Capítulo 12
El frío de la pared contra la espalda me despierta. O más bien lo hace el roce de unos dedos en la mejilla apartando un mechón rebelde. El gesto me saca del sueño.
—Ya podemos movernos —dice con voz ronca.
Me aparto de él todo lo posible, enderezo la cabeza, hasta entonces apoyada en su hombro, y me pongo de pie a tientas, con las manos pegadas a la pared fría para no perder el equilibrio.
En cuanto se asoma por la puerta entreabierta hacia el exterior, un hilo de luz se cuela por el hueco y me ciega.
Después de unos segundos, al ver que no hay peligro, abre la puerta del todo, me coge de la mano y tira de mí.
Al salir parpadeo varias veces y, aunque tropiezo, él me arrastra sin darme tregua.
Una vez adaptada a la claridad, comprendo que nos dirigimos hacia un andén vacío de paredes desconchadas. Me suelta justo antes de saltar a las vías con la agilidad de alguien acostumbrado a hacerlo; luego se gira hacia mí y levanta la barbilla en un gesto claro.
—Salta.
El sonido de mis botas al caer resuena en el túnel.
No alcanzo a levantarme y a limpiarme las manos en el pantalón cuando él ya avanza hacia una de las bocas oscuras.
Lo sigo con un nudo en el estómago, formado seguramente por mi inminente entrada en los túneles sobre los que circulan historias prohibidas, y no porque la ausencia de su agarre me afecte en absoluto.
Caminamos por las vías un buen rato. El haz de la linterna recorta de vez en cuando la silueta de una rata al escabullirse entre los raíles.
Después de una eternidad, BigBad se detiene y se acerca a una pared del túnel, donde descubro una puerta metálica encajada en el hormigón, tan camuflada que podría haber pasado por delante sin verla.
Coloca el pulgar en un pequeño lector incrustado al lado —invisible para mí hasta ese instante— y un clic mecánico rompe el silencio.
Empuja la puerta y con un gesto de cabeza me incita a entrar primero.
Cada peldaño de la escalera metálica vibra bajo nuestros pasos y, una vez arriba, un pasillo estrecho nos conduce a una galería, donde el aire estancado huele a óxido.
Tras un par de giros, llegamos a una estancia más amplia.
Él acciona un interruptor y la luz amarilla.
Si bien el sitio no es bonito, tiene un aire casi acogedor.
El nivel inferior se reparte entre un rincón atiborrado de pantallas, torres de ordenador y cables enredados, una cocina diminuta con fregadero de acero junto con un hornillo y una especie de sofá.
Al fondo, un segundo piso abierto se asoma sobre el espacio inferior, donde apenas puedo distinguir un colchón cubierto de sábanas revueltas y un par de estanterías cargadas de libros.
Libros de verdad, reliquias invisibles para mí hasta hoy.
Por lo que tenía entendido, en La Gran Reestructuración se habían quemado hasta las últimas hojas.
Decido no hacer ninguna pregunta sobre por qué BigBad tiene no uno, sino varios ejemplares bajo su control.
No es el momento de remover cosas capaces de llevarnos a una confrontación.
Doy un pequeño salto cuando su voz rompe el silencio.
—Si quieres, puedes usar el baño para ducharte. —Señala una puerta al lado de la cocina—. Dentro hay toallas. Voy a buscar algo de ropa para ti.
No sé si me sorprende más la oferta o su absoluta normalidad al decirlo.
—Gracias —murmuro con un leve gesto de cabeza.
Me quedo un segundo inmóvil mientras analizo si esto es una trampa o un acto de cortesía. Al final, avanzo hacia la puerta que me ha indicado.
El impacto del agua caliente sobre mi piel se lleva el polvo, la suciedad y el cansancio acumulados, arrancándome casi un gemido.
Aprovecho para estirar el tiempo bajo el chorro.
Tras secarme, me pongo el pantalón y la camiseta negros que me ha dejado junto a la puerta.
Al terminar de vestirme su olor me envuelve.
Me seco el pelo y cuento hasta tres antes de salir.
El aroma a salsa de tomate llena el lugar.
BigBad mueve una cuchara dentro de una olla y la imagen es tan cotidiana como para hacerme dudar de si este es el mismo hombre capaz de pelear con el tipo de la fábrica o de lanzarse en tirolina de un edificio a otro.
Casi parece alguien normal y no el hombre misterioso y peligroso de los últimos días.
—No es mucho —dice concentrado en la olla—, pero servirá para reponer fuerzas. —Sin la menor idea de cómo reaccionar, asiento con torpeza—. Si quieres, puedes sentarte en el sofá. En unos minutos estará lista.
El sofá es una pila de almohadones sobre una estructura de madera, cubierta por unas mantas raídas. Aun así, es cómodo. Me acurruco sobre los cojines, me abrazo las piernas y lo observo moverse en la cocina.
No tarda mucho en acercarse con dos cuencos humeantes. El primer bocado estalla en una explosión de sabor y me arranca un gemido. Hace mucho que no disfruto de algo tan bueno. Clavo el tenedor una y otra vez, casi no mastico ni me importa si la salsa me mancha la cara.
—Tranquila, nadie te va a quitar el plato. No te saqué de ese lío para verte morir atragantada.
Mi tenedor se detiene en el aire, mi mirada recorre despacio el trayecto desde el plato hasta su rostro y el rojo en mis mejillas no se debe solo a las salpicaduras de tomate.
—Perdona —murmuro con la boca aún llena.
Él alarga la mano y desliza un dedo con delicadeza por mi mejilla para limpiar una mancha de salsa.
No consigo despegar la mirada de sus ojos y me cuesta tragar porque tengo la boca llena, no porque esa caricia inesperada me provoque mariposas en el vientre.
Él carraspea, retira la mano y vuelve a centrarse en la comida.
Yo, por el contrario, pierdo el apetito.
Al terminar, cojo los dos cuencos y comienzo a lavar los platos y las ollas en el diminuto fregadero en silencio.
Agradezco la tarea. Necesito distraerme porque la caricia sigue fresca en mi piel y no logro sacármela de la cabeza ni dejar de preguntarme qué diablos ha sido eso.
Mientras el agua arrastra la espuma y el estruendo del grifo llena el lugar, la certeza de que se avecina un cambio inminente se me asienta en el pecho y, aunque no puedo precisar su naturaleza, sé con total claridad una cosa: va a ser peligroso.