The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 10
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Capítulo 10

Me revuelvo con toda la fuerza que tengo, araño el aire, intento pisarlo o morderle el brazo, lo que sea para liberarme. La hoja centellea a pocos centímetros de mi cara y el instinto me grita que esta vez no hay salida. Los ladrillos raspan el abrigo y se me clavan en las vértebras.

Una palabra se abre paso entre mis dientes apretados:

—Hijo de puta.

La figura se queda inmóvil, tan cerca que su aliento me roza la mejilla. Luego gira apenas la cabeza, lo justo para que la luz de una farola arañe sus facciones y me encuentro con esos jodidos ojos verdes.

—Suéltame —escupo, con la voz ronca de rabia y algo más que no quiero analizar.

BigBad no dice nada. Me suelta con la misma rapidez con la que me estampó contra la pared.

—¿Qué coño te pasa? ¿Te parece gracioso casi matarme dos veces en la misma noche?

Él retrocede un paso y me extiende mi navaja.

—Te la dejaste en la fábrica.

—¿Haces entregas a domicilio?

Se la arranco de la mano con brusquedad y la guardo en el abrigo, sin apartar los ojos de su cara.

Algo no encaja. Hundo la mano en el bolsillo interior, después en el otro, luego en el forro, donde siempre la llevo.

El vacío me golpea en el estómago. La caja.

La maldita caja. Empiezo a palpar mi abrigo, luego me agacho, rebusco en el suelo por si se hubiera caído en el forcejeo, aunque sé que no ha sido así.

—No… No puede ser —susurro. Levanto la vista hasta él, que me observa con una ceja arqueada—. ¿Dónde está? ¿Dónde está la jodida caja?

Lo empujo con fuerza en el pecho hasta que su espalda impacta contra la pared opuesta. Me lanzo sobre él y palpo su chaqueta a toda prisa, reviso bolsillos, cremalleras y costuras. Nada. Vacío. Aun así, no puedo parar.

—¡¿Me la has quitado?! ¿Qué coño te crees que haces?

Él esquiva mi manotazo con esa expresión de piedra que me saca de quicio.

—¿Echas algo en falta? —pregunta, igual que si lo que acabo de perder fuera un paraguas.

—Vete a la mierda. Devuélvemela ahora mismo.

—No puedo.

—¡¿Cómo que no puedes?! —La rabia me sube por la garganta—. ¿Qué te crees, que porque me salvas el culo puedes quedarte con lo que quieras? ¿Quién coño te crees que eres?

Sus ojos se clavan en los míos.

—Hay una alerta contra ti. Los Leñadores están en camino.

—¿Los qué?

—Los que se encargan de limpiar el bosque —responde—. Cuando algo se sale del cauce, ellos lo cortan de raíz. Y esta noche tú te saliste.

Un zumbido se instala en mis oídos. Doy un paso atrás al tiempo que me paso la mano por el pelo.

—Cumplí con todo, hice justo lo que me dijeron. —Él no dice nada, solo me clava esos malditos ojos verdes—. ¿Es por la caja? ¿Es eso? ¿Porque ya no la tengo?

Abre la boca. Por un instante creo que va a soltar algo más que frases crípticas o advertencias a medias, pero su expresión se tuerce, los hombros se le tensan y, antes de que pueda reaccionar, se lanza hacia mí, me tapa la boca con la mano y su cuerpo me encierra contra la pared.

Me revuelvo, trato de apartarlo, de morder su mano.

—Shhh —susurra junto a mi oído—. Quédate quieta y callada si no quieres que nos descubran.

Mi respiración choca contra su palma, el pulso me palpita en la garganta y dejo de luchar.

Los segundos se estiran. Su cuerpo sigue pegado al mío con firmeza.

Hay algo en su forma de sostenerme, algo desconcertante.

Hace una eternidad de la última vez que sentí a alguien así de cerca.

Entre las facturas médicas y los encargos, olvidé la capacidad de mi propio cuerpo para registrar el calor ajeno.

A mis treinta y ocho años, con la mente consumida por la supervivencia, la falta de contacto era un ruido de fondo indiferente, hasta ahora.

Aparto los pensamientos e ignoro las sensaciones.

No es el momento ni el lugar para centrarme en eso.

Aguzo el oído mientras contengo el aire.

Voces. Pasos. Dos, tres figuras cruzan la entrada del callejón.

Cuando por fin se alejan, él asiente con un movimiento lento.

—Voy a soltarte, necesito que estés en silencio.

Su voz grave manda un escalofrío por mi columna vertebral, que nada tiene que ver con la tensión de que nos descubran. Asiento. Aunque aparta la mano, sigue apretándome contra la pared con el cuerpo. Abro la boca y él se adelanta.

—No puedo explicarte todo ahora. Tenemos que irnos.

—Tengo que ir a casa y comprobar si está bien.

Odio lo débil que sueno. Él niega con la cabeza.

—Han puesto vigilancia; no es seguro.

—Mi madre está allí, sola. —Lo empujo sin lograr que se mueva ni un centímetro—. Debo avisarla.

Me bloquea.

—No es a ella a quien buscan, Rouge. Es a ti. —Mi nombre real en su boca me descoloca—. Si no vuelves, ella no corre peligro. Si vas, la arrastrarás contigo.

La garganta me arde y el pecho me va a estallar.

—Tú no tienes ni puta idea. Se nota que nunca has tenido a nadie que te importe de verdad.

No se inmuta ni responde a mi acusación.

—Tenemos que irnos a un sitio fuera del radar, donde puedas esconderte y pensar el siguiente paso.

—¿Y a ti qué mierda te importa? —Esta vez, cuando lo empujo, da un paso hacia atrás—. ¿Por qué coño me ayudas? ¿Qué ganas?

Esa media sonrisa torcida que me pone los nervios de punta se le dibuja de nuevo en los labios.

—El juego acaba de cambiar. Y tú eres una pieza valiosa, aunque no lo entiendas todavía.

Se me escapa una carcajada, un sonido hueco que se pierde en el silencio del callejón.

—¿Una pieza? ¿Eso soy ahora?

—No hay tiempo para esto. Si quieres que tu madre siga con vida, debemos movernos. Esto ya no va de quién se atreve a jugar sucio. Va de sobrevivir.

Trago saliva, también el miedo, y asiento con desgana. Él me tiende la mano, un gesto que me toma por sorpresa. Dudo un momento y luego la cojo.

Nos deslizamos por la sombra del callejón, él delante, yo detrás, con los músculos listos para echar a correr, pero me frena con el brazo.

—¿Qué…?

La pregunta se queda inconclusa cuando tres siluetas se recortan contra la luz de las farolas al final de la calle. Uno de ellos da un paso y la luz revela un logo inconfundible en su chaqueta: la silueta de unos árboles. El aire se me queda atrapado en el pecho. Es el logo de The Woods.

Cada uno balancea un arma con la mano mientras se acercan despacio hacia nosotros.

Mi navaja sigue en el bolsillo. Aunque consiguiera sacarla, no me serviría de nada.

La mano de BigBad se cierra firme sobre la mía y su voz llega en un susurro rasgado, sin apartar la vista de las tres personas que avanzan.

—Cuando te diga, corre. Y no pares, pase lo que pase.