The Woods, y comprendo que se refiere a mí.
La garganta se me seca y el pánico me pone los nervios en alerta, porque desconozco si los cazadores vendrán de fuera o si el verdadero peligro está aquí, a un palmo de mí, mirándome con esos ojos verdes, siempre tan imposibles de interpretar.