Capítulo 11
—¡Ahora!
Echo a correr sin pensar, sin respirar siquiera. Las pisadas retumban en las paredes de los edificios entremezcladas con los primeros disparos. El zumbido de una bala me roza la oreja. Mi instinto me pide agacharme. No lo hago.
Las suelas de las botas resbalan en el asfalto húmedo y tropiezo con algo. Al no lograr controlar el equilibrio, espero el impacto contra el suelo. Este nunca llega porque una mano me agarra del brazo y me arrastra de nuevo al ritmo frenético de la huida.
Al girar en una esquina casi nos estampamos contra un contenedor volcado. La vía se estrecha. Otro disparo rompe una farola que, al estallar, provoca chispas.
En el cruce con una avenida, BigBad me aferra más fuerte sin dejarme bajar la velocidad, aunque eso signifique llamar la atención de las personas que nos rodean.
Una pésima idea. Destacar es lo peor que puedes hacer en esta ciudad del infierno, pero no tenemos una mejor alternativa.
Los gritos nos avisan de que los tres hombres siguen detrás de nosotros.
Me empuja a la calzada, esquivamos un coche aparcado, cruzamos a la carrera entre pitidos estridentes y, al otro lado, saltamos una valla baja.
Los músculos me arden, los pulmones me piden tregua.
—Por aquí —gruñe él, apenas audible entre el ruido de la ciudad y mi pulso en los oídos.
Bajamos unas escaleras metálicas oxidadas.
El hierro vibra con cada pisada y, al llegar abajo, continuamos la escapada por un pasillo poco iluminado.
Es una antigua estación de metro, olvidada bajo tierra desde que el transporte subterráneo dejó de funcionar hace décadas.
Ahora es la madriguera de los que ya no encajan en la superficie, el refugio de los que el sistema prefirió enterrar junto con los raíles inservibles.
BigBad empuja con el hombro una puerta entreabierta, me arrastra con él y la cierra con un clic. Luego solo queda oscuridad.
Me esfuerzo por controlar la respiración, demasiado ruidosa para el silencio que nos envuelve.
Tanteo a ciegas hasta dar con lo que parece una pared rugosa.
Apoyo la espalda, luego la cabeza, e intento calmar el temblor que todavía persiste.
No veo nada, no sé dónde está él, ni siquiera qué es este lugar.
Huele a cables quemados y el polvo se me cuela por la nariz con cada inhalación.
—¿Dónde estamos? —susurro.
—Una zona de mantenimiento. —Su voz me sobresalta, tan cerca que por un segundo creo que puedo sentir su aliento sobre la piel—. No nos encontrarán aquí.
El corazón me martillea aún en las costillas.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Genial, justo lo que pedí en mi último cumpleaños.
El roce del cuero rompe el silencio, seguido de un clic metálico, y su rostro emerge por un instante, bañado por una luz azulada. Una mancha roja tiñe su cuello. Estiro la mano, pero la dejo caer antes de soltar en voz baja:
—¿Y ahora qué?
Me encandila con la linterna.
—Ahora esperamos.
Asiento. La luz desaparece y el único sonido son nuestras respiraciones.
El contacto de su hombro contra el mío basta para que todo mi ser entre en alerta. Me gustaría decir que es por el miedo, por la tensión del escape. Busco un poco de espacio hacia un lado sin éxito, porque choco contra algo sólido que me frena.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto, rompiendo el curso de mis pensamientos.
—Hasta que esté seguro de que no hay nadie esperándonos fuera. Puede ser media hora. O tres.
—Fantástico. —Me muerdo el interior de la mejilla.
No quiero que note cuánto me cuesta respirar.
Mis sentidos han entrado en bucle por su proximidad, por cómo irradia calor en mitad del frío subterráneo.
Debería decir algo, buscar una distracción, tal vez preguntarle si la sangre es suya o si está herido; sin embargo, permanezco callada. No me fío de mi voz.
La tensión de la huida me ha agarrotado los gemelos. Me deslizo por la pared, arrastro la espalda hasta que llego al suelo y estiro las piernas con cuidado por si hay escombros o algo contra lo que me pueda golpear. Por suerte, no me topo con nada.
Él se mueve un segundo después, se deja caer a mi lado, su brazo roza el mío —ya no por accidente, sino porque no hay manera humana de evitarlo en este sitio— y, a pesar de la tela, del cuero y del tejido gastado, una descarga me atraviesa la piel, rápida y certera.
Definitivamente, si salgo de esta, tengo que encontrar la forma de echar un polvo.
Por un segundo me pierdo en la fricción de nuestros hombros.
El aliento se me queda atrapado en los pulmones en el momento en que desliza la mano hacia arriba con la misma determinación con la que se mueve en las sombras.
Trepa por el tejido gastado del pantalón hasta mi entrepierna, donde presiona con fuerza.
Me muerdo el labio para no gemir. Después de desabrochar el botón con una sola mano, hunde los dedos bajo la ropa interior hasta rozarme los pliegues empapados.
Le facilito el camino, ansiosa por sentir cómo juega con mi clítoris antes de que un dedo se deslice en mi interior.
La invasión lenta y profunda me hace arquear la espalda.
Su aliento roza mi sien al inclinarse para hablar.
—Deberías dormir.
¿Dormir? De vuelta en la realidad, sacudo la cabeza para apartar la imagen, con el pulso desbocado y la piel todavía ardiendo por un contacto que solo ha ocurrido en mi mente.
—No estoy cansada —logro decir con la boca seca.
—No te he preguntado eso.
El calor que me invade el cuerpo sigue ahí, salvo que ahora se debe a la indignación por el tono de superioridad que ha usado.
Dudo si busca provocarme o si carece de filtro.
Da lo mismo, porque no voy a darle el gusto de notar cómo me afecta.
Respiro hondo y dejo caer la cabeza hacia atrás, contra el muro, cerrando los ojos con fuerza.
No con la intención de descansar, sino para encontrar la manera de dejar de sentir la presión de su peso contra el mío.
El cosquilleo en los dedos se ha vuelto molesto y los sentidos se me acostumbran al silencio, aunque no a su presencia.
Soy demasiado consciente de cada uno de sus pequeños movimientos.
El giro leve del cuello, el crujido mínimo del cuero de la chaqueta al flexionar el brazo, la forma en que se le tensan los músculos y su perfume, una mezcla de madera y algo fresco.
Me centro en todo lo que pasó esta noche: el tipo de la fábrica, BigBad salvándome de nuevo, esa persecución con los tres hombres pisándonos los talones y, sobre todo, la desaparición de la caja.
Estoy metida hasta el cuello en un lío del que no veo salida.
Repaso cada momento para entender cuándo la perdí.
¿Fue en la fábrica, cuando aquel tipo me tiró al suelo?
Podría estar en sus manos. Otra posibilidad que no puedo descartar es que la tenga BigBad.
Por mucho que ahora juegue a estar de mi lado y no logre saber qué ganaría él al quedarse la caja; si algo he aprendido en esta vida, es que confiar en alguien siempre sale caro.
—Puedes apoyarte en mí, si quieres. No muerdo, salvo que me lo pidas. —Casi puedo ver la sonrisa en su rostro al decirlo.
—Pues vaya decepción —respondo, sin luchar contra las comisuras de mis labios, que se curvan hacia arriba. Total, no puede verme.
Y, joder, por primera vez en mucho tiempo, no me siento tan sola.